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Colombia | PUBLICADO EL 24 diciembre 2021

Cinco días abandonados al azar en la selva del Vaupés

Un grupo de once turistas fue abandonado en el río Vaupés por un operador turístico a quien acusan de haberlos estafado.

  • Pasaron cinco días en las selvas que rodean el río Vaupés, a merced de los peligros de la naturaleza. FOTO Diana Forero
    Pasaron cinco días en las selvas que rodean el río Vaupés, a merced de los peligros de la naturaleza. FOTO Diana Forero
  • Pasaron cinco días en las selvas que rodean el río Vaupés, a merced de los peligros de la naturaleza. FOTO Diana Forero
    Pasaron cinco días en las selvas que rodean el río Vaupés, a merced de los peligros de la naturaleza. FOTO Diana Forero

La selva amazónica rodea los 1.050 kilómetros del río Vaupés, compartido entre Brasil y Colombia. Su inmensidad y belleza puede ser tramposa, si se recorre en un vehículo poco seguro para el turismo, a merced del sol picante de la región y sin claridad de lo que habrá en cada parada.

Once turistas dejados a su suerte lo recorrieron, viajando en una canoa impulsada por un motor débil después de ser víctimas de una supuesta estafa que les costó, por persona, más de 3,3 millones de pesos.

Por el atractivo del departamento como destino ecoturístico –durante años oculto por cuenta del conflicto–, Jairo Portillo, samario, quiso conocer Vaupés y ayudar a promoverlo, pues trabaja en la industria y recorre zonas poco exploradas de Colombia.

Se encargó de concretar el viaje a la región amazónica, contactando a César Vargas, de la agencia Jasa Tutu Sas (con Registro Nacional de Turismo vigente) y comenzó a planear, con él, su visita a la región.

Irían trece amigos –todos pagaron la suma establecida por Vargas, sin contar los tiquetes a Mitú, la capital–, entre el 21 y el 27 de noviembre. Aunque dos de ellos terminaron faltando, el vaupense recibió los 42,9 millones en total de cada uno de los incautos.

El itinerario

Al aterrizar en Mitú el domingo 21 de noviembre, la promesa de Vargas era que viajarían en avioneta hasta la comunidad de Buenos Aires, en medio de la selva, y se regresarían en lancha.

Sin embargo, haciendo alusión al mal clima, les informó que deberían posponer la ida para el lunes. Como conocedor de los azares del turismo de naturaleza, Portillo no sospechó y aceptó el cambio.

El lunes, al parecer, las condiciones seguían sin ser óptimas y el guía les avisó que llegarían por vía fluvial, realizando un recorrido de máximo tres horas hasta la comunidad, para después regresar por aire.

“Cuando llegamos, era una canoa con un motorcito y tardaba 6 horas supuestamente”, relata el samario, quien sintió desconfianza cuando César Vargas les entregó un paquete de leche en polvo, Gatorade y un salchichón; subió al vehículo a dos supuestos guías indígenas de su confianza, y le notificó al grupo que no viajaría con ellos por el río, porque los esperaría en Buenos Aires con la comida.

A pesar de eso, emprendieron el recorrido que terminó siendo de 14 horas. A merced de la oscuridad de la selva, llegaron a la una de la mañana a una comunidad de nombre Bellavista. Para su sorpresa, el lanchero les pidió pagarle por el trayecto, pues Vargas no le había dado más de $100 mil.

Después de entregarle $250 mil no presupuestados, se toparon con la extrañeza de los habitantes de la comunidad, que no estaban enterados de su visita y tampoco habían recibido ningún dinero por alimentarlos u hospedarlos. Les sirvieron lapa, un roedor típico de la zona, y lo único que tenían para ofrecerle al grupo.

Con la decepción de la estafa que ya era evidente, varios ansiaron devolverse. No había forma: las dos personas con las que los había dejado Vargas no tenían idea de qué hacer, pues no conocían la zona. La solución fue caminar con ayuda de un aparato satelital con GPS y señal intermitente, que fue su única guía.

Supuestamente, en 17 kilómetros se encontrarían con Vargas, quien los recogería en una lancha para, por fin, llevarlos a Buenos Aires. Con todo lo que había pasado, era evidente que el hombre no estaría en el punto y así fue.

Caminaron ocho kilómetros más hasta San José de Cananarí, completando ocho horas de “paseo” por la selva sin haber comido y con la incertidumbre permanente de la manigua. Se presentaron con los habitantes y les dijeron de parte de quién venían: “Él no viene hace cinco años por acá, estafó a todos, es un ladrón”, les respondieron cuando se refirieron a Vargas. Lo que ya sabían, fue confirmado.

Como no había opción, negociaron por $100 mil con la comunidad e instalaron sus carpas y se alistaron para la noche. El grupo ya se sentía débil después de cuatro días en la selva, el hambre y el cansancio eran insoportables. Obviamente, no encontraron servicios públicos ni ningún mínimo de comodidad en todo el camino. Cada minuto era un ruego interno para que no pasara algo peor.

A eso se sumó la reacción extraña que uno de los integrantes del grupo sufrió en una mano. No saben qué la ocasionó, aunque creen que pudo tratarse de algún insecto venenoso.

De repente, Jairo pudo comunicarse con su hermana a través del aparato satelital, quien contactó a Thomas Doyer, un europeo conocedor del territorio, que coordinó todo para sacarlos de la zona para que, finalmente, desembarcaran en Buenos Aires, desde donde podrían volar a la capital de Vaupés.

“Allá nos recibió la mamá de César llorando y nos pidió perdón por lo que nos hizo y nos decía ‘César ya no es de aquí’”, recuerda Portillo.

Para salir de la zona, y ya teniendo acceso a una pista para transportes aéreos con alguna facilidad, los excursionistas coordinaron cuatro avionetas, que costaron $9,6 millones de pesos.

El 26 de noviembre llegaron a Mitú y a la mañana del 27 hicieron la denuncia ante las autoridades por estafa.

Los once viajeros salieron bien librados, a pesar del peligro y a que gastaron una millonada. El viaje con el que Portillo quería promover el turismo se convirtió en una pesadilla en una región que necesita todo, menos mala publicidad.

Pía Wohlgemuth

Comunicadora social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana.

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