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El arte no cierra los ojos

13 de febrero de 2015
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No hay mirada más descarnada sobre la estupidez sangrienta que fue el conflicto bipartidista que la de Débora Arango. Con sus políticos trocados en animales y con la estridencia hiriente de sus colores expresionistas. Las prostitutas y las monjas, los trenes cargados de cadáveres, siguen atormentándonos. No nos dejan dormir ya que el arte une y convoca; también el arte escuece e impide que la memoria se relaje en el olvido.

Tomás Carrasquilla no cancela el pasado esclavista del mismo modo que Manuel Mejía Vallejo mantiene esos duelos perennes en la tradición machista del honor y la venganza: allí está un pasado conflictivo para esclarecerlo con nuevos ojos. Porque en los espacios comunes y libres de museos y universidades, festivales de música y gastronomía, bibliotecas y casas de la cultura, parques y debates que hoy marcan la pauta, al igual que en las redes sociales, los jóvenes sienten un mundo que en cultura halla motivos para la reconciliación y el goce. Para una vida comunitaria. Sin embargo, los viejos también quieren que sus recuerdos no se borren, máxime si son de dolor y tragedia. De aquellos que vivieron y los marcó para siempre.

Así es el arte, piadoso e insobornable. Compasivo y demoledor. Hace de la mentira una creación irrefutable.

Por ello Fernando Botero expande volúmenes y juega con la arbitrariedad rigurosa de sus colores para que haya una alternativa en el corazón mismo de sus entierros y masacres. Sabe que se debe danzar sobre todo ante la muerte. De este modo se establece una cultura, en tradiciones orales, en ritos y costumbres, en virajes y continuidades.

Como en el caso de León de Greiff, quien con humor y música, sarcasmo y fastidio hace de su desdén la forma necesaria de preservar su salud mental, no seguir comulgando con el lugar común y continuar la búsqueda imposible de esa Utopía llamada Bolombolo.

Allí donde se respirarán mejores aires, en un anacronismo hoy innovador, con la exuberancia de una naturaleza que gratifica y también devora. Que no es posible extirpar por más que se explote. Los tercos individualistas son los que configuran la voz de todos como lo hizo Porfirio Barba Jacob desde la “marginalidad”. Desde lo que no se oye ni se reconoce para comprobar que con los ojos abiertos se encauzan mejor los sueños de una sociedad.

Juan Gustavo Cobo Borda

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