Los aires de libertad generados por la revolución francesa y la proclamación de los derechos del hombre y del ciudadano llegaron a Iberoamérica, donde Pedro Fermín de Vargas y Antonio Nariño fueron precursores del ideario francés. Se avecinaba el tiempo de los Libertadores. Fue una labor titánica convencer, acaudillar y conducir hacia los campos de batalla a soldados bisoños frente a las tropas españolas veteranas, para lo cual los nuestros requerían de cooperación económica y militar en sus acciones libertarias. El comercio era monopolio real, como las armas de fuego, pero el escenario mundial había cambiado luego de la guerra contra Napoleón Bonaparte: soldados cesantes y armas que necesitan ser vendidas; Inglaterra requería nuevos mercados.
Para la Iberoamérica insurrecta había llegado el momento de la diplomacia, y pese a que la “Santa Alianza” pretendía defender sus monarcas, con el mayor sigilo recibieron en Londres a nuestros diplomáticos Simón Bolívar, Luis López Méndez, Andrés Bello, Lino de Clemente, Juan Robertson, José María del Real, Francisco Antonio Zea y Manuel José Hurtado, y en Estados Unidos, a Manuel de Torres. Para lograr el ideal que Francisco de Miranda había soñado obtener con su alistamiento en las tropas imperiales del emperador Bonaparte y con su proximidad a los brazos amorosos de Catalina de Rusia.
López Méndez emitió una respuesta en Londres que atendió los reclamos españoles para “prohibir el enganche de voluntarios”, en la que manifestaba, con algo de ironía, que “él no enganchaba, sino que aceptaba propuestas”. El historiador Irlandés Eric Lambert entregó la relación de 53 navíos, que salieron de Gran Bretaña. El primero de esos “Buques de la Libertad”, fue el Príncipe de Gales, que arribó a Trinidad en agosto de 1817 y el último, el Ariel, que zarpó de Liverpool y atracó en Margarita en junio de 1820. Los expedicionarios integraron las Legiones Británica e Irlandesa, y los Batallones de Lanceros del escocés Donald McDonald; Húsares Verdes, de Gustavus Hippisly, Húsares Rojos, del coronel Robert Wilson; caballería ligera del teniente John Dawson y artillería de del coronel Albert Gilmore.
En Pichincha, en 1822, se destacaron el Batallón Albión de John Macintosh; los lanceros de Frederick Rach y los Dragones de Gaetano Castari y, el 6 de agosto, en Junín, los nuestros convirtieron una derrota inminente en victoria, y entre los vencedores estuvo el coronel irlandés Arthur Sandes y los hombres de su Batallón “Rifles”. En Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, se selló la independencia suramericana en una “batalla de las naciones”, con combatientes de 11 países, colombianos, venezolanos, ecuatorianos, peruanos, chilenos y bolivianos y presencia de los Granaderos a Caballo enviados por San Martín y Arthur Sandes con sus hombres, donde la carga de la caballería del general inglés William Miller fue definitiva. Sucre y Córdova alcanzaron la gloria militar, y se consolidó la “Gran Colombia”.
Terminada la guerra, nuestros diplomáticos debieron afrontar la difícil tarea de renegociar las deudas, de las cuales la mayor parte debió ser pagada por Colombia, para así obtener el reconocimiento internacional y el de la Santa Sede, esta última labor encomendada a don Ignacio de Tejada, cuyo cráneo permanece como lámpara votiva en la Iglesia de los Capuchinos en Roma.
*Presidente de la Academia Colombiana de Historia Militar.