Antes de su reciente viaje a Colombia, la escritora y filóloga española Irene Vallejo Moreu ojeó su pasaporte y notó, con gusto, que la mayoría de los sellos que tenía eran colombianos.
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Conversamos con ella tras aterrizar en Medellín para el cierre del congreso de Asocajas, en el que presentó una charla sobre La memoria y el futuro al lado del escritor nacional Juan Gabriel Vásquez. Luego, ella viajó a Bogotá para hacer parte de la ceremonia de inclusión como miembro extranjera de la Academia Colombiana de la Lengua esta semana.
Y es que con nuestro país hay una unión especial, desde el lenguaje mismo. “Yo creo que Colombia es un epicentro literario de nuestra lengua”. Ya había pasado por la Feria del Libro de Bogotá este año y la considera una fiesta multitudinaria de la palabra. A Medellín la pone de ejemplo, gracias a esa transformación cultural que han generado las bibliotecas: “Se percibe ese amor por la literatura y además en particular Medellín es tierra de bibliotecas, de grandes proyectos de promoción y un gran referente internacional de esta forma de construir sociedades y restaurar el tejido a través de una apuesta muy clara por la cultura y por los libros”.
En palabras de la escritora, hay una sensación de que con Colombia hay un imán “cuyo magnetismo me atrae constantemente a esta tierra, además de su magnífica literatura que recuerdo en la biblioteca desde la niñez, ya que mis padres leían literatura colombiana y estaba muy presente. Para mí era realmente un sueño poder venir aquí gracias a los libros y para participar en la vida literaria. Es algo que me parece maravilloso y que no hubiera podido imaginarme hace tan solo unos años antes de El infinito en un junco”.
Y justo esa obra, traducida a más de 30 idiomas, en más de 70 países, cumplió 5 años y le cambió la vida.
– ¿Es El Infinito en un junco más grande que Irene Vallejo?
– “Sin duda. Yo creo que los libros de alguna manera sintetizan algo que va más allá de quienes lo escribimos, es algo que está en la atmósfera, que recibimos, que sentimos y que tiene mucho que ver con todo lo que se recibe a través de la literatura. Es todo un aprendizaje, un itinerario largo de investigación con todo lo que yo he descubierto, lo que debo a otros libros, a otros autores. Un libro puede llegar a ser mucho más que el autor y tener aciertos o destellos que en realidad son los brillos de algo que hemos leído, que hemos comprendido gracias a otras personas. Los libros en realidad son colectivos siempre, porque aunque los escriba una sola persona son el resultado de todos esos aprendizajes, esas experiencias, de los encuentros, de los contactos (...) Aunque los veamos como obras de una sola persona en realidad son una trenza de aportaciones y de conocimientos”, dice Vallejo.
Y los libros para Irene Vallejo siguen siendo necesarios en este mundo frenético que habla demasiado rápido sin tiempo para la pausa necesaria: “A veces tengo la sensación de que en este mundo de las redes sociales hablamos demasiado deprisa, contestamos sin darnos el tiempo de reflexionar o de simplemente ser conscientes de que no sabemos lo suficiente como para manifestarnos sobre un asunto, y la visceralidad instantánea de hablar repentinamente y hay una sabiduría al reservarse, al pensar, al escribir, al tachar y hoy no se practica tanto, predomina el hablar impulsivamente. Yo creo que eso también nos ayuda a entender por qué los libros siguen siendo necesarios. Y no solo los libros, también la lectura y el pensamiento, el comprobar las fuentes y el cerciorarse y a veces el reconocer que no sé lo suficiente y sobre este asunto no me pronuncio o estudio antes de, o pregunto”.
Hace poco, la escritora compartió un artículo de El País de España que le da esperanza a la hora de hablar de la permanencia de los libros. Este contaba de una nueva tendencia en Nueva York: “Las fiestas de lectura” que reúnen a más de 2.000 personas.
Sumado a eso, destaca el crecimiento de los clubes de lectura tras la pandemia, “que también son realmente un fenómeno muy llamativo dentro del ecosistema literario, porque hemos pasado los últimos años escuchando que ya la lectura desaparece y se extingue y que las pantallas y las nuevas formas de entretenimiento tan variadas iban a barrer la lectura, y mientras tanto, como a escondidas y a hurtadillas de todas estas predicciones apocalípticas, han ido creciendo, surgiendo y ampliándose los clubes de lectura que para mí son uno de los grandes fenómenos de la historia de la lectura, y es realmente muy singular porque no ha nacido al calor de ninguna institución, de ningún Ministerio de Culturas, es realmente espontáneo, transversal y ha nacido por la voluntad de las personas que aman leer, de reunirse y ya no solo de leer, sino de hablar sobre lo leído”.
Donde quiera que va Vallejo encuentra que existen reuniones de lectores, como una rebelión ante todos los pronósticos tecnológicos.
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“Lo que veo de los clubes de lectura es un grupo de personas afines, con las que relacionarse, con las que compartir que incluso después, al finalizar la temporada se van de viaje o ruta literaria siguiendo los pasos de algún libro, o sea que realmente es una gran revolución de la historia de la lectura a la que yo creo que no estamos prestando suficiente atención y ese otro fenómeno en Nueva York, de las fiestas para leer juntos, en un mundo lleno de distancias y comunicación sin contacto, es un contrapeso, es el retorno a lo presencial, a lo cercano, al roce”.
Para ella la lectura es algo tan significativo que ha evidenciado cómo entre los autores y los lectores se crea una relación muy directa: “Hay por momentos una sensación de tal intimidad que en las firmas del libro viene la gente con la sensación de que casi existiera una amistad, te cuentan anécdotas o te hablan de sí mismos y te hacen unas confidencias que no es habitual en las relaciones que tenemos con desconocidos, es como si ya, a través de los libros, hubiéramos sentido que desaparecía la extrañeza y ya nos podemos hablar porque hay un nexo, un vínculo muy fuerte, eso me parece hermoso y creo que para todos los tímidos del mundo, el saber que hablas con una persona que comparte los mismos libros y las mismas pasiones literarias o musicales o cinematográficas es una puerta de entrada que hace que se sienta una confianza instantánea, no como una especie de amistad súbita y esto es lindo”.
Y eso ha hecho que varios de sus primeros libros, que no habían llegado a Colombia, por ejemplo, hoy también sean buscados por los lectores como Alguien habló de nosotros, El silbido del arquero o El inventor de viajes: “Estos libros tienen mucha relación con El infinito en un junco, porque creo todos los libros de forma muy orgánica y me gusta que tengan pasillos comunicantes unos con otros, entonces tienen incluso a veces guiños que se repiten. Por ejemplo, en El silbido del arquero que es una novela, hay una escena sobre el alfabeto y la escritura que es casi un anticipo de El infinito en un junco y tienen un poco ese diálogo todos los libros porque creo que nacen del mismo universo, se relacionan de una manera muy especial y fueron libros que en realidad en su momento, cuando se publicaron en España, pasaron muy desapercibidos y ahora su hermanito pequeño que ha sido El infinito, también en España, les ha dado otra nueva oportunidad y se leen de otra manera”.
Sobre la corrección política y el veto a los libros
La Asociación de Bibliotecas de Estados Unidos lleva años alertando del aumento en los intentos de censurar y prohibir la adquisición de ciertos libros en bibliotecas escolares y públicas. Según el estatuto de Florida, los bibliotecarios y educadores afrontan cargos por delitos graves.
Justo esta semana, también en El País, la periodista y columnista argentina Lucía Lijtmaer, contaba como el propio Stephen King había sido víctima de la ley 1069 de Estados Unidos y que se han retirado varios de sus libros de las bibliotecas de escuelas públicas de Florida. Textos como Carrie, It y La larga mancha.
Esta ley, dijo The Guardian, exige que cada junta de distrito escolar sea responsable del contenido de todos los materiales de instrucción u otros materiales utilizados en clases, bibliotecas o material de lectura.
“Es muy curioso porque se le pide a los libros una corrección que no se les exige, por ejemplo a los vídeos juegos u otras manifestaciones. Es curioso porque se vigila muy cuidadosamente el lenguaje, los contenidos sexuales en los libros, pero sabemos que hay un acceso a la pornografía en los teléfonos móviles, está descompensado, como si se les exigiera a los libros cosas muy distintas de lo que se les exige a otras manifestaciones culturales”.
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Vallejo piensa que esto es una tendencia, una pulsión que debemos controlar “sobre todo respecto a los lectores más jóvenes y a los niños, como si se creyera que no poniéndolos en contacto con determinadas ideas nunca van a llegar a ellas, cuando realmente hay muchas otras puertas abiertas. Y efectivamente, libros que tienen mensajes claramente dañinos o que vienen de otras épocas racistas o machistas, nos explican cuál es el pasado, las luchas que han sido necesarias para llegar hasta aquí”.
– Entonces, ¿cuál es la clave?
– La clave es leer los libros con sentido crítico y no pensar que todo lo que está en un libro lo debemos aceptar, asimilar e incorporar a nuestra mente y entonces es esa sensación de vamos a leer todos los libros, pero también comentándonos, criticando, siendo capaces también de reaccionar contra lo que leemos y no estamos de acuerdo y aceptar el reto intelectual de entrar en contacto con esas ideas.
Ella seguirá defendiendo que todos los libros se puedan leer y le damos un giro a la conversación repasando sus lecturas más recientes.
Hoy está leyendo el ensayo El nuevo malestar del viejo mundo, de Mauricio García Villegas, y confesó que es de las personas que tiene varios libros en la mesa de noche: “Yo siempre estoy leyendo muchos libros, actualmente me interesa mucho la cuestión relacionada con la neurología, me gusta esta tercera cultura de juntar ciencia, historia, pensamiento y me gusta verlo también desde mi perspectiva de letras, creo que son interesantes esos cruces y esas visiones desde otro lado, por eso estoy leyendo varios ensayos al mismo tiempo. Luego siempre tengo libros de poesía a mi alrededor, para este viaje tenía uno de Darío Jaramillo y para impregnarme en el país que voy a visitar traje los libros de Juan Gabriel Vásquez, por la charla con él, El ruido de las cosas al caer, Volver la vista atrás, un poco para preparar la conversación”.
Le pregunto por el libro más valioso de su biblioteca, desde lo emocional, e inmediantamente recuerda dos libros heredados de sus bisabuelos que fueron maestros de escuela, “son de las Misiones Pedagógicas en España en la República que se hicieron colecciones enteras de libros para llevar hasta los pueblitos más remotos, eran colecciones de grandes clásicos”.
Destacó entonces un libro del dramaturgo y poeta noruego Henrik Ibsen y otro del británico H. G. Wells que tienen ese sello de las Misiones Pedagógicas de España, son textos a los que les tiene mucho cariño por lo que representaron en su momento, esa idea de que cualquier persona, incluso en el lugar más remoto, pudiera leer un clásico, pero además por la memoria familiar y las generaciones de maestros que ha tenido su familia.
De esas lecturas de infancia recuerda La Odisea, “porque yo creo que ahí empezó mi fascinación por la literatura, pero La Odisea tal como me la contaba mi papá, con sus palabras, no con las del libro”, aclara.
De autores colombianos le es muy difícil elegir uno solo que le guste más, pero además de los mencionados de Juan Gabriel Vásquez, ha disfrutado leer El olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince y La perra de Pilar Quintana.
En su biblioteca también tiene varios libros firmados que atesora, pero hay uno del escritor alemán Bernhard Schlink que se llama El lector y que fue muy inspirador para escribir El infinito en un junco, “luego tuve la oportunidad de conocerlo y como ese libro había sido tan importante para mí, tener su obra dedicada fue emocionante porque nunca habría imaginado que llegaría a conocer al autor de este libro, pertenecía a otro universo y a otra dimensión”.
Su camino con los libros, como autora, empezó desde cero, ella misma recuerda eso que llama “la trinchera de la literatura”, de ir a las pequeñas ferias, los clubes de lectura, a un instituto, un liceo pequeño, a un pueblo, a ferias del libro rurales “pequeñitas, donde pasábamos frío en invierno, calor en verano y luego nos compraban cuatro ejemplares y nos dábamos cuenta de que habíamos invertido más en la gasolina para llegar hasta ahí, que lo que habíamos vendido”, por eso todo lo que le ha pasado aún lo ve con incredulidad porque “han sido muchos más años en esa otra vida, que los que llevo en esta y todavía me parece algo etéreo que se puede desvanecer en cualquier momento”, concluyó.
PARA SABER MÁS
Integrante internacional de la Academia Colombiana de la Lengua
Esta semana y luego de su visita a Medellín, Irene Vallejo viajó a Bogotá. Allí, en un acto protocolario, fue incluida como miembro correspondiente extranjera de la Academia Colombiana de la Lengua. “Gracias a la Academia Colombiana de la Lengua por admitirme entre sus filas. Recibí con honda emoción esta bienvenida de parte de un país tan amado, cuya literatura me nutre desde la infancia y habita mi imaginación”, dijo. En la ceremonia presentó un discurso llamado Palabras, anatomía de un misterio: “Conocí Colombia en la biblioteca de mis padres que fue mi primer atlas. Allí, en un lugar destacado, encontré los libros de Mutis y Márquez, pronto empecé a viajar por los caminos de letras, desde los pirineos a los Andes y a lo largo de los años conocí otros nombres de cumbre en cumbre, desde Julio Flores a Fernando Vallejo y Evelio Rosero, desde Alba Lucía Ángel a Alejandra Jaramillo y Pilar Quintana. Siempre sentí que su literatura es especialmente generosa”.