Se puede celebrar una fiesta en un horno. Los partidarios de los Hermanos Musulmanes lo demostraron el domingo.
Mohamed Morsi no tardó ni seis horas en proclamarse el vencedor de las primeras elecciones presidenciales post-Mubarak.
Los resultados oficiales no se publicarán hasta este jueves, pero ayer en El Cairo a pocos les importó. Pese a que el sol abusaba de las coronillas cientos de egipcios se reunieron en la plaza Tahrir para festejar la victoria.
"¡Morsi, Morsi, Morsi! Somos felices, adiós al tiempo de Mubarak", chillaba Mahmed Idrisa.
Mientras, el equipo de campaña de Shafiq miraba la escena agazapado: "Somos nosotros quienes lideramos el recuento de votos sin lugar a dudas", señaló el portavoz del ex primer ministro de Mubarak.
Luego se puso más serio y acusó a los islamistas de ser responsables de los enfrentamientos "que se producirán cuando Shafiq sea declarado el vencedor".
Pese a que los dos bandos admiten que la diferencia es mínima -ambos hablan de un 51 por ciento contra un 49 por ciento aproximadamente- nadie optó por la prudencia.
Se avecina lío y el lunes se sirvió el entremés. Sobre las seis de la tarde, un grupo de seguidores de Morsi iniciaron una marcha por una de las calles que nacen de Tahrir hacia la pequeña plaza Talaat Harb.
Un grupo de hombres les cerró el paso frente al Café Riche, uno de los más antiguos de El Cairo, adonde iba el escritor Naguib Mahfuz a tomar el té.
Pero ayer era tiempo de otro tipo de literatura. Más cañí. Un chico con gorra oscura y vestido de negro se plantó frente a la comitiva islamista, levantó los brazos y los coronó con un larguísimo dedo corazón en cada mano.
Al poco, volaban por los aires piedras, botellas y macetas. Fue poca cosa, -la policía no llegó a acudir y no se reportaron heridos graves- pero sirvió para calibrar que los ánimos están caldeados. Tras el primer incidente, Ahmed Adel , vestido con una camiseta del Milan, se preocupaba en voz alta: "¿Sabes? Me temo que va a haber problemas entre nosotros y ellos".
La Junta Militar no ha puesto de su parte a que las cosas se temperen. Después de que el Tribunal Constitucional disolviera el Parlamento el jueves y el poder legislativo pasara a los militares, el domingo anunciaron con nocturnidad que harán uso de él y rebajaran los poderes del muevo presidente, sea quien sea al final.
Por eso en Tahrir la fiesta era amarga para algunos.
Mahmud Ahmed se esforzaba en sacar todo el inglés que llevaba dentro: "Morsi es un buen hombre. Muy bueno. Los militares deben irse a casa.
Ya basta", decía frente a un grafiti que ponía color a su esfuerzo: en el muro, unas enormes manos blancas coronadas con una gorra militar movían los hilos de unas marionetas con el rostro de los dos candidatos egipcios.
El día anuncia un posible lío. Ayer por la tarde, los Hermanos Musulmanes, el Movimiento 6 de abril y los salafistas habían convocado una marcha para protestar por las jugarretas del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.
Aunque Mody, joven egipcio que se las sabe todas en temas de revolución y se miraba la escena desde una distancia prudencial, quitaba hierro al asunto. "No pasará nada. En Egipto cuando la gente chilla mucho, al final no sucede nada. Lo peligroso es cuando se reúnen con rabia y en silencio. Entonces todo estalla".
Ajenos al agua hirviendo, otros preferían dedicarse a disfrutar. A media tarde, con Tahrir ya cerrada al tráfico, ondeaban con ansia las banderas. Cantos, fotos de Morsi al cielo y el blanco, negro y rojo en brazos y mofletes pintaban de fiesta la plaza de la libertad egipcia.
Entre el jaleo, se me acerca un tipo que da botes de alegría con una pancarta con la foto del líder islamista y aprovecho para lanzarle la bravata.
- Shafiq dice que aún no habéis ganado -les digo.
- ¡Sí, Morsi presidente!, responde en inglés roto.
- ¿Y si el jueves dicen que ha ganado Shafiq?
- No, Shafiq nunca. ¡Sí, Morsi presidente! , zanja.
Y sigue botando de felicidad.
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