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La fantasía surge a La Hora del Cuento

La Hora del Cuento es una estrategia para la promoción de lectura. Se realiza en muchos lugares.

  • La fantasía surge a La Hora del Cuento
  • Relatos leídos y narrados en La Hora del Cuento hacen de la lectura un juego para todas las edades. FOTO Juan Antonio Sánchez O.
    Relatos leídos y narrados en La Hora del Cuento hacen de la lectura un juego para todas las edades. FOTO Juan Antonio Sánchez O.
06 de noviembre de 2016
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Apenas sí han pasado unos minutos después de las diez de la mañana, cuando ya Álvaro Ruiz les está preguntando a los niños del Hospital Concejo de Medellín:

—¿De quién es este rabo?

No se trata de que él haya encontrado una cola por ahí, sin dueño. No señor. Acaba de comenzar La Hora del Cuento y él arrancó con uno de adivinanzas.

Una veintena de chicos, acompañados unos por su mamá, otros por su papá, se sientan en sillas minúsculas o en otras que parecen bultos de tela de la sala de juego del Hospital. Responden en un coro desordenado:

—¡Mío!

Y en la imagen de computador ampliada en un tablero, aparece la punta de un rabo para que ellos adivinen a qué animal pertenece.

—A una culebla —dice alguno en media lengua.

—Un gato —grita otro.

En la imagen siguiente aparece el dueño:

“Don Casimiro que es un camello, tiene novia y mucho vello (...)”. Pequeño relato que Álvaro les lee con paciencia de monje: acostumbrado a diversos públicos, entiende que una parte del que tiene enfrente, niños menores de siete años, se turnen para ponerle atención... Y para lanzar un grito o un berrido. O se concentren a veces en dar un sorbo a su biberón de leche.

Princesa, sapos y pizzas

—A Maximiliano le encanta que le lean cuentos en la casa.

Cuenta Luisa, su mamá. Acaba de salir repentinamente de la ludoteca, con el niño cargado, en dirección al ascensor para ir a otro piso del edificio en busca de que le den a él la dosis de un medicamento, que le toca justo ahora, cuando en pantalla aparece la dueña de otra cola: “Doña Lucero, la vaca pace feliz (...)”.

Mientras llega el elevador, cuenta que tiene otros hijos, mayores que este. Le piden que les lea cuentos. El de Maximiliano es el de La Princesa y el Sapo, de Melani Lescano.

“Hace muchos, muchos años vivía una princesa a quien le encantaban los objetos de oro. Su juguete preferido era una bolita de oro macizo. En los días calurosos le gustaba sentarse junto a un viejo pozo para jugar con la bolita de oro (...)”. El relato sigue, la princesa se encontró con un sapo y, como es de esperarse, lo besó y, bueno, no contemos más que dañamos la sorpresa de ese cuento que fascina a Maximiliano.

Ingenieros cuentacuentos

Muy rubios y muy blancos, Florian y Désirée, dos alemanes estudiantes de una ingeniería centrada en la economía, aunque para no tener que explicar tanto de qué se trata, la asimilan a la ingeniería industrial nuestra, aprovechan su estancia en Medellín para vincularse al programa de La Hora del Cuento.

Su ciudad es Carlsruhe y está situada en el suroeste de Alemania, cerca de la frontera con Francia. Los dos visten camisetas blancas con el logotipo del Sistema de Bibliotecas de Medellín.

Sacan de su maletín el libro Pizza party y les leen a dos voces y en dos lenguas, inglés y español, la historia de unos niños que aprendieron a preparar pizza y a la hora de repartir sus porciones se enredaban en cuentas para determinar cuántos pedazos le corresponderían a cada uno.

“En esta visita a Medellín, la primera que hacemos a Suramérica, queríamos hacer algo muy distinto a lo que hacemos siempre en nuestro estudio”, contaron. Y comentaron que habían estado en la biblioteca de Santa Cruz, de la que Álvaro Ruiz es gestor en promoción de lectura, y se habían dado cuenta de que las bibliotecas de su país no se parecen mucho a las del nuestro. “Allá, las bibliotecas no son lugares felices”: en ellas reina un silencio profundo y estricto. Quien va a ellas permanece muy concentrado. Y solamente las visita quien debe realizar una consulta.

Álvaro, gorro de cuernos, presenta a la Abuela Cuentacuentos. En estricto sentido, no es abuela, pero sí cuentacuentos. Es Milena Góngora, una chica de diecisiete años, quien se vinculó como voluntaria a este programa y acompaña a Álvaro los viernes a leerles cuentos a los niños.

Ella les lee el cuento Sapo tiene miedo, de Fabiola Álvarez Ortiz. La historia de un anfibio que sentía ruidos en la soledad de su casa y los asociaba con espantos y fantasmas y debe buscar la compañía de una pata primero y de un cerdito más tarde.

Después de la “abuela”, Álvaro tiene tiempo de sacar un raro artefacto de madera, un kamishibai compuesto por tres tablas y que descarga en una mesa para que todos vean. Inventado por los japoneses, cuenta, sirve para contar historias con imágenes intercambiables, dibujadas en papel. Les narra la historia de Tío Lobo y una niña golosa, remolona y mentirosa.

Jerónimo come gelatina. Su mamá, Eliana, lo tiene cargado en su regazo. Ella ya había asistido a otra jornada de relatos como esta, con otro hijo, en otro hospital, en otro momento. Y le gusta. Los saca de la rutina de pinchazos, cama y medicamentos, en los cuatro o cinco días que permanezcan allí.

Al chico algo de todo aquello, el cuento para adivinar de quién es cada rabo, el de la pizza, el del sapo miedoso, o el del tío Lobo... algo tendrá que haberle quedado en su cabeza.

Infográfico
La fantasía surge a La Hora del Cuento

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