El vicepresidente Angelino Garzón soltó una andanada por la metodología que el Departamento de Planeación Nacional adoptó para medir la pobreza. Lanza en ristre retó a los economistas para ver si les alcanzaba con los 190.000 pesos que se gana un pobre en Colombia para hacer un mercado de un mes. El debate, entonces, se volvió una mezcla indescifrable de argumentos políticos frente a argumentos económicos.
Medir la pobreza siempre ha sido un parto para los economistas. Sencillamente, no existe una teoría que muestre cuál es la mejor forma de hacerlo. ¿Quién es quién para calificar a alguien de pobre o rico? Los ortodoxos economistas se pegan de lo que muestran los modelos infalibles, las curvas y las estadísticas. Los de a pie, que montan en bus no comen cuento y dicen que la verdad está en la calle, donde sí se ven los pobres reales.
Obviamente, los economistas se pegan de alguna metodología para demostrar sus propuestas. Y es válido. Pero lo que prendió el ambiente es la discusión política. Más de uno tachó a Angelino de ser la rueda suelta del gobierno Santos y es cierto: un gordito bonachón que salió del sindicalismo y que se encomienda a cada segundo a la iluminación divina del Milagroso de Buga, no pega mucho en el santismo. Claro, ¿cómo no darle varilla a un tipo que para muchos es un populista-oportunista, que se quiere mostrar como el Lula da Silva criollo? Sí, ese mismo que más rifirrafes ha casado con sus colegas del Gobierno, ¿o se les olvida que fue él quien se embejucó por el incremento del salario mínimo y le dio varilla al Plan de Desarrollo por ese mico camuflado que cambiaría la edad de jubilación?
Lo triste de toda esta novela de personajes populistas o economistas es que la discusión no va para ningún lado porque ambos tienen la razón. Planeación Nacional justifica su trabajo con base en una medición que garantice la comparación con el resto del mundo. Para esto, se pegó de una misión conformada por el Banco Mundial, la Cepal, el Dane y la Universidad de Oxford, entre otros. "La nueva medición de la pobreza era absolutamente necesaria", dijo el ministro de Hacienda, Juan Carlos Echeverry. Para Angelino no hay que tener tres dedos de frente y entender que 6.300 pesos diarios -que equivalen a los 190.000 al mes- se van en un suspiro: un almuerzo de 1.500, dos tiquetes de Transmilenio y uno que otro tinto. Karina Guerrero, vendedora de helados, le dijo al periódico El País de Cali: "Con 190.000 pesos al mes nadie vive, tal vez solucionará algunas necesidades, pero eso sólo vale el alquiler de una pieza en estrato uno ¿y la alimentación, los servicios y el transporte?".
En medio de todo esto nos alejamos del debate de fondo: ¿será que ahora sí nos sensibilizamos de verdad con la pobreza? Somos facilistas para desviar la atención de lo que nos debería poner a marchar. Somos incapaces de entender que en Colombia hay una bomba de tiempo que se llama pobreza+desigualdad. Tenemos pobres muy pobres y una clase media que, como el oso de anteojos, está en riesgo de extinción. Medir la pobreza es más que cuestión de método y no tiene presentación decir que la redujimos en el escritorio. Pueden decir que bajamos del 45,5 al 37,2% y que Angelino se descachó al criticar el propio éxito del gobierno al que pertenece. Lo cierto es que se le abona haber revivido el debate a ver si pega. Obviamente, con 190.000 pesos alcanzará para vivir el día en que sean historia los niños desnutridos, los indígenas en miseria deambulando por las calles, los desplazados, las víctimas de la violencia absurda, los corruptos insuperables, la escasa infraestructura para llegar a los barrios periféricos, los sicarios y tantos otros problemas. De lo contrario, los 190.000 no serán pesos sino razones para seguir siendo pobres.
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