"A nuestros más remotos descendientes
Lo llevará en sus páginas la Historia,
Para que sus virtudes eminentes
Graven en la memoria.
No ha muerto Girardot; no, sus acciones
Sus triunfos y su gloria
Resuenan hoy en todas las naciones".
Fragmento de "Oda a la muerte del coronel Atanasio Girardot el día de sus exequias fúnebres", de José Fernando Madrid.
Atanasio Girardot, el prócer antioqueño que gracias a su arrojo y determinación se convirtió muy pronto en uno de los hombres de confianza de Simón Bolívar, moría hoy hace doscientos años cuando una bala española del ejército de Monteverde atravesaba su corazón al intentar coronar el triunfo clavando la bandera nacional en lo alto del cerro de Bárbula.
Sobradas razones existen para haber nombrado al estadio de la ciudad con su nombre, pero creo que alguien que ofreció su vida por los intereses de tantos, no se merece la suerte de ver semanalmente cómo se irrespeta su memoria en cada fecha de la jornada futbolera.
Confieso que hace muchos años no voy al estadio a ver el torneo de fútbol nacional, pero no porque el nivel de nuestro fútbol es apenas más alto que la altura de la grama, sino porque lastimosamente una minoría de atarbanes, que se hacen llamar hinchas, terminaron obteniendo los poderes de las mayorías, al imponerles a los demás, mayorías en número pero minorías en coraje y valor, lo que pueden o no hacer.
Es una vergüenza que al parecer la valentía y la determinación de Girardot no quedaron en el ADN de las posteriores generaciones de dirigentes y ciudadanos de Antioquia. La cobardía de enfrentar a los delincuentes se está volviendo una plaga con efectos insondables para los que todavía estamos vivos, pero especialmente para los que nos van a reemplazar. Los fundamentalistas de la paz nos están metiendo en un remolino perverso del cual, si no se reacciona a tiempo, tal vez no podremos salir más tarde.
¿Por qué tanto temor de tomar medidas fuertes y contundentes, cueste lo que cueste? ¿Por qué los ciudadanos que buscan ir al estadio y divertirse con sus amigos o familiares tienen que verse intimidados de hacerlo por culpa de unos delincuentes camuflados con camisetas de los equipos de la ciudad? ¿Por qué se ha llegado hasta el límite que una persona no pueda vestirse de un color porque un bárbaro lo puede convertir en su blanco a la salida del estadio? ¿Por qué los vecinos del estadio, que lucharon día a día trabajando para conseguir su casa, ahora deben estar arrepentidos y deben atrincherarse cada vez que estas hordas de salvajes y antisociales se creen con el derecho de hacer lo que les dé la gana en su retirada?
Como siempre, echarle la culpa a la Policía es fácil, pero la responsabilidad va más allá. Hay mucha irresponsabilidad y cobardía en esto. De las autoridades responsables de la ciudad, de los padres que no saben lo que están haciendo sus hijos en curso de volverse unos bandidos profesionales, de parte de los equipos y sus dueños, y de parte de la prensa.
Nos estamos convirtiendo en un país de cobardes que se arrodilla ante los delincuentes, unos en los estadios y otros en La Habana. Si quiera Atanasio ya no nos ve.
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