Cuando la candidatura de Eduardo Santos, -tío abuelo del presidente Juan Manuel, año de 1938-, escribía Fernando Gómez Martínez en el editorial de El Colombiano: "El partido conservador tiene que basar toda su política en sí mismo... Esa es la causa para que preconicemos una política de acción, tendiente a crear en el partido un temperamento de lucha, capaz de afrontar todos los peligros, de moverse en la adversidad, dispuesto a una gesta de sacrificios".
¿Qué es hoy el conservatismo? Una colectividad sin fuerza propia, sin temperamento para la confrontación civilizada. Que no sabe moverse en la adversidad electoral. Sin capacidad de sacrificios para acertar en la escogencia de sus mejores hombres y dar las luchas que ofrece la democracia. Pareciera más bien un conglomerado de apáticos, dándose ahora, en vísperas electorales, golpes de pecho de remordimiento.
No tuvo el conservatismo capacidad alguna, caso de Antioquia, para nominar un candidato salido de su propia cosecha, ni para la Gobernación y menos para la Alcaldía de Medellín. El que fuera el partido motor de la colectividad en el país, está de capa caída.
Malogra su tiempo en la búsqueda de autores para escribir su propia tragedia.
Si bien es cierto que hay buenos postulantes para Gobernación de Antioquia y la Alcaldía de Medellín, sobre los cuales se podrá mover el conservatismo en coaliciones entre programáticas y burocráticas -de acuerdo con las intenciones de quienes propicien los acuerdos- es bien deplorable que el conservatismo haya carecido de capacidad y de organización para haber escogido figuras de su propia tradición e identidad, que convocaran a formar a su alrededor coaliciones exitosas. Líderes que hubieran enfrentado, democráticamente, el juego de las diversas alternativas que ofrece el hoy enredado mercado electoral antioqueño.
Pero prefiere interpretar el papel de gregario.
En los peores y más aciagos momentos de confrontaciones políticas -como los preveía Gómez Martínez en sus editoriales- el conservatismo siempre tuvo hombres símbolo, ya para disputar los primeros empleos de la región -desde que la elección popular de alcaldes y gobernadores rige-, o ya para mostrar ante quienes tenían el mandato constitucional de nombrar, personas probas, idóneas y de comprobada militancia en esa colectividad.
El conservatismo antioqueño era un partido que tenía influencia nacional con sus grandes decisiones. Sabía ganar y perder pero con su gente, con su organización, con su fuerza electoral. Podía colaborar u hacer oposición según la ley del péndulo. Le sobraban hombres y nombres para jugarlos, los mismos que ahora le faltan.
¿Ya no hay nada qué hacer? Va cayendo el telón de la comedia. Sus sueños de superar la encrucijada se desvanecen.
La buena gestión del gobernador Ramos quedaría sin heredero de estirpe conservadora. La reivindicación política, si la hay, será a largo plazo, mientras se reconstruyen sus banderas, si es que pueden ser cosidas.
Nuevos actores prefirieron los cómodos juegos burocráticos al ardor de la confrontación programática civilizada.
Es como si volviera al primer tercio del siglo pasado, cuando decretó la abstención electoral, no por falta de ganas ni de hombres, sino por carencia absoluta de garantías para ejercer con libertad el derecho al voto. Ojalá no se agudice la dispersión, que toma mucho tiempo en corregirse, hecho que muestra evidencias a medida que aparecen las encuestas en donde el protagonismo conservador va quedando rezagado frente a otras militancias hasta ayer inexistentes.
Aquel editorial de Gómez Martínez tiene vigencia, pero ahora carece de cumplimiento. El conservatismo paisa ya no basa su política en sí mismo sino en una política protagonizada por actores prestados, que no están en el reparto de la transparencia del espectáculo, que marchan acompañando a un cuerpo moribundo y a quienes se les podría llamar "Caballeros del Santo Sepulcro".
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