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¿CUÁL ES EL BIEN COMÚN? (II)

  • ¿CUÁL ES EL BIEN COMÚN? (II)
17 de enero de 2014
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El anarquismo, se afirma, está opuesto al Estado, mientras que defiende "la administración planificada de las cosas por el interés de la comunidad", en palabras de Rocker; y más allá de eso, federaciones de gran alcance y comunidades y lugares de trabajo autogobernados.

Hoy, los anarquistas dedicados a estas metas a menudo apoyan el poder del Estado para proteger a la gente, a la sociedad y a la propia Tierra de los estragos del capital privado concentrado. Esa no es una contradicción. La gente vive, sufre y perdura en la sociedad existente. Los medios disponibles deberían utilizarse para salvaguardarlos y beneficiarlos, incluso si una meta de largo plazo es construir alternativas preferibles.

En el movimiento de trabajadores rurales brasileños, hablan de "ampliar los pisos de la jaula" (la jaula de instituciones coercitivas existentes que puede ensancharse con la lucha popular), tal como ha sucedido efectivamente durante muchos años. Podemos ampliar la imagen para ver la jaula de instituciones estatales como una protección contra las bestias salvajes que vagan fuera: las rapaces instituciones capitalistas apoyadas por el Estado dedicadas en principio a la ganancia privada, al poder y al dominio, con los intereses de la comunidad y la gente en el mejor de los casos como pie de página, venerados en la retórica pero descartados en la práctica como cuestión de principios e incluso legal.

Casi la mayor parte del trabajo académico más respetado en ciencias políticas compara las actitudes públicas y la política gubernamental. En "Affluence and Influence: Economic Inequality and Political Power in America", Martin Gilens, un catedrático de Princeton, revela que la mayoría de la población estadounidense está efectivamente privada de derechos civiles.

Aproximadamente 70 por ciento de la población, en el extremo inferior de la escala riqueza/ingreso, no tiene influencia en la política, concluye Gilens. Ascendiendo en la escala, la influencia se incrementa lentamente. Hasta arriba están los que determinan bastante la política, por medios que no son oscuros. El sistema resultante no es una democracia sino una plutocracia.

En contraste, como lo señala Rocker, un sistema verdaderamente democrático alcanzaría el carácter de "una alianza de grupos libres de hombres y mujeres basado en trabajo cooperativo y una administración planificada de cosas por el interés de la comunidad".

Nadie pensaba que el filósofo estadounidense John Dewey fuera un anarquista. Pero consideremos sus ideas. Reconoció que "actualmente el poder reside en el control de los medios de producción, intercambio, publicidad, transporte y comunicación. Quienquiera que sea dueño de estos domina la vida del país", incluso si persisten formas democráticas. Estas ideas llevan muy naturalmente a una visión de la sociedad basada en el control de los trabajadores de las instituciones productivas, como lo concibieron pensadores del siglo XIX, notablemente Karl Marx, pero también (de forma menos conocida) John Stuart Mill.

Los Padres Fundadores de Estados Unidos estaban muy conscientes de los peligros de la democracia. En los debates de la Convención Constitucional, James Madison, el redactor principal, advirtió de estos riesgos. Mucho antes que Madison, Aristóteles reconoció el mismo problema con la democracia en su libro "Politics". Analizando una variedad de sistemas políticos, Aristóteles concluyó que este sistema era la mejor forma de gobierno (o tal vez la menos mala). Pero reconoció una falla: la gran masa de pobres podría usar su poder de voto para tomar la propiedad de los ricos, lo que sería injusto.

Madison y Aristóteles llegaron a soluciones opuestas: Aristóteles aconsejó reducir la desigualdad con lo que llamaríamos medidas de Estado benefactor. Madison sintió que la respuesta era reducir la democracia. En sus últimos años, Thomas Jefferson, el hombre que redactó el borrador de la Declaración de Independencia de Estados Unidos, atrapó la naturaleza esencial del conflicto, que está lejos de haber terminado. Jefferson tenía graves preocupaciones respecto a la calidad y destino del experimento democrático.

Como el Viejo Topo de Karl Marx ("nuestro viejo amigo, nuestro viejo topo, que sabe muy bien cómo trabajar bajo tierra y luego aparece de repente""), la tradición libertaria siempre está escondiéndose cerca de la superficie, siempre lista para asomarse, a veces en formas sorprendentes e inesperadas, buscando producir lo que me parece una aproximación razonable al bien común

* Chomsky es profesor emérito de Lingüística y Filosofía en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en Cambridge.

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