Por Selene Botero
Medellín, muy especialmente en las últimas décadas, ha permanecido fracturada como dos ciudades, de un lado viven los sectores centrales y privilegiados; mientras en otras zonas los desplazados del campo se fueron apiñando en las laderas. Ni el Estado ni la sociedad se ocupó de estas familias hasta que la bomba de tiempo explotó: en los años 80 y 90 una generación de jóvenes cansados por falta de oportunidades encontró en el narcotráfico su fuente de recursos.
Y es que como lo afirma el director de cine, guionista, escritor y poeta Víctor Gaviria, si bien estos jóvenes desarrollaron sangre fría para delinquir, fueron, al mismo tiempo, unos ingenuos que se dejaron seducir por el brillo efímero de un arma. Gaviria, se acercó a esa Medellín de la exclusión y escuchó a los jóvenes sin juzgarlos, sabía que una película no les resolvería sus problemas, pero entendió que al proyectar sus historias estaba dejando testimonio de aquellos que decretaron que vivirían su corta existencia al límite.
Qué significa el no futuro
Gaviria quería responder por qué los jóvenes estaban metidos en la cultura de la muerte, por ello los buscó y convirtió en protagonistas de sus películas. Si bien estos muchachos hablaban del no futuro de una manera casual, es Gaviria quien durante el rodaje —de Rodrigo D, No futuro (1990)— va descubriendo el verdadero significado de este concepto: “Los pelados nos advierten que se irán pronto, nos dicen que tienen unos pecados y que están condenados a morir”, frases como estas se las confesaban de manera permanente.
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“Medellín necesitaba ir más allá del mito de Pablo Escobar y entender por qué personas que habitaban el mismo territorio tenían destinos tan distintos y eso es lo que la película logra, presentarlos sin estigmatizarlos, porque no hicimos una película de acción ni de bandidos sino una película de unos muchachos que están cuestionando la ciudad. Nosotros olvidamos todos esos barrios que surgieron de la autoconstrucción de las personas que llegaron a la ciudad y que nadie las había recibido, estábamos de espaldas a miles de familias que habían formado cientos de barrios que vivían en la exclusión. Los jóvenes no tenían las herramientas para negarse a la propuesta que les hacía el Cartel de Medellín, que para ellos representaba el apoyo de unos padres grandes y poderosos que nunca tuvieron. La película Rodrigo D, No futuro lo que hace es mostrar ese cristal invisible que separaba a una ciudad de otra, nos mostraba en su verdadera dimensión a esos muchachos que querían decirnos que aunque estaban vestidos a la moda, eran tan bonitos, jóvenes y llenos de vida; no tenían un lugar en Medellín, su destino era la muerte”.
¿El Cartel de Medellín les parecía una salvación así supieran que morirían jóvenes?
“Esos muchachos empobrecidos por la exclusión sólo podían estar en la guerra, cuando alguien vive por la supervivencia ya está en la guerra. Además, entendamos su ingenuidad, reitero, la exclusión de la que fueron víctimas y la falta de padres. Sabemos que Colombia es un país donde la figura paterna ha desaparecido, ha sido borrada y sacada de la vida de estos muchachos, entonces cuando llega el Cartel de Medellín y Pablo Escobar con su gente a decirles que pueden resolver sus problemas, los muchachos seguían ese camino, aunque fuera el camino de la violencia”.
¿Cree que esos jóvenes actores lo consideraron una figura paterna?
“Rodrigo D, No futuro se realizó bajo la inspiración de un verdadero padre que fue Luis Alberto Álvarez, un padre Claretiano que nos enseñó el neorrealismo y nos motivó a descubrirlo. Yo tenía la influencia de Helí Ramírez, un poeta que me cambió la visión de la ciudad, por eso me relacionaba muy fácil con ellos porque los poemas de Helí ya me habían mostrado ese tipo de muchachos. Era muy amigo de ellos y encontraron en mí una persona incondicional que no los criticaba ni los señalaba, lo único que hacía era preguntarles quiénes eran, cómo había sido su vida familiar, qué pensaban... Cuando terminé la película, obviamente ellos saben que yo no les puedo solucionar nada, pero me seguían buscando para que conversáramos, y sí, de pronto de alguna manera también era para ellos una figura paterna”.
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¿Cómo salió adelante Rodrigo D, No futuro, una película que si bien hoy es de culto, hace más de treinta años el público criticó la Medellín que mostraba?
“Rodrigo D fue muy controversial, pero recordemos que también fue seleccionada dentro de la programación oficial de Cannes. Aunque tenía una gran ilusión por el Festival, cuando llegamos allí no me va bien, me tomaron fotos junto con los actores y el titular de prensa fue ‘Narcos en La Croisette’. Nos tratan como narcos en Cannes y la película decepciona porque no muestro a Pablo Escobar, porque no estoy haciendo una película de acción, de buenos y malos, de policías y ladrones. La película Rodrigo D, en cambio es una película introspectiva, reflexiva, pero esa reflexión es la que hoy agradecemos treinta años más tarde.
Cuando regreso a Medellín, digámoslo triunfante, de inmediato me doy cuenta que nadie me hace caso, busco hacer otra película, desarrollar otro guion, pero existía la consigna de que había que pasar la página, y que esa simpatía mía por esos muchachos no podía continuar, algo así como que la película era un mal ejemplo, por ello necesité más de diez años para realizar mi segunda película que fue La Vendedora de Rosas”.
¿Por qué en Sumas y Restas, el tema del narcotráfico ya permeaba a todas las clases sociales?
“Cuando después de La Vendedora de Rosas (1998) estreno Sumas y Restas (2004), mucha gente se decepciona porque pensaron que seguiríamos por el camino de la Vendedora, pero yo tenía una deuda con lo que habíamos vivido en los años 80, tiempos duros del narcotráfico y, sobre todo, quería mostrar que todos estuvimos allí, que la ciudad entera, de alguna manera, creyó que era una fiesta del narcotráfico, y digámoslo, todo el mundo era cómplice. Yo lo que hago es un retrato de esa ciudad que de alguna manera acepta que el narcotráfico era un camino. La película tiene dos partes, una que son las sumas, que fue lo que todos vivimos en los años 80 antes de que mataran a Lara Bonilla y después las restas, a partir de 1984 que es toda esa violencia que se arrojó sobre la ciudad, el ciudadano y las autoridades”.
Al no futuro le sigue El pelaíto que no duró nada
“Si bien El pelaíto que no duró nada era un guion cinematográfico, Víctor Gaviria tuvo que cambiar de idea porque no encontró apoyo para producirla como película, entonces lo trabajó para un libro, lo cual le funcionó muy bien porque este terminó complementando a Rodrigo D. El pelaíto se editó por primera vez en 1990 y en el año 2020 se publica nuevamente”.
¿Por qué Víctor le vio pertinencia a esta historia treinta años después?
“Esta historia nace en el velorio de Jeison uno de los actores de Rodrigo D, yo no conocía a Tyron Gallego, su hermano, y cuando lo saludé me arrastró hasta la habitación donde lo estaban velando, abre el ataúd y le dice: “¿Cierto Jeison que todo lo suyo es mío?, ¿cierto que usted me regala todo lo suyo? Mire aquí está Víctor de Tiempos Modernos ¿entonces qué, me va a dar la relación con Víctor? ¡Vio, vio me la dio!”. Entonces cerró la tapa y al otro día Tyron estaba en mi oficina contándome de su hermanito, con un detalle, con un amor, con una ternura, que sentí que tenía que contar esa historia.
Escribí con Tyron, El pelaíto que no duró nada y me alegro de este trabajo porque si no, no se sabría eso de Medellín ni de quiénes fueron estos niños. Ellos nos enseñan que esas personas que la violencia se llevó, que fueron innumerables y que estaban en la flor de su juventud, no las podemos dejar perder, debemos tener vivo su recuerdo, traerlos de nuevo y conversar con esos fantasmas, con esas sombras hay que conversar, porque sombras somos todos y esas sombras que la violencia ha borrado son súper importantes”.
Víctor selecciona un fragmento del libro y lee: “Yo sé que a mí me van a cascar porque yo ya tengo mis pecados, me decía el pelao... y los pecados míos son graves, entonces yo también tengo que pagarlos...”
“¡Qué cosa tan triste! Nos está hablando un pelado de 17 años, este testimonio nos debería avergonzar a todos, ¿no es cierto?, ¿cómo perdimos el alma de esa manera tan tesa y permitimos que estos pelados a los que la ciudad nunca los recibió, ni a su mamá ni a sus abuelos, los dejáramos solos? Todos somos culpables”.
¿En qué está hoy Víctor Gaviria más de treinta años después de Rodrigo D, No futuro?
“Mis películas son demoradas porque en su planeación existe como un container donde uno guarda muchas ideas, confesiones, testimonios... Estoy en una película que se va a llamar Sosiego es la historia de una familia: una mamá de barrio y sus tres hijos, un hijo está en una Bacrim, la otra es una joven que cree que la prostitución es un camino para vivir, y la niña que está en el colegio y se mueve en la calle y en el consumo de droga. El sosiego es lo que todo el mundo está buscando en los barrios populares, es el momento en el que nadie te señala, es el momento en el que te tratan bien y donde puedes decir quién eres”.
Siempre lo ha protegido el arte
Víctor Gaviria considera que el arte le ha permitido reconstruir historias de exclusión, dar vida a unas voces dolidas, quebrantadas, llenas de episodios tristes, esas voces se ven en sus películas y han quedado como testimonio de las últimas décadas de Medellín.
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¿Alguna vez durante los rodajes se sintió en peligro?
“Era estremecedor, los mismos actores de la película cuando terminamos el rodaje fueron a la oficina a suplicarme, a reclamarme, a pedirme que los sacara, y no podía hacerlo porque la película ya estaba producida, era el proyecto de mi vida, el proyecto de Focine, si quitaba un elemento la película se derrumbaba. Les dije una cosa muy sencilla, y con ello te respondo que no he corrido peligro, ¿por qué? porque el cine me ha protegido, me protegía a mí y a ellos, era algo nuevo para Medellín, estábamos transformando la violencia en arte.
La gente me criticaba a mí, pero nadie me podía decir que estaba delinquiendo, yo estaba haciendo una película, podía estar trabajando con jóvenes llamados delincuentes, pero durante el rodaje ellos habían asumido un momento hermoso, un momento en donde el arte, el cine, entraba a la ciudad no para hacer películas de violencia ni películas comerciales, sino para dialogar con la ciudad, para encontrar unos caminos de humanidad a través del séptimo arte, porque el cine tiene una enorme humanidad y nos permitió entrar en esos mundos oscuros, pero no para ser parte de esos mundos oscuros, sino para dialogar, para crear momentos de humanidad. A mí siempre me ha protegido el arte”.