De noche, cuando se cierran las cortinas, viene un sonido desde afuera, como si hubiese un fantasma detrás, y no: el viento silba en Boston, como silbaba también en Edimburgo, Escocia.
Ya empezó el otoño, y la ciudad se hace fría. Diego, un colombiano que me encuentro de pronto, cuenta que Boston, donde lleva viviendo 20 años, es una ciudad bella, que no la cambiaría, salvo en invierno. El invierno es terrible: mucho, mucho frío, dice. El viento ayuda a que en las noches de final de septiembre los dedos de los pies se congelen, aunque haya medias y zapatos.
Algunos llaman a Boston la ciudad americana para caminar, y entonces uno puede seguir las líneas del piso (o no) para descubrir que tiene casitas con techos en triángulo, que a veces parecieran de estilo inglés. No está mal pensarlo así: A Boston la fundaron puritanos que venían de Inglaterra, el 7 de septiembre de 1630.
Plucky Ruffles, uno de los conductores de Boston Duck, un carro de turismo que recorre la ciudad primero en tierra, y luego en las aguas del río Charles –que inspiró El Otro, un cuento de Borges–, explica que la arquitectura es ecléctica: allá han confluido ingleses, irlandeses, italianos. Ahora también hay edificios modernos, que se iluminan de noche y Boston queda oscura, con las luces de un montón de edificios que hacen pensar que es una ciudad alta.
Las casas recuerdan a esa serie de televisión de hace muchos años, Full House, o Tres por Tres, en español, si bien sucedía en San Francisco.
De las imágenes más bellas está, precisamente, la torre del reloj, cerca a Quincy Market, un lugar para ir de compras, y además para encontrarse con esculturas como la de ese señor que va caminando con su chaqueta al hombro, detenido en la piedra, o ese otro que está sentado al lado de una silla, para que uno lo acompañe al lado.
Porque a Boston se le conoce por el arte en las calles. Es fácil encontrarse de pronto con una pared en la que hay un dibujo, como esa que hay cerca al estadio donde juegan béisbol los Red Sox, en el que aparecen Prince y Bowie.
En la página Boston Art Commision comentan que el arte público ha crecido al tiempo que el significado de la ciudad y que la idea es que el arte comunique la diversidad del pasado y el presente.
Mirar
El Boston Duck también es famoso. Es un carro que no tiene nada de pato en lo físico, y que de hecho es un duplicado de vehículos que fueron construidos durante la Segunda Guerra Mundial, y que funciona como un anfibio: sin cambiar de carro, el vehículo entra en el agua y navega como un pequeño barco.
Porque Boston es también un puerto, y si hay una imagen bella desde el aire, es la de un montón de embarcaciones que por la altura se ven como cisnes detenidos en el agua.
El Pato hace un recorrido por el centro, mientras el conDUCKtor, que es distinto cada vez, va contando que Boston fue creciendo quitándole espacio al mar. También tuvo tres colinas, de las que solo queda una, y justo ahí se ubica la State House, ese lugar que viene a ser la gobernación de Massachusetts, y no muy lejos de Boston Common, el parque público más viejo del país, con fecha de 1634, que fue usado durante el periodo colonial como sitio para que las vacas pastaran y así mismo ejecutar criminales y gente acusada de brujería. Eso igual lo cuenta Plucky Ruffles.
Entonces hay que enumerar lugares para encontrarse: Boston Public Library –la primera biblioteca pública en Estados Unidos–, el Bunker Hill Monument –que conmemora la batalla de Bunker Hill, en junio 17 de 1775– y el Public Garden –el jardín botánico más viejo del país, en el que se plantan tulipanes en primavera–. Hay mucho más, por supuesto, pero caminar es dejarse sorprender por la historia y los edificios y el mar y el río y, por supuesto, los árboles.
Queda la sensación de que por cada casa hay un árbol en Boston. Eso también se ve desde arriba: es una ciudad verde.
Estudiar
Boston es la capital de Massachusetts, y es pequeña (unos 650 mil habitantes, Medellín tiene más de 2 millones 400 mil), famosa por los barrios, y a la que se suman otras urbes para formar el Gran Boston, o el área metropolitana, con una población de 4.5 millones de personas, en la que pasa igual que Medellín: no se nota cuando se está en Envigado. Así que no se nota cuando se pasa a Cambridge y aparece Harvard.
La universidad número uno del mundo es otro mundo. Diego, el colombiano que trabaja allí, dice que en los 20 años que lleva no la ha terminado de conocer.
Hay, no obstante, dos lugares imperdibles. Se debe ir a buscar a John Harvard para tocarle el zapato, seguir la leyenda y pedirle buena suerte (muchos llegan diciéndole que si los lleva a estudiar a la universidad), y que por tanto tocarlo tiene los dos zapatos descoloridos. Es fácil de encontrar: los turistas andan arrumados frente a él, tomándose fotos.
Luego está la biblioteca (no en un solo edificio), que tiene más de 17 millones de materiales, y es considerada una de las más grandes del mundo.
A Boston la llaman La Atenas de América, por sus tantas universidades adentro y alrededor, y por ser un lugar de investigación y centro de medicina. Está, por ejemplo, el Instituto Tecnológico de Massachusetts, o MIT.
Así se va el tiempo, descubriendo. Es una ciudad reconocida por su vida cultural, con museos, con teatros, con historias, con música. Allá empezaron Aerosmith, los chicos malos de Boston, y los New Kids on The Block.
Boston no cabe en las letras. Es para encontrarse de pronto con una imagen en los edificios, para romper ideas preconcebidas sobre Estados Unidos, para sentarse a mirar los patos, o para caminar y caminar. Al final, para escuchar al viento, que no duerme.
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