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A 30 años de su asesinato, revivimos los últimos 10 días de Andrés Escobar

A 30 años del absurdo sacrificio, presentamos un recuento de los hechos que acabaron con la vida del ídolo.

  • Este fue el autogol de Andrés Escobar en Pasadena frente a Estados Unidos. Tras el Mundial de 1994 lo esperaba el fútbol italiano. FOTO getty
    Este fue el autogol de Andrés Escobar en Pasadena frente a Estados Unidos. Tras el Mundial de 1994 lo esperaba el fútbol italiano. FOTO getty
  • A 30 años de su asesinato, revivimos los últimos 10 días de Andrés Escobar
  • A 30 años de su asesinato, revivimos los últimos 10 días de Andrés Escobar
  • Así registró EL COLOMBIANO el asesinato de Andrés.
    Así registró EL COLOMBIANO el asesinato de Andrés.
  • PDF del multitudinario adiós en Campos de Paz.
    PDF del multitudinario adiós en Campos de Paz.
02 de julio de 2024
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Por Gonzalo Medina Pérez

“El balón entró lento y angustioso, mientras el Calidoso sentía un cuchillo castigando con la impotencia su pierna izquierda, la mágica, misma que en esta ocasión intervino para su desgracia y la de su país. Silencio en medio de la celebración en el estadio Rose Bowl de Pasadena. Una voz infantil alcanzó a escucharse muy cerca de su hermana: “Mamá, a Andrés lo van a matar” (1) .

¿En qué batalla o conciliábulo de nuestra historia, o en qué acuerdo interpartidista secreto cobró vida ese lastre cultural colombiano que es capaz de llevarnos en segundos del éxtasis de sentirnos invencibles al infierno de seres infames y despreciables?.

A los 52 minutos del partido Colombia-Estados Unidos el 22 de junio de 1994, un defensa central llamado Andrés Escobar Saldarriaga –honesto hasta la ingenuidad– metió el balón en su propia portería y reactivó el estigma: la cita con el destino estaba en marcha.

El 3-1 adverso frente a Rumania el 18 de junio y ahora el 2-1 en contra ante el anfitrión del mundial, derrumbaban el entusiasmo nacional de favoritismo que el propio Pelé ayudó a despertar. Esa primera caída evidenció la fragilidad de país cautivo de la derrota cuando a Pacho Maturana lo amenazan y le ordenan excluir a Gabriel Jaime “Barrabás” Gómez del grupo que jugaría contra EE. UU.

En el mismo estado de California, y un día antes del encuentro contra Rumania, las fuerzas de policía desarrollaron la persecución de película –literal– contra el jugador de fútbol americano y actor O. J. Simpson, en una autopista de Los Angeles y transmitida en directo por televisión y seguida por millones de espectadores. Luego de recorrer 60 millas, el deportista es capturado bajo sospecha de asesinar a su exesposa Nicole Brown y a Ronald Goldman, amigo de esta.

Para cientos de miles de colombianos una vez más defraudados, el autogol de Andrés no fue una jugada del azar, de lo posible, sino una conspiración para impedir que su selección avanzara hacia la final. La rabia y la frustración invadieron todos los rostros y rincones del país: “¿por qué nos es tan esquiva la alegría?”, “¿por qué Dios nos niega esta pausa tan parecida a la felicidad?”, se preguntaban entre tristes y rabiosos miles de hinchas de toda condición, aún sin creer que su equipo estaba por fuera del mundial.

¡Pedir lo imposible!

Mientras para los argentinos el 5-0 del 5 de septiembre de 1993 frente a Colombia fue su noche más oscura, para nuestro país fue una gesta que levantó durante meses el ego nacional al costo de un aterrizaje de barrigazo del que aún no nos reponemos. La seguidilla de partidos invictos, el despliegue inusitado de técnica y goles y las odas embriagadoras de narradores y comentaristas cantándole al “fútbol extragaláctico” de la selección, inundaron de triunfalismo nuestros campos áridos de victorias.

En medio de gestos, gritos y sentimientos incrédulos frente a la goleada colombiana en el Monumental, Hernán Darío Gómez tuvo la sensatez necesaria para preguntarle a Maturana: “Pacho, ¿qué vamos a hacer? Ahora van a querer que ganemos el mundial”. Y fieles a su impronta cultural, los colombianos celebramos la “epopeya” de Buenos Aires como tenía que ser: 85 muertos y 900 heridos. Para ese momento, la DEA, los “Pepes” y los cuerpos de seguridad ampliaban sin control legal sus formas de lucha para capturar o dar de baja a Pablo Escobar Gaviria, objetivo este último que lograron tres meses después.

Mientras llegaba el partido de la despedida pálida contra Suiza, Andrés tuvo cuatro días para pensarse y para pensar sobre todo, para escuchar a sus técnicos y compañeros sobre lo inesperado y sobre lo que estaba por venir; y para palpar y tratar de entender los estados de ánimo de un país frustrado más que nunca y el de una selección que se dejó superar por el entusiasmo, hijo de la carencia, a tal punto que ella nunca estuvo concentrada sino cercada por periodistas, hinchas, directivos, empresarios, espías, ilustres desconocidos, cada uno mitigando tras una bandera sus emociones frustradas.

El 26 de junio, Andrés y compañeros regresan al Rose Bowl, el malhadado estadio del autogol, para enfrentar a Suiza. Con el peso de la vergüenza de cuando se juega por protocolo, Colombia gana 2-0 con goles de Herman “Carepa” Gaviria –44 minutos– y Harold Lozano, a los 90. Al concluir la gris actuación mundialista, y sin poder borrar de su mente la escena del autogol –él, estirado impotente en la grama y viendo el balón adentro del arco, y con Óscar Córdoba tirado al lado contrario–, la pregunta de Andrés no podía ser otra: “¿Y ahora qué les digo a los hinchas en Colombia?”.

“La calle está dura”

La frustración y el desengaño y la rabia por la eliminación temprana de la selección, invadieron los espíritus del común de los colombianos. Y esa sed de reconocimiento no satisfecha en un pueblo, que por un instante se sintió realizado, encontró en los jugadores y técnicos la excusa fácil y los señaló de responsables del “fracaso”, como ya lo habían hecho algunos narradores y comentaristas deportivos en Colombia y en Estados Unidos.

Mientras alistaban todo para el regreso, Francisco Maturana y Hernán Darío Gómez reunieron a los jugadores. Y recordando las palabras sabias de la canción de Héctor Lavoe, “Pacho” preparó a sus muchachos para lo que les esperaba: –Tienen que guardarse en sus casas, porque la calle está dura y la gente está muy dolida. Y por desgracia, la cuerda siempre se rompe por lo más delgadito.

Andrés, el muchacho juicioso, obediente, disciplinado, respetuoso de sus superiores, asintió con la cabeza y miró a Faustino Asprilla, el referente de la irreverencia y la desobediencia, amigo de escaparse de las concentraciones gracias a la complacencia de sus jefes:

–Ya escuchaste, Fausto, no te pongás a dar lora por ahí.

“El Tino” apenas se sonrió y desvió la mirada. Mientras, Andrés, hablando consigo mismo, levantó la que sería su consigna definitiva: “¡dar la cara!”.

Esa convicción moral, de paso, le reafirmaba el sentimiento declarado hacia su novia Pamela Cascardo, odontóloga, y la decisión de ambos de casarse, formar su hogar y tener muchos hijos. Entre tanto, y a pesar del autogol y la eliminación, el nombre de Andrés Escobar estaba en los planes del Milan de Italia para reemplazar al zaguero Franco Baressi.

Y el 29 de junio, el joven defensor publicó una columna autocrítica en el diario El Tiempo: “Nos faltó verraquera”. Reconociendo su responsabilidad en el desempeño flojo de la selección y en el autogol, y como temiendo a la vez que sucediera lo que al final ocurrió, Andrés invitó a los colombianos a la comprensión y a la serenidad: “Por favor, que el respeto se mantenga... Un abrazo fuerte para todos y para decirles que fue una oportunidad y una experiencia fenomenal, rara, que jamás había sentido en mi vida. Hasta pronto porque la vida no termina aquí” (2) .

Fiel a su compromiso, Andrés rechazó la invitación de su familia para irse a pasear por Estados Unidos. “Mi deber es llegar a Medellín y dar la cara”, fue su explicación. Ya en su ciudad, el técnico Hernán Darío Gómez le propone viajar a Santa Marta y relajarse un poco, pero él se reafirma en su deber moral de permanecer fiel a su palabra.

Sin embargo, la soledad comienza a hacer mella en el espíritu del defensor. Y acude al celular para exorcizarla: uno de sus objetivos es “el Andino” Juan Jairo Galeano, goleador del Atlético Nacional y amigo personal y de su familia. El otrora delantero del Atlético Nacional le responde y de inmediato adivina la angustia del zaguero y el deseo de escuchar una voz como compañía, por lo cual acuerdan reunirse pronto. Las llamadas se repiten una y otra vez, pero Juan Jairo ignora que algo similar ocurre con otros amigos de Andrés, un ser humano transparente y ansioso por encarar sin temor a quienes entonces fungían como jueces de aquellos que, según los pontífices del periodismo, defraudaron su confianza.

El viernes primero de julio se proyectaba luminoso sobre Medellín, muy en especial en la avenida Las Palmas, una suerte de piso alto de la ciudad ocupado por discotecas, estaderos, restaurantes, licoreras y apartamentos de lujo. En horas de la tarde, Andrés estaba reunido en “El Indio” con Juan Jairo Galeano, Eduardo Rojo y su esposa y con Natalia Martínez, una amiga de Andrés. La noche anterior, El Calidoso, siempre ansioso de compañía, invitó a su novia Pamela, pero esta no tenía deseos de salir.

En otro extremo del estadero se hallaba el grupo de los hermanos Pedro y Santiago Gallón Henao, de rumba desde el día anterior en Sabaneta.

Mientras en el parqueadero, el escolta y chofer Humberto Muñoz Castro pasaba las horas escuchando radio y atento a lo que ordenaran sus patrones. Tan pronto advirtieron la presencia de Andrés, los Gallón y compañeros rompieron en burlas contra aquel, diciéndole “qué autogolazo”, “calzoncillos Leo” y toda clase de mofas que apuntaban a poner en ridículo al futbolista. Si bien al inicio, este les siguió el libreto, pronto les pidió respeto y comprensión porque el autogol lo tenía afectado y apenado con todo el país.

Con el paso de las horas, del licor y de la agresividad verbal de los Gallón y amigos, Andrés se quedó solo con Natalia. Hasta su amigo Juan Jairo Galeano, que tenía viaje temprano a su pueblo –Andes–, le mintió diciéndole que iba al baño y regresaba, pero nunca volvió: 30 años después, “el Andino de oro” sigue sin reponerse de la pena.

A eso de las 4:30 a.m. del sábado 2 de julio, sin poder conciliar el sueño, encendí la radio. Y escuché la voz lenta y grave del locutor Osvaldo “Speedy” González: “El futbolista Andrés Escobar Saldarriaga fue baleado en el parqueadero de El Indio, en la vía a Las Palmas. Su cuerpo, aún con vida, fue llevado a la Clínica Medellín, en donde falleció”.

Los Gallón Henao y amigos rodearon el automóvil de Andrés y Natalia para impedirle salir, a pesar de la insistencia de este. Los ánimos alicorados llegaron a los hijueputazos, hasta cuando apareció en escena el escolta Humberto Muñoz Castro, quien, armado de una pistola, llegó hasta donde Andrés y luego de decirle “este marica qué es lo que quiere”, le propinó seis balazos.

Mientras seguía escuchando a “Speedy”, recordé en detalle lo que Andrés nos dijo en entrevista en 1991 en la sede de concentración de Atlético Nacional en Llanogrande –Rionegro–, cuando le preguntamos por qué le gustaba el fútbol: “¡A mí me gusta el fútbol porque, a diferencia de los toros, en el fútbol no matan a nadie!” (3).

Investigaciones judiciales posteriores demostraron que los hermanos Pedro y Santiago Gallón Henao estaban vinculados al narcotráfico y el paramilitarismo y por ello fueron condenados y uno de ellos extraditado a Estados Unidos. El asesino de Andrés, Humberto Muñoz Castro, un hombre con antecedentes de homicida, me dijo en la cárcel que no conocía a Andrés Escobar y que nunca había ido a un estadio porque no tenía tiempo para divertirse: salió en libertad en 2005.

Hoy cuando el fútbol colombiano vuelve a ser protagonista continental, esta vez en la Copa América 2024, y cuando ostenta –igual que en 1994– un invicto amplio de partidos, y de nuevo el periodismo deportivo se prodiga en elogios y lo pone como favorito y pregona que “Colombia merece ser campeón de la copa” –?–, la pregunta es obvia: ¿qué hemos aprendido como país en estos 30 años, cuando sobre nuestros espíritus ansiosos de reconocimiento pesan la vida y el sacrificio de un muchacho honesto que quiso dar la cara porque cometió un error llamado autogol? Solo aprendiendo de su propio quehacer, las culturas pueden rehacerse y engrandecerse. ¿O acaso tendrá razón nuestro Nobel Gabriel García Márquez y su sentencia categórica como final de su obra cumbre, “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra”?

Citas bibliográficas:

1 *Andrés Escobar. La sonrisa que partió de madrugada*. Le Monde Diplomatique. Gonzalo Medina Pérez. Pág. 29. 2004. Bogotá D.E.

2 EL TIEMPO. Columna *Nos faltó verraquera*, publicada por Andrés Escobar Saldarriaga el 29 de junio. Bogotá D.C.

3 Medina, Pérez Gonzalo. *Una gambeta a la muerte*. Fondo Editorial Cooperativo U.deA. Pág. Medellín. 1994.

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