Roma, 14 de mayo del año 964. Un marido corneado acaba con la «pornocracia» en la Iglesia Católica de un martillazo en el cráneo de Juan XII, el «Papa Fornicario». Queda atrás el siglo oscuro, también conocido como el «gobierno romano de las cortesanas», que se había iniciado con Sixto III, un depravado de mucho cuidado conocido como el «Papa de todos los vicios» y que llegó a ser juzgado (y absuelto) por seducir a una monja. Sin embargo, la presencia de esposas, amantes, esclavas y concubinas siguió siendo práctica habitual entre los muros vaticanos. La gota que colmó el vaso fue el Concilio de Constanza, celebrado en la localidad germana a orillas del lago que baña también Suiza y Austria. Para tal reunión, se solicitó la presencia de 1.500 meretrices. Acudieron, que se sepa, unas 700 para dar satisfacción a la curia. El desmadre era tal, que desde 1563, a la conclusión del Concilio de Trento, se estableció de manera definitiva el celibato sacerdotal obligatorio en respuesta a la reforma protestante que permitía, e incluso promovía, el matrimonio de los sacerdotes. Desde entonces, los curas y monjas católicos mantienen un complejo malabarismo contra natura entre su devoción religiosa y las pulsiones sexuales que encierra el cuerpo y la mente del ser humano.
Hasta donde yo sé, Jesús de Nazaret jamás pidió a sus discípulos que abandonaran a su prole y aunque hay iletrados que defienden tal supuesto con las escrituras en la mano no me imagino a Cristo bendiciendo una iglesia de hombres sin principios.
Tras 800 años de celibato por decreto, la fórmula no solo no ha funcionado sino que hoy en día se antoja desfasada. Puedo comprender que siglos atrás alguien pudiera defender que el ejercicio del sacerdocio exigía dedicación exclusiva. Pero en plena era tecnológica, las tareas rutinarias se resuelven en un santiamén y nadie tiene que ir ya a lomos de un burro a visitar parroquias. Por otra parte, la convivencia en pareja es un sacerdocio tan supremo como cualquiera y exige a veces sacrificios más intensos que los que demanda la vida contemplativa. No creo que el amor, la dedicación y el respeto a la esposa o el esposo y a los hijos, si los hubiera fruto de esa unión, sean un impedimento para dedicar la existencia a Dios y a la comunidad. Millones de católicos lo hacen a diario. Es más, estoy convencido de que esa comunión solo puede fortalecer la vida sacerdotal y ayudar a los prelados en su tarea pastoral, pues un sacerdote no es solo un hombre de Dios sino que debe ser un consejero y un amigo. El celibato forzoso convierte en una clase de criaturas extrañas a quienes deberían darnos auxilio espiritual y los aleja de nuestras preocupaciones cotidianas, entre las que ocupan un lugar preferente la pareja y los hijos.
Ahora, el Papa Francisco ha abierto la puerta al debate sobre la conveniencia de que el celibato sea voluntario. Este líder revolucionario, que va camino de hacer historia para bien, no hace sino agarrar el toro por los cuernos. El diario Vaticano «l"Osservatore Romano» calcula que entre 1970 y 1995, unos 46.000 sacerdotes perdieron su estatus por dejar el celibato y no está la iglesia para perder pastores. Por contra, el Vaticano concede hoy unas 700 dispensas cada año y reconoce la figura intermedia del diaconado permanente, que permite a hombres casados acceder a ser ministros ordenados.
Soy católico, por si alguien lo dudaba. Quiero una Iglesia fiel a sus tradiciones, pero también moderna y libre. Porque solo así podrá ser fuerte y perdurar. El amor no puede ser un obstáculo para que alguien dedique en plenitud su vida a Dios. Tampoco el sexo. Ese será el próximo debate. La homosexualidad y la igualdad de género son conceptos plenamente asumidos por nuestras sociedades. ¿Cuándo los asumirá Roma? ¿Tardaremos mucho en ver parejas de curas gais y mujeres obispo? Espero que no.
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