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Contagio de protesta en España

Las protestas que se viven en Madrid y en otras ciudades españolas por cuenta de la crisis económica están lejos de compararse con las revueltas en los países árabes y el Norte de África. Y la razón es poderosa: en España hay una democracia que funciona, así los partidos políticos que la gobiernan generen el descontento social por la forma en que afrontan problemas tan graves como el desempleo.

19 de mayo de 2011
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El descontento social que reflejan las manifestaciones en varias ciudades de España está lejos de parecerse y llegar a ser de la magnitud de las revueltas que convulsionaron buena parte del mundo árabe y aún agitan el Norte de África. Y la razón, poderosa por demás, es que España es una democracia que funciona, así los gobiernos pasen momentos difíciles, como el que afronta el Presidente Rodríguez Zapatero.

Ahora, tomadas las distancias, sí hay elementos comunes entre los fenómenos sociales que precipitaron la caída de los dictadores Ben Alí, en Túnez, y Hosni Mubarak, en Egipto, y es la utilización de las redes sociales que hacen grupos de jóvenes para movilizar el descontento general hacia la búsqueda de cambios políticos que sintonicen con sus expectativas de vida.

Y dos elementos se conjugan para explicar, en parte, las motivaciones de los cientos de miles de "indignados" que desde el pasado 15 de mayo se tomaron las calles de Madrid y otra decena de capitales españolas: los comicios locales y autonómicos de este domingo y la crisis de empleo que vive España, con casi cinco millones de desempleados, de los cuales el 40 por ciento son jóvenes.

Lo de España no es una revolución contra el sistema. Es una manifestación de desencanto e impotencia por la forma en que el Gobierno de Rodríguez Zapatero ha venido enfrentando la difícil situación económica del país, afectado como pocos dentro de la Unión Europea por la debacle fiscal de Portugal, y por el plan de rescate financiero a que se sometieron Grecia e Irlanda.

España, que en el último trimestre creció 0,8 por ciento, está lejos de poder proveer los suficientes puestos de trabajo que demanda la población económicamente activa y, menos, de blindarse contra una intervención del FMI y el Banco Central Europeo.

Y lo peor es que en medio de un panorama económico tan adverso, los dos partidos tradicionales, el PSOE en el Gobierno, y el Popular en la oposición, se han enfrascado en una diatriba y mutuas recriminaciones con fines electorales, sin buscar el más mínimo consenso para enfrentar la crisis social.

Mientras la Izquierda Unida, de claro tinte comunista, trata de canalizar a su favor el descontento popular, el ala socialista de Zapatero ha salido a reconocer que "están justificadas las reclamaciones y hay que ser sensibles ante la difícil situación", mientras el PP enfila sus baterías contra el PSOE.

La unidad de mando para la defensa de posiciones entre los partidos políticos, contrasta con la fragmentación de la masa que reclama cambios, y eso explicaría que muchos analistas coincidan en que las protestas del 15-M no van a provocar cambios significativos en los comicios de este próximo domingo. Puede que así sea, pero España ha comenzado a sentir el contagio de insatisfacción árabe, ese del que sabemos dónde comienza, pero no cómo y cuándo termina.

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