El encuentro de Kevin Daniel Saldarriaga Vélez con su ídolo del reggaetón Arcángel fue tan mágico y emocionante, que estoy seguro de que si el niño tuviera sus piernas habría estallado a bailar.
A las 9:3o en punto, en una patrulla de la Policía Comunitaria, Kevin llegó a Palmahía. El niño de 9 años, a quien el tren turístico arrolló el 5 de enero y le amputó las dos piernas y su mano izquierda, iba para la mejor fiesta de su vida.
Arribó sonriente y cuando el teniente Fernando Aya lo bajó cargado del auto, el pequeño vio que era verdad la promesa del gerente de la discoteca, Jorge Escobar, de que iba a estar en el concierto de su ídolo.
Kevin pensaba que había llegado precisito para acomodarse y en minutos empezar a disfrutar de Arcángel. No imaginó que el espectáculo que le iban a regalar tardaría cuatro horas y veinte minutos más en iniciarse. Pero no fue problema.
-Estoy contento, sí-, dijo. Y al llegar a las entrañas de la discoteca, Kevin se sintió en otro mundo. A sus ojos se abrió Palmahía en todo su esplendor: un show de luces gigantes de todos los colores caían desde lo alto sobre sensuales bailarinas que movían con locura sus caderas y pechos al ritmo frenético del mejor reggaetón.
Él lo había visto en televisión y videos, nunca en persona. Y aunque no me alcanzo a imaginar qué pasaba por su mente, sus monólogos de respuesta a mis preguntas lo expresaban todo:
-Bien, bacano-, decía.
Era el invitado especial y fue tratado con honores. En la tarde, los organizadores del concierto lo recogieron en su casa del barrio La Paralela y lo llevaron a la rueda de prensa de su ídolo, en El Poblado. Allí tocó por primera vez la piel del artista y éste, generoso, le regaló una pulsera con la letra A.
Cuando entró a la disco, recibió la camiseta de Arcángel. E hizo lo que hace todo niño: se la mostró a su madre, Alba, su tía Sandra y sus amigos Daniel, Óscar y Miguel, también invitados. Todo estaba listo para que se gozara la mejor noche de su vida. No dudo que lo fue.
La Maravilla...
Luego de varias horas de coqueteo con reggaetón de todos sus artistas sonando a todo taco, a la 1 y 50 de la madrugada apareció Arcángel, en vivo y frente a él, a solo dos pasos, porque a Kevin lo subieron a tarima.
Segundos antes, Alexandra, la presentadora, lo declaró "el fan número uno de Arcángel", a lo que Kevin, cargado por un muchacho de logística, sonrió y movió la cabeza en señal de que era cierto. Y empezó el show. A cada canción, Kevin agitaba su mano, movía la cabeza y cantaba. Y rara vez despegaba la mirada de su ídolo.
"Lo que tú necesitas es un tipo como yo/lo que tú necesitas es cariño, pasión", cantaba Arcángel y Kevin repetía y levantaba la mano.
"Todo fue falso/caminé por encima del fuego descalzo... ya no te lloro más/ ya no te lloro más/ ya no te lloro/" , decía la voz rasgada y suave de Arcángel y el violín sonaba.
Y Kevin, de gorra y metido en un saco de reggaetonero, le hacía coro. Su corazón latía a mil, estoy seguro, tenía el reaggaetón adentro y sé que anhelaba bailar. Ahí entendí la dimensión de su tragedia.
En un escenario inundado de mujeres bellas y adolescentes adoradores de La Maravilla, Kevin fue rey, el chacho. Y aunque no se lo pregunté por respeto o prudencia, me atrevo a decir que en las siete horas que estuvo en Palmahía, hasta se le olvidó que no tenía piernas ni su mano izquierda, que se le habían quedado enredadas en los rieles del tren el 5 de enero.
Creo que de su mente nunca se borrará el final de la noche, cuando ingresó al camerino de Arcángel y le tomaron fotos junto al ídolo.
Hoy me lo imagino contándoles a todos sus amigos cómo fue la fiesta. Hoy me lo imagino feliz y a la espera de otra pequeña alegría, cuando alguien lo invite al concierto de Wisin y Yandel, próximo a darse en Medellín. Hoy me lo imagino, simplemente, soñando con Arcángel.
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