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ARISTÓCRATAS DEL TIEMPO

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19 de febrero de 2013
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Desde el nacimiento hasta la muerte, el corazón es músculo que nunca se detiene, sin cansarse. La lengua, otro músculo imbatible, es capaz de moverse infatigable durante horas de discurso. Pero la lengua descansa cuando no se está hablando, y en la noche del sueño, como todo el cuerpo.

El corazón no para ni en sueños. La parálisis cardíaca es muerte. Corazón y vida son concomitantes y adictos. El corazón es, así, gran trabajador, máximo obrero que ignora fatigas.

No hay que pensar por ello que la bomba de sangre no descansa. Michel Tournier, novelista y ensayista francés casi nonagenario pilló al corazón reposando. "No es que no tome nunca un descanso -escribe sobre este músculo- sino que lo hace durante la fracción de segundo que separa los latidos".

En consecuencia, los ocios del corazón son fragmentados e instantáneos. Están, además, por entero ligados a su actividad. No es que suspenda su labor para irse a broncear en las playas de la piel. Es que se da un respiro en intersticios de tiempo liberados de su martilleo incesante.

Tournier, también filósofo, muy influido por Bachelard y Sartre, arranca de este fenómeno una singular extrapolación. "Estas vacaciones del corazón -continúa-, tan particulares, son un ideal de vida reservado a algunos privilegiados. Tener un trabajo tan bien integrado en la vida cotidiana, tan equilibrado en sus fases de esfuerzo y maduración que contiene en sí mismo su reposo y sus vacaciones, es un privilegio del artista, o por lo menos del artesano del arte, del aristócrata del trabajo".

El furor productivo dividió el trabajo fabril en tres ochos. Los sindicatos avalaron esta separación exigiendo ocho horas de trabajo y otras tantas de descanso y sueño respectivamente. De este modo el día resultó tasajeado en trozos insólitos para la naturaleza y la vida en el campo.

Igual suerte corrió la semana, con sábado y domingo libres, y el año con los desmirriados quince días de vacaciones reglamentarias. La máquina disciplinó al hombre y volvió a todo hombre homogéneo del hombre. Quien no acepte que su labor sea al tiempo descanso, quien se niegue a desligar recreación y creación, es expulsado del gran aparato.

Por eso el artista es aristócrata. No porque no trabaje o sea parásito, sino porque hace de su faena una dicha. Como el corazón, aristócrata entre órganos y músculos.

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