Para sorpresa de muchos televidentes, el debate presidencial de ayer en la Universidad de Lynn fue, según analistas, el menos emotivo y enérgico de los tres.
Aunque el presidente Barack Obama siguió la misma línea de la cita anterior, desafiando decididamente a Mitt Romney, esta vez en política exterior, el intercambio de posiciones no produjo las acusaciones que marcaron los debates de las últimas semanas.
La razón, explica Juan David Escobar, director del Centro de Pensamiento Estratégico de la Universidad Eafit, es que el tema de política internacional no es crucial para los estadounidenses.
Para la muestra, ambos candidatos se desviaron de la temática de política exterior. Pasaron al menos diez minutos hablando de educación, desempleo y presupuestos, pese a que el moderador, Bob Schieffer , trató de reconducir el debate.
“La única forma de que hubiera sido así es que los candidatos hubiesen establecido una relación entre la política exterior y el mejoramiento económico y del empleo en el país, cosa que ninguno logró”, dijo el analista.
“Romney solo tenía una alternativa: derrotar en forma evidente a Obama. Cualquier otra cosa distinta a eso, era una victoria para el Presidente, y así fue”, afirmó Escobar.
Y es que el Gobernador de Massachusets, dicen los entendidos, no demostró tener unas ideas visiblemente mejores a las de Obama. Mientras el Presidente afirmó que China es “tanto un adversario como un socio potencial”, si sigue “las reglas de juego”, Romney se mostró conciliador y coincidió en calificarlo de potencial “socio”, igual que Obama.
El demócrata aseguró que se mantendrá del lado de Israel si es atacado por Irán, pero dijo que una intervención militar debe ser “el último recurso, no el primero” como dice su rival.
Por su parte, el republicano pidió cambiar de estrategia en la lucha “contra el extremismo”, mientras que el presidente Obama recordó el éxito de la operación aliada contra el líder libio Muamar el Gadafi.
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