A la entrada de la finca está su comino crespo favorito. Uno al que le saca 100 palitos cada ocho meses. Joyas que brotan de un árbol casi extinto, de entrañas doradas, que valen lo que vale el oro. Vaya ironía resulta para él y los visitantes ver ese ejemplar frondoso y bien cuidado, con una de las maderas más apreciadas del mundo, delante de una casa que estaba a punto de caerse y cuyos canceles están hechos con tablas baratas.
Hoy Rodrigo de Jesús Tobón se dedica a reproducir los cominos crespos que hace medio siglo rodeaban su finca y que estuvieron cerca de desaparecer, no solo allí sino en toda Antioquia. Aquellos árboles de cavidades atigradas que conoció un día junto a su padre Joaquín Tobón, su madre Sixta Tamayo y sus hermanos.