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AL PERIODISMO LO TIENEN SENTENCIADO

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26 de mayo de 2013
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En un solo día volvieron a estallar por los contornos hispanoamericanos dos potentes amenazas contra el periodismo: La mentalidad totalitaria y la ignorancia. La primera se manifestó en el discurso de reasunción del Presidente del Ecuador, Rafael Correa. La segunda, en la vergonzosa y fallida entrevista de un telerreportero de Cali al Presidente del Gobierno de España, Mariano Rajoy.

El mandatario ecuatoriano aprovecha todas las ocasiones para lanzar invectivas, advertencias y amenazas contra el periodismo de su país y del continente. Lo culpa de los males habidos y por inventar. Su actitud hostil a la libertad de prensa y el derecho a la información es muy característica del neofascismo arropado en el disfraz del socialismo del Siglo Veintiuno, que no admite oposición, ni críticas, ni opiniones discordantes. El totalitarismo es unanimista y apabullante.

¿Y qué delito hemos cometido los periodistas para habernos ganado el castigo de soportar colegas tan proclives a la ignorancia como los que ni siquiera averiguan quién es, de qué país llega y qué posición ocupa el personaje al que pretenden entrevistar? ¿En qué idioma hablan como para ignorar que España no se denomina república ni reino unido?

Con amigos así, para qué enemigos: Para acabar con el prestigio, la credibilidad y la respetabilidad de una profesión no hacen falta déspotas fascistoides, ni censores de todos los extremos, ni inquisidores montados en un Tribunal del Laico Oficio, ni enemigos agazapados de los medios de comunicación.

El periodismo, el buen periodismo de siempre, está sentenciado en América Latina y va a resultar muy difícil que se libre de esa condena, porque las amenazas son múltiples, diversas y poderosas. Apunto en la lista la censura extraoficial (de las facciones antiinstitucionales) y la oficial (de regímenes totalitarios cercanos), la manía inquisitorial encarnada y encarnizada por los jueces implacables de todo lo que se les parezca a un medio de comunicación, el dominio económico de los monopolios que usan la información como pretexto, el control subrepticio de las voces independientes que fiscalizan y equilibran poder y contrapoder, el maquillaje eufemístico de la verdad por intimidación, la demagogia de la llamada prensa popular y la renuncia a la identidad profesional por un mal entendido periodismo ciudadano.

Tales amenazas, que tienen sentenciado al periodismo, persistirán y arreciarán mientras desde el propio interior de la cultura profesional no se exorcicen los demonios de la debilidad y el utilitarismo gremiales, la obsecuencia ante las leyes del mercado, la incompetencia para asumir la libertad con autonomía y responsabilidad y, sobre todo, la malhadada ignorancia, atrevida, prepotente, desafiante. Ningún ser humano debería ser ignorante (a menos que sea la razonable docta ignorancia). Mucho menos un servidor público en la búsqueda de la verdad y el sentido.

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