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ABSTENCIONISTAS

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06 de junio de 2014
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Yo también fui abstencionista. Como muchos de mis lectores, supongo. Nos encastillábamos en una juventud rebelde, inconforme. No creíamos en nadie. Adormecíamos la pasión de los grandes sueños con perfeccionismos imposibles. No nos comprometíamos con nada ni con nadie, porque todo nos parecía mediocre y a todos los juzgábamos mediocres. Y acabábamos paciendo en los pastos secos de esa misma mediocridad.

Era una forma de soledad. Esa soledad juvenil que uno no descubre hasta que se topa de bruces con la otra inapelable soledad de la vida, la que origina el no haber sido lo se quiso ser, haberse quedado solo en proyecto, tener las manos vacías. Cuando, como en el verso de Carranza, "el río se llevó todo lo mío" y solo queda la melancolía.

El mundo estaba mal hecho. Todo nos dolía. Pero al mismo tiempo sonaban a hueco los grandes principios, los grandes conceptos, los grandes ideales. Eran retórica que no nos llegaba. Voces en falsete. Chillidos mentirosos. Volteábamos la cara para soñar en el vacío. Buscábamos horizontes interiores. Dolorosamente, con desesperación. Era la angustia. Nada nos satisfacía. Apenas allá, en una orilla de la vida, el amor era un refugio frágil que se desvanecía apenas habitado. Qué melancolía.

Toda una época de Colombia naufragó a nuestro lado. No nos dábamos por aludidos. Un acre olor de violencia nos rodeaba. Un aroma de catástrofe nos invadía. Pero el desencanto nos volvía insensibles, aperezados. Se nos había muerto la pasión. Jóvenes envejecidos, cansados de antemano. Era un desabrido caminar por el hastío.

No creíamos en los políticos. Nos chocaban los políticos. Nos reíamos de los políticos. A lo más, nos enardecían unas asépticas ilusiones de cómoda revolución, que eran más un género literario que una postura ideológica. La comezón izquierdista era más un cambio de pie, porque estábamos cansados de habernos apoyado siempre del mismo lado, de no haber estado apoyados en nada ni en nadie. Una juventud frustrada, agotada, sin vibración, sin estremecimientos creadores.

Nuestra única posición política era siempre la misma disculpa: éramos abstencionistas. Mirábamos con cierto desprecio a quienes sentían esa extraña emoción de un día de elecciones. A veces era compasión, casi ternura. En el fondo creo que era envidia. Una forma de envidia es creerse superior, creerse perfecto, despreciar a los demás porque gozan con lo que a nosotros nos produce desencanto, porque aman lo que para nosotros es despreciable y no nos satisface, porque creen en las increencias que a nosotros nos carcomen por dentro.

Hasta que llegaron los años. Amaneció por allá una plácida, avergonzada serenidad. Los huracanes de la vida habían destruido el castillo de arena en que nos habíamos encerrado. Descubrimos la que quizás es la única verdad que uno puede conseguir en esta vida: que estábamos equivocados. Esa puede ser, piensa uno, la madurez: saberse equivocado. Y aceptar sin resentimientos esa equivocación.

Un día fuimos a votar, humildemente, sin alharacas. Sin estridencias, sin fanatismos. Estábamos sobre la tierra. Que es dura, áspera, real, imperfecta. Y aceptamos ser y vivir con una resignada alegría. Por eso dejamos de ser abstencionistas.

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