Ascensión del Señor
"En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Él les dijo: Id y haced discípulos a todos los pueblos. Y yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo". San Mateo, cap. 28.
En un antifonario que guarda la catedral de León (España), vemos una curiosa imagen de Cristo: Bajo un manto escarlata viste una túnica amarilla, ceñido la frente por brillante corona.
Con grandes ojos mira hacia adelante, y está sentado sobre una nube que sostienen cinco asombrados querubines.
¿Jesús sube a los cielos? ¿Se despide? ¿Llega de nuevo para quedarse con nosotros? Cada quien podría responder, según comprenda en qué consiste la Ascensión del Señor.
Los evangelistas son parcos al presentar este acontecimiento, porque es imposible explicar lo inexplicable. San Lucas cuenta que esto sucedió en las inmediaciones de Betania. En Hechos nos dice que el Señor "fue levantado al cielo y una nube lo ocultó a sus ojos". Añade luego que los discípulos se quedaron mirando fijamente al cielo. San Mateo termina su relato con el envío que el Señor hace a los Once, para que hagan discípulos a todos los pueblos.
Jesús tenía entonces un cuerpo glorioso, y sin embargo se mostraba a los suyos. Igualmente el hecho de subir que traen los textos es más simbólico que real, pues las medidas geográficas no encierran la presencia del Resucitado. La puesta en escena de los ángeles atestigua que este hecho ocurre más allá de esta tierra. Y los mismos liturgistas no encuentran textos bíblicos que ofrezcan la verdadera dimensión del acontecimiento.
Sin embargo, para nuestra comprensión hay algo simple: Jesús comenzó desde aquel día una nueva presencia entre nosotros. Se iniciaba otra forma de fe, sin el apoyo de un Dios visible.
Valdría entonces unir todo esto con lo dicho por el Maestro cuando se despedía de sus discípulos: "No os dejaré huérfanos". Y sobre todo lo que ellos escucharon antes de perderse el Señor entre las nubes: "Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra".
Y además: "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo".
Durante los comienzos de la Iglesia, los discursos de Esteban, de Pedro y de Pablo, los milagros que ocurrieron por el poder de los apóstoles, la fe de la comunidad creyente, la caridad que se ejercía como algo esencial en las primeras comunidades, no eran otra cosa que signos patentes de la presencia de Jesús. Todos los creyentes procuraban recordar al Maestro, mediante sus gestos y sus dichos. Cristo seguía presente, de modo especial por la Palabra y por la Eucaristía.
De ahí en adelante, la historia de la Iglesia ha sido un continuo descubrir que Cristo vive y alienta en las comunidades cristianas. Cuando brilla la fe, cuando nos reconforta la esperanza, cuando el amor cobija de mil modos a los creyentes. Cuando tantos hombres y mujeres dejan su patria para anunciar a Jesucristo en remotas regiones. Cuando numerosos hermanos siguen entregando su vida por el Evangelio. No hay duda alguna: Jesús está presente.
Podríamos entonces afirmar que en la Ascensión, Jesús bajó de lo alto para estarse con nosotros definitivamente. Y algún poeta nos dice: "Así está bien, porque Él sabe que sin un Dios que nos mire tan de cerca, trabajamos mejor".
(Publicado el 31 de mayo de 1981).
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