Desde el inicio de la república, en 1819, luego de la batalla de Boyacá, las clases dirigentes del país organizaron celebraciones que daban cuenta del cambio de orden social y político que ellas imaginaban había tenido lugar. Crearon un nuevo calendario para celebrar triunfos militares, natalicios y aniversarios que buscaban legitimar el nuevo orden ante un panorama de caos e incertidumbre. Tedeums, fiestas populares y procesiones, iluminación de los pueblos, bailes, juegos pirotécnicos, corridas de toros y carros alegóricos fueron algunas de las actividades más comunes durante las celebraciones, con el fin de invocar en los espectadores la veneración a la nueva “Nación.” Las fiestas imponían un sentimiento de cohesión colectiva en una organización política que décadas atrás era impensable. La soberanía dependía ahora de las mayorías y, para ello, fue necesario invitarlas a estos “teatros” de la política para que aceptaran la perpetuación del nuevo orden establecido.
Las fiestas patrias sirvieron para llamar a los ciudadanos a celebrar la reconciliación. Los gobiernos invitaron a sus partidarios y oponentes políticos a los distintos eventos como un espacio de comunicación a través del cual invitaban al consenso político. Generalmente, los prohombres y héroes militares representaron esa posibilidad. Sin importar el régimen político, veteranos de la guerra de independencia como el capitán Manuel Estrada, en Itagüí, al sargento Candelario Villa, en Medellín, Francisco Giraldo y Salvador Alzat,e en Marinilla, y, en Sonsón, al general Braulio Henao, fueron vistos hasta bien entrado el siglo XIX en las celebraciones de las fiestas patrias recibiendo condecoraciones y convirtiéndose en reliquias vivas y modelos del fervor republicano.
Especialmente durante la celebración del centenario en 1910, las fiestas patrias dieron lugar para discutir la paz como la única garantía para alcanzar el progreso y la consecución de las promesas de la independencia. El país acababa de salir de la desastrosa guerra de los mil días, la peor del siglo XIX. Sin embargo, en esta ocasión, las elites locales expresaron sus propias ideas acerca del progreso y el orden social. Fue el caso de Medellín, en donde se organizó una exhibición industrial que competía con la de Bogotá, concursos como el del plano Medellín Futuro y el proyecto del Parque de la Independencia.
Aunque sin el mismo interés de la sociedad colombiana por las fiestas, y del Estado por patrocinarlas, los historiadores colombianos se dedicaron en 2010 a la enorme tarea de desentrañar lo acontecido la celebración cien años atrás. El desarrollo de las ciudades, la participación de los sectores populares, la importancia de monumentos, los discursos sobre la paz y la civilización, y la representación que los organizadores del centenario hicieron de las mujeres y las minorías fueron los temas que ocuparon la agenda de investigación entonces. Pero sin sorpresa, acaso, el trabajo de los historiadores y las editoriales siguió expresando muchos de los problemas que se manifestaban desde la creación de la república. A pesar de las críticas a la representación del bogotano como el ciudadano ideal y protagonista de los avances de la Nación en 1910, la mayor parte de los trabajos excluyeron del análisis a lo que increíblemente siguieron denominando “provinciano” y “calentano.”
La pregunta este bicentenario es precisamente cómo se nos sigue representando y quién lo hace. Poco importa el hecho de una batalla como la de Boyacá y quiénes murieron allí; no es posible recordarlas sino entenderlas a través de quienes la vivieron o escucharon de ella. Lo que interesa es discutir los grandes temas que siempre nos han dividido desde que fue fundada la república y que, finalmente, han sido el eje central de todas las celebraciones nacionales: el desarrollo regional y la integración nacional, “la paz” y la profundización de la “ciudadanía” frente a la “ley,” el “gobierno,” y el statu quo que, ocasionalmente, ha garantizado el orden. Poseer un pasado es esencial a la existencia, y las posibilidades, de cualquier grupo social, de cualquier “periferia.” La memoria no nos puede imponer con sus límites la digna representación en este presente .
*Maestro en Economía Política de Carleton University (Canadá) y candidato a doctor en historia de la Universidad de Calgary (Canadá). Catedrático Universidad de Calgary. Becario Calgary Institute for the Humanities.