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A Oz

02 de enero de 2009
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Querido Amós, le escribo de nuevo. Como he tenido tiempo para leer bastante, ha caído en mis manos uno de sus libros, esta vez de ensayos. Me gusta el título: La historia comienza de nuevo. Aquí habla usted de la manera como algunos escritores famosos inician lo que quieren contar. Y lo analiza, porque lo más difícil es comenzar. En el inicio es donde más gente se queda, ya que una cosa es querer y otra hacer y persistir hasta el final. Ya lo dice el dicho: de buenas intenciones está empedrado el infierno. Es claro: si quiere sufrir, piense en hacer algo y no lo haga. Diga que lo hará y desista. Lo que sale por la boca, si no se concreta en algo terminado, en una acción real, es una maldición contra uno mismo, decía mi abuela (que quizá por eso, porque no fue mera palabrería, descansa en paz). En el judaísmo, el río Gishón, que anuncia la primavera, es el río de los inicios necesarios.

Pero sólo es posible hablar de un inicio si el asunto está terminado. Un inicio por el solo hecho de haber comenzado, no lo es. Hasta ese momento es un fracaso. Los finales son quienes acreditan el inicio, diciendo que fue bueno hacerlo. O que fue trágico haber comenzado así. Y traigo esto de los inicios a colación, querido Amós, porque vivimos en tierras donde los inicios se quedan en veremos, de aquí tanta rabia y fracaso. Intenciones, bocas abiertas, delirios, primeros pasos, pero después nada. Existe el complejo (o el negocio) de dar el paso final. Y en ese complejo, se miente, se buscan causas externas, se recurre al olvido o, lo que es peor, al carnaval que permite que el diablo ande suelto y el mundo se vuelque al revés. Hay muchas formas de fracasar. Las promesas, por ejemplo.

En esto de comenzar y fallar, hay gente más vieja de la cuenta: son los que viven del pasado y no ven nada nuevo, los que no se renuevan porque están anclados en lo que ya no es (en lo que pasó) pero dan por realidad presente. El tercer mundo, como en El otoño del patriarca, de García Márquez, es una repetición eterna, sin comienzos ni finales, una rueda que da la vuelta sobre lo mismo. Y por eso por aquí nunca comienza la historia y la memoria del fracaso es permanente. Pero hay algo más terrible y es que el fracaso cada vez es más fracaso. Y como en el cuadro de Munch, El grito, cambian las caras para peor. Ojalá lo que digo, querido Amós Oz, no sea cierto. Pero hay que comenzar para que no lo sea y terminar para que no haya sido. Mire a lo que lleva una lectura y mirar por la ventana.

Amós Oz, escritor israelí, nominado varias veces al premio Nobel. Nació en 1939, cuando se iniciaba la segunda guerra que, como dice Hobsbawm, fue la segunda parte de la primera: la peor, esa que certificó el fracaso del proyecto de la Ilustración y la caída en barrena de la razón.

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