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La bandola llanera estaba muriendo. No es un diagnóstico médico, pero Clara Salazar lo dice con la seriedad de un doctor que declara el pronóstico reservado de su paciente. Como madre de un bandolista, no quería que ese instrumento de cuatro cuerdas de nailon, muy parecido a una guitarra pequeña, dejara de sonar.
Le dio oxígeno, como pudo. Incluso, en 2010, patrocinó el disco de un grupo dirigido por el músico Gildardo Cruz, quien un año después fundó la primera Escuela de Bandola en Villavicencio. Así se alargó la vida de un instrumento que pocos niños querían aprender. Antes de comenzar, cuenta Gildardo, “eso no estaba de moda”. En los colegios estaban más interesados en tocar arpa y bailar joropo.
El profesor arrancó con 10 bandolas pequeñas en un salón prestado del Colegio Nacionalizado Femenino de Villavicencio. No era la primera vez que enseñaba, llevaba una década en esa labor.
“Hicimos la convocatoria y llegaron como 50 niños”, recuerda. Ocho meses después, estaban tocando en el Teatro Pablo Tobón Uribe. A su regreso, el Instituto de Cultura del Meta le ofreció un espacio para ensayar y patrocinó el trabajo de tiempo completo de Gildardo como docente.
Desde que nació su escuela, por ahí han pasado 400 niños, muchos se han presentado en Bogotá, Medellín, Boyacá e Ibagué. Gildardo no sueña con graduar músicos profesionales, tampoco espera descubrir la voz revelación de los llanos. “Yo soy feliz con que un pelado aprenda música y que eso le sirva de escalón para alcanzar otras cosas”, dice.
Es la historia de María Fernanda Páez, quien aprendió de su mano a tocar la bandola en el bachillerato. Ya trabaja como abogada pero regresa al instrumento cada vez que puede. “Lo que hace el proceso en la Escuela es formarte y enamorarte de tu cultura”, insiste.
CANTAR LOS DÍAS EN EL HATO
De la bandola llanera se sabe que fue una adaptación americana de la que trajeron los españoles. Se menciona por primera vez en Colombia en 1860, según contó el botánico francés Edouard André tras una expedición por los llanos orientales.
Ese no es el único instrumento que le da vida a la música festiva que une a Colombia y Venezuela más allá del cauce del Río Orinoco, por las sabanas de Arauca, Casanare, Vichada y Meta. También suenan el arpa y las maracas. Después de 1950, otros acompañantes se sumaron: el bajo eléctrico, el cuatro, la flauta y el violín, cuenta el etnomusicólogo Egberto Bermúdez en Música popular y tradicional colombiana (1987).
Bermúdez narra que en los llanos las canciones salen de “los vaqueros que trabajan en los hatos. Después de sus jornadas en verano, improvisan versos que relatan los sucesos del día, los acontecimientos del pueblo y de la sabana, las hazañas de un animal o un coleador”.
Justamente esos cantos fueron declarados patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, por la Unesco, en 2017.
Canta el intérprete venezolano Francisco Montoya, en Apure en un viaje:
Ay las bellezas naturales de mi estado. Donde se ven por doquier ¡ay por doquier! cantidades de ganado. Donde se inspira el coplero, por caminos cabalgando.
Aquí, el sonido de la bandola llanera y la mandolina es el protagonista. Dos instrumentos que se diferencian porque la mandolina tiene 8 cuerdas metálicas y un sonido más agudo y brillante, aclara Gustavo López, investigador del grupo de músicas regionales de la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia. Resalta que la bandola llanera se estudia en escenarios académicos, mientras que la mandolina es más de las regiones.
EL VENADO ES UN POETA
De su formación, Gildardo recuerda a Carlos “Cuco” Rojas. El legado del arpista, director del grupo Cimarrón, quien falleció el pasado 10 de enero por una afección cardiaca, se mantiene vivo en los llanos orientales. “El maestro Cuco nos sacó de la ignorancia. Nos enseñó gramática, cómo se conforman los acordes y las escalas”, relata. Desde su natal Villanueva, en Casanare, Gildardo se sentía cercano a la música, pero su estudio era más empírico, con algunos cursos de música y pedagogía. En 2017 obtuvo su título como licenciado en música de la Universidad de Antioquia. Y aunque ese diploma hacía parte de sus sueños, lo que le da sentido a su carrera, insiste, es el trabajo con los más pequeños. Este año, con un grupo de 35 niños, ya está ensayando esos golpes del folclor, como el tradicional Quitapesares y la canción infantil El Venadito. Que guarden las escopetas, se los pido por favor, que el venado es un poeta que en el campo come flor, se oye en su salón de clases.
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