Fue en el Perro Negro, legendario bar del viejo Guayaquil, en el Centro de Medellín, donde El Inquieto Anacobero, Daniel Santos, recibió el apelativo de El Jefe.
Corría el año 1955 y el cantante nacido hace cien años en Santurce, Puerto Rico, estrella de la Sonora Matancera desde 1948, era un personaje célebre en esta ciudad.
A muchos artistas del mundo, los promotores de discos los llevaban a este barrio del Centro donde la bohemia era ley y las puertas de los bares se pegaban de nunca cerrarlas. Algunos de ellos, como Daniel Santos, se aprendieron el camino y no esperaban descargar sus maletas en una habitación del Hotel Nutibara, inaugurado diez años antes, para echar a andar por ese sector alegre —lo mismo que por Barrio Antioquia—.
Con fórmula médica en el bolsillo para fumarse sus cigarrillos de marihuana, hacía alegrar a los clientes de los bares cada vez que lo veían llegar, porque, claro, en medio de un aguardiente y otro, de un pitazo y otro, lo hacían cantar sus éxitos: Dos gardenias, Noche de ronda, Obsesión, Despedida y otros.
Y en esa cordialidad, que a veces se tornaba en trompadas, sus compañones lo bautizaron El Jefe. Este dato lo suministra el investigador musical Héctor Ramírez Bedoya, muerto hace tres años, quien fue director de la Corporación Club Sonora Matancera, en uno de sus libros sobre el Decano de los conjuntos de América, pero no dice el nombre del bar. Quien lo precisa es Gustavo Escobar Vélez, también investigador musical.
Algunos otros biógrafos dicen que ese remoquete se los dieron en los bares de Medellín a Daniel Santos y a Orlando Contreras.
“Sí, Los Jefes —confirma Sergio Rendón, el autor de la página Salsero del Mes, de Latina Stereo, quien confiesa haber ingresado al mundo de la salsa a raíz de su afición a la Sonora Matancera—. Usando este apelativo, ellos grabaron álbumes juntos en 1980”.
Es común hablar de la familiaridad de los integrantes de la Sonora con Medellín. Héctor Ramírez dice en otro de sus libros que Carlos Torres estuvo en esta ciudad una temporada y alternaba el canto con el oficio de cocinero y que fue justo aquí, en la capital antioqueña, donde decidió incluir su gentilicio, argentino, en su nombre, para que no lo confundieran con un cantante homónimo de la época. Grabó Medellín de mis amores —dedicado al equipo de fútbol—. Iba al Salón Versalles (antes Heladería Capri), “que ha sido una embajada argentina”, dice Escobar, y a billares Metropol, frente al Parque de Bolívar. En el mismo año en que los del Perro Negro bautizaron a Santos, Javier Vásquez, director de la Sonora, enroló a Torres en sus filas.
También cuentan que Celia Cruz, amiga de Matilde Díaz, la cantante —y esposa— de Lucho Bermúdez, frecuentaba la casa de estos músicos radicados en Medellín. La Guarachera de Cuba le sugirió a Matilde encomendarse a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de la isla, para que pudiera quedar en embarazo.