Mucho antes de que alguien hablara de senderismo, las montañas de Envigado ya estaban atravesadas por pies descalzos, por trueques, por silencios largos y por cargadores de historia. Estos senderos —que hoy recorremos con botas y mochilas— fueron primero caminos reales: rutas indígenas, luego coloniales, más tarde corredores del cacao que llegaba hasta La Chocolatería. Quizás por eso, cuando uno entra a las Cuevas del Higuerón, no siente que está llegando a un lugar nuevo, sino regresando a algo antiguo.
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Y ahora sí, comienza la caminata.
No desde la cima.
No desde la épica.
Sino desde lo cotidiano.
Para poder llegar a las cuevas, primero hay que tomar un bus que va directo al sector de El Salado, un trayecto de unos 40 minutos. También es posible subir caminando desde el parque principal del municipio o hacerlo en transporte privado. En mi caso, preferí subir en transporte privado porque mi compañía sería mi perrita-Valkiria-. Y este recorrido, hay que decirlo, es toda una aventura para nuestras mascotas: el sendero se presta para llevarlas.
Nos bajamos en una curva donde comienza un bosque de pinos, estiramos un poco las piernas —como quien despierta al cuerpo de una siesta urbana— y avanzamos.
A partir de aquí el paisaje cambia de ritmo: el bosque se cierra un poco más, aparecen los afluentes que alimentan la quebrada Ayurá y el sonido del agua empieza a acompañar los pasos como un metrónomo natural.
Este tramo, aunque sigue siendo amable, ya anuncia lo que vendrá después: la mayor parte del recorrido será en descenso. Eso cansa más de lo que uno cree. Un bastón ayuda pero si no tiene uno, caminar sin afán también.
Mi perrita va adelante, explorando, oliendo cada piedra como si estuviera leyendo un libro invisible. La veo feliz. Y pienso que pocas experiencias son tan honestas como ver a un animal caminar sin expectativas: no espera la cima, no espera la foto, no espera el logro. Solo camina.
Este recorrido es pet friendly, y no como etiqueta bonita, sino de verdad: senderos amplios, sin pasos técnicos extremos, con agua natural en varios puntos. Para quienes caminamos con animales, eso importa.
Caminar también es pensarse
Esta travesía la hacemos con Nawalkers – Senderismo Filosófico, una iniciativa que mezcla montaña y reflexión. No se trata solo de llegar a un lugar, sino de observar qué pasa mientras avanzamos.
Kevin Echeverría, nuestro guía, lo plantea desde el inicio: cada salida es una excusa para mirarnos un poco más por dentro.
Por eso, mientras seguimos rumbo a las cuevas, nos propone un ejercicio sencillo: pensar qué animal nos representa según nuestro elemento astrológico, o qué animal sentimos cercano aunque no corresponda a ese elemento.
Más adelante, cerca de un punto señalizado como “La tienda, la cabaña, cuevas y charco”, hacemos una pausa. Nos sentamos en círculo. Comemos algo. Hidratamos. Y empezamos a compartir.
Aparecen animales pequeños y grandes. Unos dicen ser representados por: hormiga. Barranquero. Araña. Cóndor.
Cuando me toca, digo: tigre blanco de Bengala.
No porque sea fuerte todo el tiempo. No porque sea feroz. Sino porque es un animal raro, silencioso, que camina solo y observa mucho. Aunque mi elemento es agua, siempre he sentido cierta afinidad por este ser.
Después de escucharnos, algo cambia. Sin darnos cuenta, ya éramos menos extraños.
El antiguo camino real
Unos minutos después encontramos el ingreso al antiguo camino real que conduce hacia las Cuevas del Higuerón. Son rutas que, mucho antes de convertirse en senderos ecológicos, conectaban veredas, intercambios y desplazamientos entre pueblos indígenas y, más tarde, colonizadores.
Estamos aproximadamente a 2.150 metros sobre el nivel del mar. Como referencia, la estación del metro está a 1.650 msnm. La parte más alta de Envigado alcanza los 2.850.
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El sendero está cubierto de musgo. Aparecen orejas de elefante gigantes-Alocasia odora-, mariposas y una constante presencia de roca volcánica: fragmentos de un organal, depósitos de piedra que cayeron ladera abajo tras antiguas erupciones y que siguen en movimiento.
Por eso el piso cruje. Por eso se resbala. Por eso hay que mirar dónde se pisa.
Antes de llegar a las cuevas hacemos una pausa breve en la quebrada El Palo. Agua helada. Un chapuzón rápido. El cuerpo se despierta. Mi perrita entra, sale, vuelve a entrar.
Las Cuevas del Higuerón
Llegamos.
Las cuevas no se anuncian con espectáculo. Aparecen.
Son grandes. Irregulares. Rocosas. No aptas para claustrofóbicos.
El ingreso exige usar todo el cuerpo: piernas, brazos y espalda. No es un recorrido largo, pero sí preciso. Hay que avanzar despacio, buscar apoyos, confiar.
Dentro habitan especies nocturnas como murciélagos. No se ven muchos, pero se sienten.
Salimos de las cuevas con tierra en las manos, ropa rozada por la piedra y una sensación difícil de nombrar. No es vehemencia. No es conquista. Es más bien una calma espesa, como si algo se hubiera acomodado por dentro.
Afuera nadie habla de inmediato. Nos miramos. Sonreímos. Alguien dice: “qué lugar tan bravo”. Y seguimos caminando.
El sendero continúa por una franja de bosque más abierta. La luz entra entre las ramas. El cuerpo, que adentro de la cueva estuvo tenso, empieza a soltarse.
Subimos a un pequeño morro cercano. No es un mirador espectacular ni un punto famoso. Es simplemente un buen lugar para detenerse.
Allí preparamos café.
Ese gesto sencillo —sacar una estufa, hervir agua, repartir pocillos— se convierte en un acto de cuidado colectivo. Algunos comen. Otros estiran las piernas. Mi perrita se acuesta cerca, cansada, feliz, con la lengua afuera y los ojos medio cerrados.
Miro los pinos alrededor y pienso en algo: durante años creí que las experiencias que “cambian la vida” tenían que ser grandiosas, difíciles, extremas. Pero aquí, sentada en una piedra, con un café tibio en la mano, entiendo otra cosa.
Lo que cambia la vida no siempre es el impacto. A veces es el permiso.
El permiso de parar. El permiso de escuchar. El permiso de caminar sin demostrar nada.
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Nawalkers habla mucho de eso sin decirlo de frente: de usar la montaña como un espejo. No para buscar respuestas místicas, sino para hacernos preguntas honestas.
Y una de ellas empieza a rondarme: ¿En qué momento dejamos de caminar así en la vida diaria?
Después de un rato, alguien mira el reloj. Son cerca de la 1:20 de la tarde. Todavía queda camino.
Recogemos. Ajustamos mochilas. Llamo a mi perrita. Se pone de pie de inmediato, como si hubiera estado esperando esa señal desde siempre.
Seguimos.
Cascadas, rocas y aprendizaje: el cierre del recorrido
El camino todavía guarda secretos. Lo sabemos. Dos cascadas más. Un descenso largo. Y una llegada que, aunque aún no vemos, ya empieza a sentirse.
Más tarde llegamos al Chorrón del Higuerón. Una caída hermosa de agua cristalina, helada, viva. De esas que despiertan la piel y la risa al mismo tiempo. Nos metemos. Gritamos. Celebramos. Es imposible no hacerlo.
Seguimos hasta la cascada Salto del Ángel. Otra postal distinta, otro asombro. El cuerpo lo sabe antes que la mente: cuando el dedo gordo del pie toca el agua, todo se eriza. Es frío, sí. Pero es un frío divertido. Fue salvaje. Fue necesario.
Al salir, volvemos a formar un círculo. Ya no como desconocidos.
Kevin saca unas hojas de coca. Nos da una a cada uno. Explica que debemos entregarlas como ofrenda a las rocas. Las rocas, no son simples piedras: son memoria del planeta. Desde lo espiritual, portadoras de energía, sabiduría ancestral, conexión con la naturaleza, herramientas de meditación, protección, equilibrio, arraigo.
También lo son desde lo práctico: sostienen la corteza terrestre, forman paisajes, permiten la existencia del cemento, el mármol, el granito, guardan minerales, almacenan agua. La vida, en buena parte, ocurre gracias a ellas.
Tres rocas pequeñas en el centro representan a la madre, el padre y la hija. A los ancestros. Con cuidado y agradecimiento, ponemos nuestra hoja de coca sobre cada una. Guardamos silencio. Y en ese silencio pasa algo que no se puede explicar del todo.
Partimos.
En el camino nos encontramos una tarántula. Tranquila. Dueña de su territorio. Este sendero está lleno de vida pequeña que sostiene lo grande.
Caminamos. Caminamos más.
La bajada es empinada. Las rodillas protestan. El cuerpo pesa. Pero hay algo que empuja desde adentro. Con suerte —y con constancia— llegamos justo antes de que el sol empiece a esconderse. A las cinco de la tarde estamos de nuevo abajo, frente al mapa inicial.
Si a usted le gusta caminar lento, detenerse, conversar mientras anda; si va solo y quiere hacer amigos; si busca un reto que no sea extremo pero sí honesto, este recorrido es para usted. No es básico. Es mediano. Pero entre la risa, el silencio y las paradas, uno no siente el cansancio... hasta que mira la hora y se sorprende de todo lo que ya ha caminado.
Y entiende que algo, sin hacer ruido, también caminó por dentro.
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Recomendaciones para la ruta
Llevar calzado cómodo y ropa ligera, con protección contra lluvia y sol.
La ruta es petfriendly, ideal para llevar mascotas; no olvides agua y correa.
Mantener hidratación y snacks ligeros durante la caminata.
Usar bastón o apoyo para el descenso pronunciado.
Caminar con conciencia sobre piedras sueltas y zonas inestables.
Respetar la flora y fauna: no remover rocas ni molestar animales.
Tomar pausas para disfrutar miradores, cascadas y el paisaje.
Esta ruta combina naturaleza, historia y reflexión, ideal para compartir con amigos o familia.
Ficha técnica: Cuevas del Higuerón, Envigado
Ubicación: Vereda El Vallano, Parque Ecológico El Salado, Envigado, Antioquia, Colombia
Distancia aproximada: 7-8 km
Duración estimada: 6 a 8 horas de caminata (incluyendo pausas)
Altura máxima: 2.850 metros sobre el nivel del mar
Altura mínima: 1.650 metros sobre el nivel del mar (Estación del Metro Envigado)
Desnivel negativo: Principalmente descenso, aproximadamente 69% del recorrido
Nivel de dificultad: 3/4 ( intermedio – moderado sobre 1-5)