El primero de noviembre de 1998, cuando en Colombia crecía la esperanza por los diálogos de paz en el Caguán, las Farc sitiaron a Mitú con 1.500 guerrilleros por tres días en los que asesinaron a 40 policías (11 civiles murieron), secuestraron a 61 uniformados más que, sin refuerzos a tiempo, no tuvieron otra salida que rendirse.
Sin suficientes aeronaves ni redes de abastecimiento, con la base militar más cercana a unos 300 kilómetros, en San José del Guaviare, las tropas nunca llegaron a tiempo para salvar a los 120 policías que resistieron la incursión hasta el último cartucho. La guerrilla bloqueó las vías y destruyó la pista de aterrizaje.
Armando Borrero , exconsejero presidencial para la Defensa, recordó que en la época no había brigadas móviles ni helicópteros y los altos mandos militares tuvieron que pedir permiso a Brasil para abastecer aviones con tropas en la base de Querari.
Ante la incapacidad de respuesta militar, el país presenció impotente cómo la guerrilla atacaba ese municipio, que no era un caserío cualquiera, sino la capital de Vaupés. La violenta toma destruyó casi todas las casas, la estación de Policía, los edificios estatales y hasta la Caja Agraria fue saqueada.
A los tres días llegó el refuerzo pero solo había muertos y ruinas. El general Luis Mendieta , secuestrado en ese ataque en calidad de comandante de la Policía, recordó tras su rescate en 2010 que, después de 72 horas de combatir, “nos quedamos sin munición ni provisiones y, sin refuerzos, perdimos muchos hombres y terminamos secuestrados por muchos años”.
Fue la continuación de otros ataques recordados como los peores golpes sufridos por las Fuerzas Militares, como la toma a las bases de Patascoy (1997), El Billar (1998), Miraflores, en las que murieron más de 100 uniformados y otros 200 fueron secuestrados.
Según analistas militares, las Farc habían pasado de una guerra de guerrillas a una de movimientos, como lo demostró la toma a Mitú, donde movilizaron 1.500 subversivos de frentes de Cundinamarca, Meta y Guaviare. Tras la toma se quedaron.
Según Borrero, el Estado y sus Fuerzas Militares perdían la batalla y “la guerrilla sacaba ventaja de las muchas debilidades de un Ejército desmoralizado, mal equipado, lento y sin movilidad”. Como ejemplo, el exconsejero recordó que en una de las tomas la Fuerza Aérea intentó responder, pero las bombas no explotaron porque eran muy viejas”.
La fortaleza de la guerrilla también se evidenciaba en su presencia territorial. Según informes del Ministerio de Defensa, entre 1998 y 2002, las Farc tenían presencia en 610 municipios con 16.900 guerrilleros.
Con el país atemorizado y el Estado y su Fuerza Pública golpeados, el grupo insurgente se sentó en la mesa de negociación del Caguán a dialogar con el Gobierno. El proceso fracasó y vino el Plan Colombia.
El contrataque
Diez años después de esos fallidos diálogos, el campo de batalla del conflicto y la situación de las Fuerzas Militares y la guerrilla revelan otra historia. Desde 2000, antes del rompimiento de ese proceso, comenzó una costosa modernización de las Fuerzas Militares que, según un estudio revelado por el Observatorio de Conflicto del Politécnico Grancolombiano, le ha costado al país 207 billones de pesos en los últimos 10 años.
Un alto oficial, quien hizo parte del equipo que diseñó la nueva estrategia militar Espada de Honor, que se aplica en la lucha contrainsurgente, indicó que “se dio un salto cualitativo con la adquisición de moderno armamento, aviones, helicópteros, navíos, tecnología para inteligencia militar, comunicaciones. También se aumentó el pie de fuerza y se fortaleció la base de soldados profesionales”.
El militar agregó que cambió el modelo operacional, “sin los celos de otras épocas”, basado en acciones conjuntas “para aprovechar la inteligencia de la Policía, la ventaja estratégica de la Fuerza Aérea, la fortaleza en tierra del Ejército y la Armada en los ríos”.
Con ese “modelo” se crearon los comandos conjuntos (ver mapas), responsables de los mayores golpes militares contra la guerrilla, incluidas las muertes, por primera vez en la historia de las Farc, de jefes de bloques y miembros del Secretariado como alias “Raúl Reyes”, “Mono Jojoy” y “Alfonso Cano”.
Así quedó demostrado el 13 de junio de 2010. La oscuridad de las selvas de Guaviare no fue obstáculo para movilizar en pocas horas, a bordo de aeronaves, 500 soldados y un comando de las Fuerzas Especiales, quienes descendieron por cuerdas desde los helicópteros Black Hawk y se internaron en la manigua con sus equipos de visión nocturna, en busca de policías y militares secuestrados durante más de 10 años.
En un rápido asalto al campamento guerrillero rescataron al general Luis Mendieta , los coroneles Luis Enrique Murillo, William Donato y al sargento Arbey Delgado . La incapacidad de las tropas 12 años atrás contrastó con la precisión militar adquirida. Las selvas ya no eran inexpugnables ni refugio seguro para las Farc.
Para Alonso Tobón , investigador del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos, “la ofensiva militar cambió el balance de la confrontación y replegó a las guerrillas a zonas de retaguardia, las expulsó de zonas como el Oriente antioqueño, las diezmó y debilitó como nunca. Ya no pueden tomarse un municipio y retrocedieron a la guerra de guerrillas, a las emboscadas”.
Ese debilitamiento también se refleja en la presencia territorial y la base guerrillera. Según inteligencia militar, redujeron su presencia a 210 municipios. El Ministerio de Defensa estima en 8.500 los guerrilleros farianos, la mitad de hace 10 años.
Las Farc niegan su debilitamiento. Así lo aseguró alias “Iván Márquez” en Oslo: “se equivocan aquellos que embriagados de triunfalismo hablan del fin del fin de la guerrilla, de derrotas estratégicas y confunden nuestra disposición al diálogo por la paz con debilidad. Nos han golpeado y hemos golpeado”.
Con esta nueva correlación de fuerzas a favor del Estado, el 15 de noviembre se sentarán en la mesa de negociación los delegados del Gobierno y de las Farc para buscar acabar con el conflicto armado.
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