Hace apenas diez años no se conocía en Colombia el delito de desfiguración con ácido. El ácido sí, se vendía a cualquiera, se usaba para corrosiones varias. Pero a ningún ser humano se le había ocurrido morder para siempre la cara linda de una mujer con el propósito de marcarla como posesión forzada suya y de nadie más.
Algo siniestro sucedió en el país en vísperas de 2004, uno o dos años antes, para que al primer perpetrador le viniera tal procedimiento. Alguna idea comenzó a circular entonces, cierta rabia, quizá un modo de afrontar las relaciones entre colombianos. Alguien con desmesurada audiencia lanzó la rabiosa consigna de romperle la cara a otro alguien, seguida de una palabra no apta para columnas de prensa.
Porque seres desquiciados ha habido siempre, lo mismo que drogadictos, bipolares, desadaptados, solitarios, resentidos y rechazados de amor. Pero a ninguno de ellos le había dado por raspar la belleza de ella con fuego líquido implacable.
El primero que lo hizo debió sentirse autorizado. Como se sintieron los que mochaban manos, piernas, cabezas con las que luego jugaban fútbol. Esta conducta no era reprochable a sus conciencias, pues sus comandantes y mentores los amonestaban a aniquilar terroristas, refundar la patria, tomar ventaja de todo.
Lo cierto es que el comienzo del achicharramiento químico facial coincide con la introducción del "todo vale". Desde altísimas instancias se operó radical transformación del alma de un país. Lo que antes era reverencia se trocó en sevicia, lo que antes era esfuerzo se reemplazó por avidez y manotazo.
No es que nuestra historia centenaria hubiera carecido de barbarie, cráneos amontonados en pirámide, cadáveres hechos racimos en vagones de tren, lenguas encorbatadas en cortes de franela. Es que nunca antes desde la suprema silla se habían puesto bases mentales y sentimentales para que odio, rapiña y engaño fueran monedas corrientes.
De esta manera han aparecido botaácidos en el lugar donde los abuelos se escondían de botafuegos. Y arrasadores de belleza donde antes pululaban violadores y golpeadores de mujeres. Son modalidades nuevas, amparadas en justificaciones nuevas.
Y la sociedad pide más años de cárcel para monstruos, "peores que asesinos", desconociendo que la causa es un veneno arrojado ríos arriba. Y que el remedio tendría que procurar la universalización de la cultura ciudadana.
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