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Constitución personal

11 de septiembre de 2009
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Así digan que en este país sus habitantes compran pocos libros, hay uno que casi nunca falta en una biblioteca bien dotada y que, incluso, es muy normal ver en las casas donde todavía hay o alguna vez hubo un estudiante. Estoy hablando de la Constitución Política de Colombia de 1991.

Por lo general, se encuentra muy cerca al directorio telefónico, debajo de dos o tres libros escolares de ciencias o español para las tareas de los hermanitos menores o, se los aseguro porque lo vi, debajo de la pata de un mueble del computador para que no cojee. Seguramente por aquello de que la justicia cojea pero llega ¿será?

Ese librito que nunca falta en las listas del colegio y que se vende bien en temporada escolar, especialmente en ediciones piratas, después de cumplir su función básica en el colegio: deshojarse y terminar con las páginas llenas de orejas (no de estudiarse sino de cargarse inútilmente en el morral), ahuyenta a los estudiantes cuando el docente no sabe explicarles con claridad para qué sirven los derechos fundamentales y mucho menos encuentra la manera más sensata de hacerles entender el porqué a ese libraco lo reforman y lo reforman como si fuera el diccionario de la Real Academia de la Lengua pero al amaño no de un grupo, sino de un individuo.

A veces pienso que la Constitución en nuestro país, si continuamos con la certeza de que es posible encontrarla en muchos hogares, está cumpliendo una función similar, pero más miserable, que esas bellísimas biblias cubiertas de plástico empolvado que adornan las salas de tantos hogares colombianos. Sobre la Constitución, sus habitantes saben que existe (o eso espero) pero no saben para qué, no la conocen o no recuerdan el contenido de sus páginas y por lo mismo no la consultan, no la valoran. Lo mismo pasa con la enorme Biblia de moda que está en las prioridades de compra seguida del televisor y el equipo de sonido, la cual se tiene y se vela pero pocas veces se consulta porque es un objeto intocable, de culto inútil, que no ilumina porque no se lee. Viéndolo bien, en este país somos expertos en volver inútil lo que podría ser sumamente importante. A la pobre Constitución se le niega la cara, a la Biblia se le cubre el cuerpo para evitar el pecado.

Por eso, y a raíz de que en este país cada quien hace lo que le da la gana con el pretexto de ese asunto absurdo de que ya sólo creemos en un solo hombre y en un solo Dios, propongo, para reivindicar la pobre Constitución de cajón o de extensión de patas, que se ficcione el último documento serio que creíamos tener. Mi propuesta es que cada quien piense en cómo debería ser su propia Constitución para que se reine a sí mismo; puede que de esta forma todos nos volvamos imprescindibles en nuestro propio mundillo repleto de orgullo y soberbia. Y a quien no le guste, pues que se joda, porque por lo visto en este país todo entra a la fuerza.

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