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Para saludar al fantasma del poeta Luis Vidales

Fundador de Los Nuevos, un grupo literario de vanguardia, en los años 20, del Partido Comunista, Luis Vidales cumple 115 años de vida y 25 de muerte.

  • Vidales murió el 14 de junio de 1990. No se sabe si de 86 años o de 90, porque no era clara su fecha de nacimiento . FOTO archivo
    Vidales murió el 14 de junio de 1990. No se sabe si de 86 años o de 90, porque no era clara su fecha de nacimiento . FOTO archivo
22 de julio de 2015
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El poeta al que nada satisfacía, el que quería ver la noche de día y el día, de noche; el que deseaba que los árboles anduvieran por el bosque y los paisajes cambiaran de sitio, y que prefería las sobras de los gatos a los gatos mismos, es decir, al poeta que sentía o presentía un mundo distinto, no podemos dejar de recordarlo, y menos si las absurdas cuentas del tiempo nos proporcionan las cifras redondas que tanto gustan: tal vez 115 de nacimiento y con certeza 25 de muerte.

La incertidumbre de la fecha de natalicio se basa en que muchos de los libros que hablan de él y de su poesía, dicen que nació en Calarcá, Quindío, cuando este no era departamento sino un conjunto de municipios pertenecientes al departamento de Cauca. Y el propio poeta vivió con esa idea hasta que, después de los 80 años, se dio cuenta de que era posible que tuviera cuatro años más.

En la Entrevista con Luis Vidales, de J. L. Díaz-Granados, publicada en la revista Gato Encerrado No. 11, de Abril - Mayo de 1990, aparece este diálogo:

«—¿Qué siente al acercarse a los 86 años?

—Hace poco vino un amigo mío y me trajo el certificado de Registro Civil de mi nacimiento y allí aparece que yo vine al mundo el 26 de julio de 1900 y no en 1904 como aparece en todas partes. Yo mismo no sé si es en 1900 o en 1904. Pero si es lo primero, que es lo más seguro, entonces voy a celebrar próximamente 90 años... ¿Qué le parece?».

Nosotros, por supuesto, también votamos porque sea 1900, para que la redondez de la cifra, que tanto gusta, no se nos pierda.

El nombre de Luis Vidales no parece brillar tanto en el firmamento de las letras colombianas, a pesar de su innegable calidad. Desde temprano, sus poemas comenzaron a ser celebrados. Se reunía en el Café Windsor, de Bogotá con el grupo Los Nuevos, del que fue uno de los fundadores, al lado de León de Greiff, Rafael Maya, José Umaña, Octavio Amortegui y Luis Tejada. Un movimiento literario que contestó con ironía a los del romanticismo y el costumbrismo que le antecedieron. Sus principales características son el amor por lo feo, la negatividad.

Sobre este café, Hernando Tellez escribió en Esfera Pública, el 7 de abril de 2012, en un artículo titulado Los cafés que murieron el 9 de abril:

«El Café Windsor fue célebre y popular hasta la década de los treinta. Estuvo situado en la esquina de la calle 13, con la carrera séptima, en los bajos del Hotel Franklin, donde murió el General Benjamín Herrera».

Allí, Vidales leía sus sonetos y un día leyó los poemas de Suenan timbres. Dicen que ese es el único poemario de vanguardia de aquella época. Fue recibido con resistencia por parte de un país que no se daba cuenta de que el mundo estaba cambiando, aunque el cambio sucediera en sus narices. Las ciudades colombianas se llenaban de inmigrantes provenientes de los campos para aumentar las masas de obreros de las industrias, se colmaban de edificios altos con ascensores y aparatos eléctricos, y en poesía era válido —urgente, diríamos más bien— incluir las ideas cotidianas y el lenguaje callejero. Los seguidores de la poesía anterior rechazaban en esa obra que sus versos carecieran de medida, de rima, de ritmo y que sus temas no fueran sentimentales. Sin embargo, el tiraje se agotó en un dos por tres. La novedad.

Mr. Wilde ha dicho que los crepúsculos están pasados de moda. Es indudable que se podría disimular ese defecto si los paisajes variaran constantemente de sitio. Eso de ver un paisaje en un mismo lugar —es necesariamente aburrido. Lo contrario sería encantador. Y espectacular. Un grupo de árboles emigrando bajo el cielo. O un árbol que pasara para la selva —solo —recto— sobre sus innumerables patitas blancas.

Pero entonces la gente inventaría jaulas para cazar paisajes. Y un paisaje dentro de una jaula no debe sentirse contento.

Ah, y aparecieron poemas en prosa, como el anterior. Borges, Huidobro y Alberto Hidalgo incluyeron a Luis Vidales y sus poemas en el Índice de la Nueva Poesía Americana, de 1926. Fue el único colombiano en esa lista de 62 poetas hispanoamericanos.

Estética del marxismo

Para el escritor y profesor de literatura de la Universidad de Medellín Óscar González:

“Quizá, y es raro hoy, Luis Vidales hizo de su vida una estética, y la hizo en la medida en que se formó desde la crítica y desde cierta tendenciosa manera de llevar la contraria a todo, de observar el mundo de otra manera, y con una existencia iconoclasta y revolucionaria, basada en el sentido corrosivo e incisivo del humor y la ironía (...). No había contradicciones entre la estética y el marxismo para Vidales, dado que su estética tenía y estaba radicada y concentrada en la visión marxista del mundo y de la realidad. Por lo mismo en su Tratado de estética (1946), lleva a un extremo extraordinario y nunca concebido entre nosotros, el examen crítico a las teorías del arte de Hipólito Taine y de Benedetto Croce. Tarea que continuó, desde otras perspectivas en La circunstancia social del arte (1973). No se trata de observar las teorías estéticas como extrañas a nosotros, sino como nuestras, dado que todos tenemos percepciones estéticas. (...) No había tema que no pudiera ser tratado y abordado por la poesía moderna, desde la intervención del yo hasta el humor y la ironía; la naturaleza nueva de lo urbano y el mundo incitador e irritado de lo nuevo en la relación del hombre con la máquina (ferrocarril, automóvil, aeroplano, etc.)”

Tal vez la persecución política tenga algo que ver en el desdén de muchos colombianos por la poesía de Vidales. Cofundador del Partido Comunista y, después, vinculado al movimiento de Jorge Eliécer Gaitán, fue detenido 37 veces y estuvo recluido en 40 cárceles del país. Y tuvo que salir corriendo para Chile, en 1953, en calidad de exiliado, con su familia.

Y como él era un ser del absurdo, combinaba bien la estadística con la poesía. Entonces allá, en Santiago, trabajó en el Departamento Nacional de Estadística y dictó una cátedra de Historia del Arte en la Universidad. En el país austral permaneció once años. Regresó a Colombia y pronto ingresó al Dane. Hasta un libro de ese tema se coló en la lista de sus ensayos y poemarios: Historia de la estadística en Colombia, publicado en 1975. Algunos de los otros son: Tratado de Estética, La insurrección desplomada, La circunstancia social en el arte, La obreríada, El libro de los fantasmas, 1985 y Poemas del abominable hombre del barrio de Las Nieves.

De modo, pues, que Luis Vidales murió de 86 o de 90 años —digamos más bien que de 90—, en Bogotá, el 14 de junio de 1990. Ese día, seguramente, confirmó lo que predijo en uno de los poemas de Suenan timbres: «Siento que en mi alma se desbarata algo. Se acaban los signos. Y lo descubro todo».

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