Las manos de esta mujer encarnan los años duros de la violencia y también las historias de fortaleza que han hecho de Cruz y su familia un ejemplo de reconciliación y perdón.
En los brazos de Dios, en los que ella se pone cada mañana, Cruz Elena se toma una copita de vino Sansón. Ese, además de no guardar odios en la bodega de su corazón, es el secreto que le permite levantarse día a día con fuerzas incluso para cantar y bailar. No importa que tenga 100 años y que 80 de ellos los haya pasado en la que parecía una huida interminable de los azotes de la violencia.
Ahora se goza una segunda vida. Una en la que por fin no asoman las armas y las amenazas de los victimarios: los pájaros de la violencia partidista de los cincuenta y sesenta. Los guerrilleros de los ochenta. Los milicianos de los noventa y los paramilitares del 2000. “A veces se me olvida todo y meto a esos violentos en mis rezos, a la guerrilla, a los que...