Holanda es un país serio: la viabilidad económica de los programas de cada partido debe ser certificada por una institución independiente. Pero Colombia no es un país serio, y cada candidato puede prometer cuantas cosas se le ocurran. El candidato Santos ofreció "2,4 millones de empleos y formalizar otros 500 mil". Igual habría podido prometer 4 millones, ó 7 millones, porque nadie revisó sus cuentas y él nunca dijo cómo lo iba a conseguir.
Dijo sí que los empleos provendrían de cinco "locomotoras": infraestructura, agro, vivienda, minería e innovación; y hasta anunció cuántos empleos aportaría cada una de ellas. Lo que no dijo fue cómo hará para que las locomotoras se aceleren.
Sin embargo en sus discursos y en los 109 puntos de su Plan de Gobierno, hay tres ideas concretas que ayudarían a bajar el desempleo: un programa de becas para que los jóvenes pospongan su ingreso al mercado laboral, cambiar las exenciones tributarias al capital por exenciones a quien cree empleos y -tal vez- eliminar los aportes parafiscales que hoy encarecen la mano de obra.
Son tres ideas piadosas pero muy poco útiles. En Colombia el 80% de los universitarios tienen que trabajar para mantenerse y no apenas para pagar la matrícula. Las exenciones fiscales son dineros que el Estado deja de recibir y por lo mismo son empleos que él no crea. Y eliminar los parafiscales sería otra forma de "flexibilización" que ya se intentó con la famosa Ley 50, con pocos resultados.
Yo entiendo que para ganar las elecciones hay que hacer promesas, y entiendo que el desempleo es un drama que afecta a muchos votantes: según el Dane y por pura coincidencia, en mayo pasado había "2.668.000 personas" desempleadas en Colombia. Es la tasa de desocupación más alta de América Latina. Y peor: es una tasa que no disminuyó bajo el gobierno Uribe, cuando la economía creció como no había crecido en medio siglo.
Digamos que del total de desempleo (12,1% en la última medición) las dos terceras partes son "estructurales" (jamás hemos estado por debajo de un 7% o un 8%) y el resto es coyuntural o atribuible a factores de más corto plazo. La propuesta de Santos corregiría sólo estos últimos factores y por eso - según su Plan de Gobierno - "nos proponemos llevar el desempleo por debajo del 9% en 2014, y del 6% en 2020".
Pero resulta que los factores de corto plazo ya no son en realidad de corto plazo. En estos años de acelerado crecimiento económico, el desempleo no bajó por tres razones: la proporción de personas en edad de trabajar está aumentando, porque ese crecimiento se dio en la gran minería y otras actividades que generan poco empleo, y porque la revaluación del peso que implicaba la bonanza minera aumentó el costo de nuestra mano de obra ¡casi en 40%!
De suerte que para bajar el solo desempleo "coyuntural", Santos tendría que abandonar el modelo económico de Uribe, es decir la "confianza inversionista" para atraer a las grandes empresas mineras. La pregunta del millón (o en este caso, de los dos millones) es entonces: ¿en qué otra cosa podría competir Colombia, dónde está nuestra tecnología de punta, nuestras mega-autopistas, nuestros trabajadores supercalificados?
No están en ninguna parte. O en todo caso, no los tendremos en el futuro cercano. Esas son inversiones de largo plazo o mejor, decisiones estratégicas que una sociedad -no apenas un gobierno- han de tomar y sostener durante décadas.
Por eso aquí y en todas partes la promesa de empleos inmediatos es muy fácil de hacer pero casi imposible de cumplir. De hecho se ha cumplido sólo en los países serios y sólo en relación con el desempleo "keynesiano", el que resulta de una recesión como la de los años 30 o de la que (esperemos) están saliendo los Estados Unidos.
En Colombia, afortunadamente, no tenemos desempleo "keynesiano". En cambio, infortunadamente, no es un desempleo que se cure con ajustes pequeños o medidas puntuales.
Así que por ahora el único empleo nuevo será el que encuentre el doctor Álvaro Uribe.
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