La escuela Delfina Calad de Ochoa está junto a la quebrada la Liboriana, que corre con tranquilidad. Pero recuerdan la furia con que bajó el 18 de mayo de 2015. Una creciente súbita, provocada por un taponamiento en lo alto del cerro El Plateado, se llevó la vida de 104 personas y regó el dolor por el pueblo. Es un recuerdo imborrable, funesto, que todos tienen presente en Salgar. Sin embargo, la resiliencia de la gente, dicen en las calles, ha sido más fuerte.
Por eso la Delfina Calad de Ochoa fue escogida como una de las 80 Ecoescuelas priorizadas por Corantioquia. Tiene una particularidad, y es que es la única de su género que está en una zona urbana. ¿Por qué? Precisamente por ser ejemplo de resiliencia, ese poder para reponerse de la tragedia. La escuela está un par de cuadras arriba del parque, a la izquierda de la carretera, en un pequeño plano junto a la Liboriana. Hay que bajar por unas escaleras empinadas, de escalones cortos, para ver la fachada. Sobre los ladrillos está dibujado un oso de anteojos, representación de la riqueza natural del territorio. No es una escuela común, y eso se ve a primera vista.
Algunos de los estudiantes llevan camisetas azules, diferentes al uniforme del colegio. Con ellas se distinguen como Guardianes de la Naturaleza, un programa de Corantioquia que busca empoderar a los más pequeños en los asuntos ambientales. El suelo, contrario a lo que podría creerse de una escuela, se mantiene impecable, sin rastros de plástico, empaques o bolsas. La cara visible de la institución es el profesor Nilton Murillo, que se la ha jugado por la enseñanza ambiental. Cuando llegó a la escuela, hace unos cuatro años, ya existía el grupo de Guardianes, pero todavía no se había consolidado la Ecoescuela, un modelo implementado por Corantioquia durante esta administración.
La transformación comenzó a notarse muy pronto. Nilton cuenta que, con la ayuda de los estudiantes, limpiaron el antejardín de la escuela y sembraron una huerta. Ese espacio se había convertido en un basurero. La gente pasaba por ahí, desprevenida, maleducada, y tiraba plásticos. Aún sembrada la huerta, y con las verduras ya despuntando, algunos se empeñaban en seguir lanzando desperdicios. Pero la huerta venció. La gente ya sabe que ese no es un relleno sanitario, sino que ahí crecen las legumbres que pueden sazonar un almuerzo. “Muchas cosas han cambiado desde entonces. Los padres de familia entendieron la importancia de reciclar, de separar los residuos. Algunos han hecho huertas en sus casas”, cuenta el profesor.
Los niños han cambiado el paradigma de ver el mundo. La quebrada, en vez de recordar una tragedia, se convirtió en un ser al que hay que cuidar y limpiar. Samantha Uribe, estudiante de cuarto, es la contadora de la huerta. Su tarea es tener en la cabeza las finanzas del sembrado. “Le digo al profe si hay plata para semillas. Los papás o amigos compran las verduras”, explica.
El profesor Nilton dice que no se imaginó el impacto que la Ecoescuela iba a tener. Hoy, a vuelo de pájaro, 800 personas se han vinculado a la iniciativa. Los padres de Samantha, por ejemplo, aprendieron a separar los residuos, y los orgánicos los llevan a la compostera que hay en el colegio. Nilton es el encargado de echar los residuos orgánicos para que se descompongan. “Aprovechamos todos los residuos para el compost, que nos ayuda a abonar la huerta. Se transformó en economía circular”, explica el profesor.
Hacia el sur, en las estribaciones de los Farallones de Citará, hay otra Ecoescuela. Se llama El Empuje, el nombre de la vereda, en jurisdicción de Ciudad Bolívar. Los alrededores son impresionantes. El cerro San Nicolás señorea todo. Por sus paredes escarpadas se ven cascadas que se precipitan desde la cumbre.
El profe allí es Gerardo Elías Sepúlveda, un apasionado de la docencia. Solo hay nueve estudiantes, pero la comunidad entera se volcó a la transformación ambiental. Lo primero que hicieron los alumnos y sus familias fue, de la mano del profe, renombrar a la quebrada que baja de los Farallones. Su nombre era la “huelemaluco”, porque hace años, cuando la producción del café no se había tecnificado, a sus aguas arrojaban los desperdicios de la producción.
Angélica, que está en quinto, cuenta que salieron por la vereda, tocando de puerta en puerta, para averiguar qué nombre tenía la “huelemaluco” en tiempos pretéritos. Nadie les daba razón de cómo la llamaban antes. Hasta que apareció un hombre mayor, conocedor de la historia, que recordaba el nombre original: La Capitana, porque por sus aguas nadaban peces capitanes. Así se le devolvió el nombre, pues no era un asunto semántico. “Eso fue lo primero que hicimos para comenzar el trabajo de apropiación del territorio”, cuenta Gerardo. Después, con ayuda de los estudiantes, se hizo un diagnóstico de la fauna. Por eso se definió al gallito de las rocas, un ave rojinegra, copetona, que se pasea por los farallones, como emblema de la escuela. Y es que El Empuje está en un área de reserva, donde el cuidado es indispensable. Por eso el currículum del colegio se volcó a lo ambiental. Cada diciembre, los estudiantes producen El Noticioso, un magazín televisivo, en el que divulgan la riqueza hídrica, de fauna y de flora de la zona.
El acompañamiento de Corantioquia es constante, dice el profe, y no lo es solo en el aporte de bienes, sino también con capacitación continua. Entre los nueve estudiantes de El Empuje ya hay una aspirante a bióloga, y otra quiere ser profesora. Ahora saben qué lugar ocupan en el mundo, conocen la riqueza que los rodea, y están dispuestos a protegerla.