Los españoles se sentaron a esperar los resultados de su jornada electoral el domingo pasado, en la que definían el presidente del gobierno, con una sola inquietud en la mente: ¿Por cuánta diferencia iba a aplastar el derechista Partido Popular de Mariano Rajoy, al Psoe de Alfredo Pérez Rubacalba? Ya todos sabían que el triunfo se decantaba para el primero, pero la inquietud era por cuánta diferencia.
El resultado, pasadas las ocho de la noche, fue abultado e inclemente. El PP logró en las urnas una mayoría absoluta, como nunca antes en la historia reciente de la democracia española y dejó al Psoe sumido en una derrota también sin precedentes que lo obliga, a partir de mediados de diciembre, a pasar a la esquina de la oposición.
Las balotas electorales sirvieron como un megáfono mediante el cual la sociedad gritó su descontento con el rumbo de un país en profunda crisis. La economía, como no podría ser de otra manera en momentos de debacle europeo, fue la mano que guió las decisiones de los votantes.
España es un desastre. José Luis Rodríguez Zapatero sale por la puerta de atrás de una presidencia con balance en rojo. De los dos millones de desempleados que recibió al llegar a su primer mandato en 2004 subió a cinco millones y en los últimos años fue incapaz de frenar el deterioro de la economía que sitúa al país ibérico en la cola de la Unión. Comparte el podio de los perdedores con Grecia y Portugal y se equipara a Italia en la desesperada carrera para evitar la quiebra y la zona de rescate.
Rajoy llega a La Moncloa con un discurso radicalmente conservador. Sus críticos dicen que ha sido ambiguo en definir los pasos a seguir para sacar a España de la crisis, aunque el político reconoce que su labor será la de ajustar presupuestos.
El futuro de las pensiones, la nivelación de salarios de funcionarios del Estado congelados por más de un año y la necesidad de recortar 16 mil millones de euros el próximo año, dejan a Rajoy con una tarea concreta y monumental.
El Partido Popular logró 186 diputados frente a 110 del Psoe. Esta distribución de escaños le permite a Rajoy gobernar durante al menos los tres siguientes años con una soltura envidiable que le facilitará tomar las decisiones más impopulares.
Rajoy, que ha sido siempre reconocido en su país por ser un hombre serio y ausente de carisma, declaró en su discurso que milagros no existirán, preparando de alguna forma a una ciudadanía que busca resultados inmediatos.
Puede que la solución a la crisis económica española no sea inmediata, como se exige en las calles, pero tampoco puede analizarse con demasiada holgura en el tiempo. Cada día que pasa el país se acerca más a un abismo que lo podría retroceder en años de desarrollo y lo pondría como un indeseable de la Unión Europea. Ya lo dijo Ángela Merkel, canciller alemana: "Europa se enfrenta a su peor crisis desde la II Guerra Mundial".
Como Italia o Grecia, el futuro que se le viene a España es uno de esfuerzos y compromisos. El gobierno conservador tiene afilada la tijera para recortar lo que considera sobrante aunque evitó referirse en campaña a los sacrificios que serán necesarios para evitar perder votos.
Antes de finalizar el año, sin embargo, los anuncios de recortes serán evidentes y dolorosos. Lo que se espera es que viniendo de un partido cercano a los poderosos, los esfuerzos se distribuyan proporcionalmente a la riqueza y no se proteja a los grandes capitales en momentos en los que son ellos los que deben ser más generosos. De eso, en gran medida, depende su luna de miel con la ciudadanía, el éxito del nuevo gobierno y, por ende, la esperanza de que España no se hunda en una crisis insalvable.
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