Pico y Placa Medellín

viernes

2 y 8 

2 y 8

Pico y Placa Medellín

jueves

5 y 9 

5 y 9

Pico y Placa Medellín

miercoles

4 y 6 

4 y 6

Pico y Placa Medellín

martes

0 y 3  

0 y 3

Pico y Placa Medellín

domingo

no

no

Pico y Placa Medellín

sabado

no

no

Pico y Placa Medellín

lunes

1 y 7  

1 y 7

La historia de Bartolo, el burro que le cambió el destino a este pueblo de Antioquia

En este pueblo del Suroeste antioqueño pocas familias pueden decir que no le deben algo al burro Bartolo cuyo nombre terminó mencionado en una Ley aprobada por en Congreso. Su historia está ligada a la financiación de viviendas y de carreras profesionales, un “milagro” impulsado por su dueño, Paco.

  • El burro Bartolo (en el retrato) es todo un ícono en Titiribí, municipio del Suroeste de Antioquia, reconocido como la capital de Mundial de la Mula de Silla. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
    El burro Bartolo (en el retrato) es todo un ícono en Titiribí, municipio del Suroeste de Antioquia, reconocido como la capital de Mundial de la Mula de Silla. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
  • Gracias a la Ley Bartolo, Titiribí fue reconocida como la capital de Mundial de la Mula de Silla. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
    Gracias a la Ley Bartolo, Titiribí fue reconocida como la capital de Mundial de la Mula de Silla. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
  • Aunque Bartolo murió, Jaime Humberto Salazar Botero —Paco— confía en que Pocholo, su hijo, podrá seguir su herencia para apoyar a más jóvenes y más familias titiribiseñas. FOTO Manuel Saldarriga
    Aunque Bartolo murió, Jaime Humberto Salazar Botero —Paco— confía en que Pocholo, su hijo, podrá seguir su herencia para apoyar a más jóvenes y más familias titiribiseñas. FOTO Manuel Saldarriga
  • El alcalde de Titiribí, Alex David Restrepo Salazar, fue uno de los beneficiarios de Bartolo. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
    El alcalde de Titiribí, Alex David Restrepo Salazar, fue uno de los beneficiarios de Bartolo. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
  • Luis Carlos Agudelo Jiménez, “El Cojo”, otro de los que se vio beneficiado con las proezas de Bartolo. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
    Luis Carlos Agudelo Jiménez, “El Cojo”, otro de los que se vio beneficiado con las proezas de Bartolo. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
  • Titiribí, municipio del suroeste de Antioquia, ahora es reconocido legalmente como la capital de Mundial de la Mula de Silla tras la aprobación de la Ley Bartolo. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
    Titiribí, municipio del suroeste de Antioquia, ahora es reconocido legalmente como la capital de Mundial de la Mula de Silla tras la aprobación de la Ley Bartolo. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
hace 1 hora
bookmark

Decir que un burro cambió la historia reciente de Titiribí suena como una de esas historias del realismo mágico que se le hubieran ocurrido a García Márquez. Pero este no es un suceso de la imaginación literaria. Es una realidad que ya quedó escrita en la historia legislativa de Colombia: el Congreso aprobó la denominada Ley Bartolo, que reconoce a este municipio del Suroeste antioqueño como la Capital Mundial de la Mula de Silla y vincula a la Nación a la celebración de sus 250 años de fundación.

Para hablar de esta historia hay que hablar de Bartolo. Pero es imposible hablar de Bartolo sin conocer primero a Jaime Humberto Salazar Botero, a quien todo Titiribí conoce simplemente como Paco.

El niño Paco

El apodo viene de lejos, de cuando él era un niño que ganaba todos los premios en las varas, ese juego tradicional de los pueblos antioqueños donde se ponían postes de madera altísimos, untados de grasa, y en la cúspide se dejaba un premio para quien lograra trepar hasta arriba.

Le decían Paco por el niño Paco, el gana premios de unas propagandas de televisión de la época. Podría pensarse que fue suerte. La verdad es que fue tenacidad.

Fue esa misma tenacidad la que le permitió graduarse como abogado, especializarse y llegar a ser conjuez y magistrado auxiliar de la Corte Suprema de Justicia, alcalde de Titiribí en el período 2020-2023 y consolidar diversas empresas.

Lea también: Conozca los secretos que guarda el carriel

Pero antes que todo eso, estaba la solidaridad. Y esa no nació con él: viene de su madre. “Uno da de lo que le sobra, mi mamá daba de lo que le faltaba”, cuenta Paco, y la voz se le quiebra un poco. Describe a su madre repartiendo mercados y zapatos a los vecinos del barrio sin que le sobrara nada para hacerlo. Hace poco, ya adulto, Paco fue a hacer un trámite y se encontró con un arquitecto en Itagüí que, al reconocer el apellido, casi lloró al darse cuenta de que era hijo de Miriam Botero. “Usted no sabe las hambres que me quitó su mamá”, le dijo, y no le cobró ni el plano. Paco terminó esa conversación llorando con él también. Porque antes de Bartolo, Paco ya se metía la mano en el bolsillo para ayudar a las personas de su pueblo. El burro no inventó esa vocación: la potenció hasta una escala que ni el mismo Paco había imaginado.

Gracias a la Ley Bartolo, Titiribí fue reconocida como la capital de Mundial de la Mula de Silla. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
Gracias a la Ley Bartolo, Titiribí fue reconocida como la capital de Mundial de la Mula de Silla. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.

Su espíritu visionario

Hace treinta años, cuando casi ningún abogado de Medellín hacía televisión, Paco se metió a un canal local llamado Cable Unión de Occidente y empezó a hacer programas. También se fue a regar volantes a las filas de pensionados y a asesorar sindicatos de manera gratuita, a cambio de que le permitieran poner su publicidad en esos volantes. Funcionó tanto que llegó a tener filas desde las seis de la mañana en su oficina, y la gente pensaba que adentro había un curandero porque nadie entendía por qué tanta gente hacía cola.

Esa visión de encontrar la manera de que la generosidad funcione también como estrategia es la misma que después aplicaría con Bartolo.

El burro prodigio

Bartolo llegó a la vida de Paco por una corazonada. Era un burro de propiedad de un narco que lo tenía olvidado en un potrero, enfermo de laminitis, una inflamación dolorosa en los cascos. El veterinario de Paco, Héctor Sierra, le advirtió con claridad: “Este burro tuvo laminitis. Si lo cuida, le puede durar muchos años. Si no, dentro de un año está tostado.” Paco ofreció $30 millones. Rechazaron su oferta, la subieron a $100 millones, pero logró bajarla a $60 millones y cerró el trato.

¿Por qué comprar un burro enfermo? Paco ya conocía a su descendencia. Años antes había recibido como pago, por una asesoría, un par de mulas hijas de Bartolo de calidad excepcional. Después, en una feria en Medellín, vio una mula espectacular, compró un macho del mismo padre, lo entrenó y ese macho arrasó en competencias hasta llegar a ser campeón nacional. “Con este promedio, de diez mulas que le conozco, seis son muy buenas. Un promedio que ningún burro había conseguido”, dice Paco. Ahí fue cuando decidió que tenía que tener ese burro.

La ciencia de la genética

Bartolo era hijo de Carolo, otro reconocido reproductor, que a su vez descendía de una línea genética que se remonta a Cosaco. Pero esa cadena no empieza ahí: según la Asociación de Criadores de Mulares de Silla Colombianos (Asmulares), la tradición se remonta más de cinco siglos atrás, a la llegada de los primeros caballos y burros napolitanos a América. El punto de inflexión llegó en 1926, cuando Abelardo Ochoa González y su hijo Fidel importaron asnales europeos hasta Salgar, e iniciaron los primeros cruces sistemáticos. Titiribí entró en esa historia por el auge minero de El Zancudo: la mula se volvió esencial para esa economía, al punto de que 200 mulas y 80 arrieros llegaron a movilizar un cable de 36 toneladas desde Amagá hasta el pueblo.

Esa cadena genética se sostuvo gracias a familias como los Ochoa, los Vélez y los Mejía. De ahí salieron reproductores como Cosaco, Sevillano y Carolo, antecesores directos de Bartolo.

Aunque Bartolo murió, Jaime Humberto Salazar Botero —Paco— confía en que Pocholo, su hijo, podrá seguir su herencia para apoyar a más jóvenes y más familias titiribiseñas. FOTO Manuel Saldarriga
Aunque Bartolo murió, Jaime Humberto Salazar Botero —Paco— confía en que Pocholo, su hijo, podrá seguir su herencia para apoyar a más jóvenes y más familias titiribiseñas. FOTO Manuel Saldarriga

Sus descendientes dominaron durante años las pistas y exposiciones más importantes del país. Se estima que a lo largo de su vida reproductiva sirvió entre 4.000 y 5.000 yeguas. “En casi todas las ferias del país se ven los resultados. Hijos de Bartolo obtienen constantemente los principales galardones”, explica Paco.

Lo curioso es que el propio Bartolo nunca pudo competir en pista: era demasiado pequeño, no alcanzaba la alzada mínima requerida. Sin embargo, las asociaciones del gremio lo declararon jefe de raza, reconociendo su calidad genética comprobada como reproductor.

La decisión que transformó vidas

Una vez Paco tuvo al burro, le tomó una semana decidir que todo lo que generara con él sería destinado a obras solidarias. “Todo lo que se consiga con lo producido de este burro va a estar destinado a esto: la obra social”, cuenta.

Así nació la Fundación Edúcame, Burro Bartolo y Burro Pocholo, que ha construido cerca de 120 viviendas prefabricadas para familias del municipio y ha financiado la educación superior de más de 150 jóvenes en programas técnicos, tecnológicos, universitarios e incluso de posgrado. El negocio del semen de Bartolo, en sus nueve años de vida productiva, generó cifras que ni Paco esperaba: en los mejores meses, una sola factura llegó a los $27 millones. En total, a lo largo de su vida, se estima que generó más de mil millones de pesos, todos destinados a la fundación.

Bartolo llegó a Paco con 9 años y él lo cuidó otros nueve más. Murió en 2024. “Yo no fui capaz ni de venir el día que lo sacrificaron”, confiesa Paco. “Uno se encariña mucho con los animales, y sobre todo con toda la obra que se hizo con ese animal”. El día que murió, el pueblo entero quedó con un sinsabor, temiendo que todas esas ayudas terminaran.

El proyecto del museo

Paco tiene en su corazón un lugar especial para Bartolo y quiere que Titiribí también lo tenga. Actualmente está proyectando la creación del Museo de la Mula: tendrá varios salones con gafas de realidad virtual que reconstruyan la historia de las mulas desde la colonización, otro dedicado a la historia de Titiribí, y otro con los trofeos de los campeonatos que ganaron los hijos de Bartolo.

También planea un “tour de Bartolo” donde los visitantes puedan ver cómo se equipa una mula de trabajo tradicional, incluyendo la turega —esas estructuras de guadua que se ponían entre dos mulas para transportar carga— y conocer la hazaña histórica de cuando arrieros de Amagá necesitaron transportar dos kilómetros de cable hasta las minas de El Zancudo usando 200 mulas en fila. El sueño más cercano es un mural en cerámica vitrificada en la entrada del pueblo y, a escala mayor, una estatua de mula en el parque principal. “Si esta es la capital mundial de la mula, debería haber zócalos de mulas por todas partes”, dice.

El mismo alcalde da fe

Si hay una historia que resume el impacto de la fundación, es la de Alex David Restrepo, el actual alcalde de Titiribí.

Alex viene de El Morro, una de las veredas más alejadas del municipio, de donde nunca había salido un profesional. Caminaba dos horas diarias para llegar a otra vereda donde estudió hasta noveno grado. Para terminar el bachillerato tuvo que vivir en el hogar juvenil campesino del pueblo. Era buen estudiante —recuerda con orgullo haber sacado uno de los mejores puntajes en las pruebas Saber de su colegio— pero al graduarse, tuvo que volver a su vereda a trabajar la tierra con machete y azadón.

El alcalde de Titiribí, Alex David Restrepo Salazar, fue uno de los beneficiarios de Bartolo. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
El alcalde de Titiribí, Alex David Restrepo Salazar, fue uno de los beneficiarios de Bartolo. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.

Un día, su papá estaba en una fonda llamada El Venteadero cuando llegó una cabalgata. Había escuchado que un señor llamado Paco ayudaba a jóvenes a estudiar y regalaba casas. Se atrevió a hablarle y le contó el sueño de su hijo. Paco, sin conocerlo, respondió: “¿Cómo así que este muchacho está por aquí en un potrero? Yo lo voy a convertir en un profesional. Dígale que vaya el lunes a mi oficina”.

Alex llegó el lunes pensando quizás en una técnica básica. Paco le preguntó qué quería estudiar. Alex, tímido, no supo qué responder. Paco revisó sus pruebas Saber: buen puntaje en comprensión lectora y ciencias sociales. “Usted tiene madera para ser abogado”, le dijo. Alex se asustó: le parecía irrisorio pensar que alguien pagaría eso por él. Paco lo mandó a averiguar precios en universidades privadas, y Alex, al ver las cifras, simplemente no volvió. Su tía tuvo que insistirle para que regresara. Esta vez Alex mostró universidades más económicas por pena de parecer ambicioso. Paco, finalmente, lo orientó hacia la Universidad Autónoma Latinoamericana. “No pendejiemos más. Vaya averigüe que yo le doy la carrera.”

Lea también: “Antioquia es más que carriel y sombrero”: artesanías de la región disponibles en una colección para el hogar

Cuando Alex volvió con el valor de la matrícula, Paco, sin alterarse, le pidió a su secretaria que hiciera un cheque de gerencia por varios millones de pesos. “Yo no lo podía creer”, recuerda Alex.

Poco después, Paco le dio trabajo en su firma de abogados mientras terminaba la carrera. Luego tuvo la oportunidad de trabajar con una magistrada del Tribunal de Antioquia, luego fue inspector de policía en Titiribí, secretario de gobierno, y finalmente, animado por la comunidad y por Paco, se lanzó a la alcaldía. Ganó.

Alex cuenta que durante su campaña, al visitar tantas casas y veredas, se dio cuenta del impacto real que había tenido Paco en el pueblo: mujeres que tenían su foto en los altares pidiendo que nunca le faltara a Titiribí, personas que vivían con la esperanza de que esa solidaridad las alcanzara. Para Alex, la lección más importante no fueron las viviendas ni las becas, sino lo que Paco le dijo el día que terminó la carrera: “¿Sabe cuándo me da usted las gracias? Cuando sea un profesional, cuando esté ganando platica, cuando tenga forma, apadrínese unos muchachitos de Titiribí”. Hoy, como alcalde, matriculó cerca de cien jóvenes en la Universidad Nacional Abierta y a Distancia y más de cuarenta en el Colegio Mayor.

Luis Carlos, también se benefició

Otro beneficiario fue Luis Carlos Agudelo Jiménez. Desde los doce años, él carga una secuela que le valió su apodo de “el cojo”: una enfermedad que nadie supo bien qué era y que paralizó su cuerpo. Una curandera del pueblo lo trató hasta que logró pararlo de nuevo, pero su pierna derecha quedó torcida desde la rodilla, con una lesión severa que le provoca dolor y gran dificultad para caminar. Así, andando chueco pero andando, siguió adelante.

Hoy, a sus 90 años, recuerda con precisión el día que conoció a Paco hace más de tres décadas. Fue en una gallera de gallos finos cuando Paco le entregó un fajo de billetes a Luis Carlos y a un amigo para que apostaran. Ganaron, y cuando fueron a devolverle la plata, Paco se rió y les explicó que se la había dado para que se quedaran con ella. Desde entonces lo considera un amigo.

Luis Carlos Agudelo Jiménez, “El Cojo”, otro de los que se vio beneficiado con las proezas de Bartolo. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
Luis Carlos Agudelo Jiménez, “El Cojo”, otro de los que se vio beneficiado con las proezas de Bartolo. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.

Cuando Paco supo que Luis Carlos vivía en una vereda llamada Caracol, a dos horas a lomo de mula del pueblo, le dijo: “Te tengo que sacar de por allá.” Luis Carlos, incrédulo, no le creyó. Pero Paco cumplió: le mandó razón con un amigo para que lo recogiera y, cuando Luis Carlos llegó al pueblo, se encontró con una casa con mercado incluido. Lleva treinta años viviendo ahí con su esposa y sus siete hijos. “Me trajo a vivir a un pueblo donde tenía más ambiente, más acceso a salud”, resume.

El cariño de Titiribí por Paco

Valentina Berriba y Valentina Londoño son dos jóvenes del corregimiento de La Albania que hoy cursan la licenciatura en Educación Física, Recreación y Deporte gracias a la fundación. Ambas reconocen que sin ese apoyo, esa carrera habría sido imposible. Cuando se les pregunta qué significa Paco para Titiribí, coinciden: “Él siempre está para la gente, siempre tiene las puertas abiertas. Don Jaime es un angelito para muchos”. Sobre Bartolo dicen que fue “esa semillita que dejó y que ha podido hacer que tantos jóvenes ahora tengan una educación.”

Cuando Paco camina por el parque de Titiribí, las mujeres mayores no pueden evitar acercarse, saludarlo y decirle cosas como “tan hermoso”, “es un angelito”, “Dios lo bendiga.” No es exageración ni anécdota aislada: se repite cada vez que él aparece en público. Alex lo describe con precisión: “El cariño que la gente le tiene a Jaime en este pueblo es genuino. Es como si vieran llegar a un ser querido. Son muy pocas las familias que no tienen algo que deberle a él y al burro”. Dice que en el propio Congreso también conocen el mito de Paco y le decían que “ojalá todos los pueblos tuvieran un Paco”.

Pocholo y el futuro

Bartolo murió, pero su legado sigue en Pocholo, su hijo, que ya muestra signos de la misma calidad genética. Ya ha entregado los recursos para la quinta vivienda de la fundación, y Paco espera que continúe el ciclo: estudio, casa, dignidad, transformación.

“El legado de Bartolo se va a mantener por toda la vida en este municipio porque impactó fuertemente todo el ecosistema social”, resume Paco, el hombre que un día decidió que un burro enfermo cambiaría el destino de su pueblo.

Titiribí, municipio del suroeste de Antioquia, ahora es reconocido legalmente como la capital de Mundial de la Mula de Silla tras la aprobación de la Ley Bartolo. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.
Titiribí, municipio del suroeste de Antioquia, ahora es reconocido legalmente como la capital de Mundial de la Mula de Silla tras la aprobación de la Ley Bartolo. Foto: Manuel Saldarriaga Quintero.

Hoy, además de dejar miles de descendientes en las montañas colombianas, Bartolo también dejó su nombre escrito en las leyes de la República. Pero quienes conocen de cerca esta historia coinciden en algo más simple: contar la historia de Bartolo es contar la historia de Paco. Y contar la historia de Paco es, en últimas, contar cómo un pueblo entero aprendió que la solidaridad es el motor del desarrollo social.

Sobre la Ley Bartolo

El Congreso de Colombia aprobó la Ley Bartolo, una norma que reconoce oficialmente a Titiribí como la Capital Mundial de la Mula de Silla y vincula a la Nación con la conmemoración de los 250 años de fundación del municipio. La iniciativa está a la espera de sanción presidencial.

La ley autoriza al Gobierno Nacional a promover actividades culturales, turísticas y académicas relacionadas con el sector mular, y a producir un documental sobre la historia de Titiribí y su vínculo con la mula de silla.

La norma es el reconocimiento de la historia mular de Titiribí y un homenaje al burro Bartolo.

Nuestros portales

Club intelecto

Club intelecto

Las más leídas

Te recomendamos