Pico y Placa Medellín
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Cerca de cien cubanos siguen hacinados en una bodega de Turbo, donde esperan que el Gobierno no los obligue a tomar la selva para intentar cumplir su sueño.
Kellys Álvarez Torres, morena, delgada, de 1,75 de estatura y con un vestido de flores que le llega hasta los tobillos, carga en sus brazos al pequeño Samuel, de siete meses, que de repente se desvanece y pareciera como si no respirara. Hay susto en la bodega de Turbo donde se hacinan más de cien migrantes cubanos que esperan una solución que los lleve a Estados Unidos, a donde quieren llegar desde que abandonaron su país, unos hace meses y otros hace años.
Kellys sacude un poco a su niño, le dice “hijo, hijo, despierta”, pero el bebé no reacciona y ella, angustiada, se levanta de la colchoneta en la que estaba sentada y se va afuera a buscar el aire, que en la bodega parece no circular generando un sofoco total.
-Me da susto, mira cómo está de...