Por el cauce del Porce viaja un líquido denso, tibio. Arrastra los desechos que recogen sus aguas al atravesar el Valle de Aburrá antes de que el río Medellín adopte ese nombre y se pierda entre las montañas del norte. Un gato y un marrano muertos flotan y pasan de largo, uno detrás de otro, en menos de cinco minutos. Son las 9:30 de la mañana de un viernes en el corregimiento Villanueva de Yolombó, Nordeste de Antioquia, y una cuadrilla de seis trabajadores enciende los motores de tres dragas artesanales e inicia su jornada para expurgar del lodo el oro que se funde en un lecho de piedras y basura.
-¿Entonces ustedes sacan oro de la basura del río Medellín?
-Sí (risas), es el mismo río, pero aquí el agua baja más limpia porque en el camino le caen varias quebradas. Uno se acostumbra.
Quien responde es Jairo de Jesús Zuluaga, “El Pájaro”, buzo, poco más de 40 años, 30 buscando oro en el río. Metido en un traje de neopreno se hunde en el agua mientras muerde un tubo delgado, conectado a una bomba, que le da el aire suficiente para sumergirse por una o dos horas. Su tarea en el fondo es sostener una manguera que absorbe lo que encuentra a su paso.
“Siempre me ha gustado bucear - dice ‘El Pájaro’- porque en la ‘maquineada’ el sol le pega a uno muy duro. Buceando gano más. Es más peligroso, pero más fresco. Lo que hay que hacer es meterse al fondo y retirar la piedra que no cabe por la manguera y echar la arena en la que va el oro que queda en el cajón”.
En cada draga trabaja un buzo como él. El equipo lo completa un maquinista que se encarga de mantener encendido el motor a gas que impulsa la draga y de retirar la basura que tapona con frecuencia la salida de agua y arena. Todo el mecanismo flota sobre varias canecas plásticas que soportan una estructura metálica. Esta vez, tres dragas trabajan juntas, muy cerca de la orilla, para alcanzar el fondo con facilidad.
El maquinista también recoge cada tanto una porción de la arena que escupe la draga y con una batea elimina la suciedad. De esa forma, verifica si hay algún rastro de oro. Si hay buenas noticias, el brillo despunta en el último puñado y vale la pena continuar. “Cuando vemos que está dando buen oro decimos que está pintando bueno”, explica “El Pájaro”. En caso contrario, el minero que permanece fuera del agua tira de la manguera y así envía un mensaje al buzo para que pruebe suerte en otro punto del río.
El sonido de los motores ensordece, los trabajadores de la superficie hablan con señas, gritan, se entienden con gestos simples. Dentro del agua el buzo depende del tacto. “Con solo tocar el asiento, con solo palpar, uno se ubica como si estuviera viendo”, dice otro buzo, Brayan, el más joven de ellos.
“El Sano” también bucea, pero hoy mira desde la orilla porque le duelen los oídos. Esta vez no trabaja, supervisa. Tiene 26 años, 12 de ellos dedicados a la minería. Muestra un carné firmado por el alcalde de Yolombó y dice que espera, igual que sus compañeros, que ese documento sirva para que los comercializadores sigan comprando su oro, pues el decreto 276 de febrero de 2015 los obligó a contar con un registro y un certificado de origen. Si quieren ser reconocidos como mineros artesanales, también los obliga a no utilizar maquinaria, es decir, a dejar sus dragas.
Por eso, cuenta “El Sano”, la Policía los persigue. Hace apenas tres semanas varios mineros de la zona fueron capturados y presentados ante un juez. Terminaron en sus casas con detención domiciliaria. “Esto es lo único que sabemos hacer -interviene ‘El Pájaro’- esta minería no es ilegal. Con esto se ha trabajado toda la vida. La arena la traspasamos de un lado al otro. El oro queda en el cajón y el hueco vuelve y se tapa enseguida”.
“Este río ha sido la empresa de nosotros”
“Yo tengo 37 años y, desde que me conozco, esta gente está laborando ahí en el río Porce”, dice William Isaza, encargado del proceso de formalización en la Alcaldía de Yolombó. En sus manos estuvo el censo que se adelantó en diciembre de 2014 para establecer el número de familias que subsisten de las actividades mineras en ese municipio.
En total, se contabilizaron 716 mineros. De ellos, 179 viven en el corregimiento de Villanueva. Eso significa, dice Isaza, que el 95 por ciento de las familias de ese caserío viven de extraer oro en el río Porce.
Según Rubén Darío Gómez, secretario general de la Confederación Nacional de Mineros de Colombia (Conalminercol), agremiación que reúne a los pequeños y medianos mineros del país, son cerca de 500 las familias que subsisten de la minería en el tramo del río que se extiende entre los municipios de Barbosa y Anorí. Esa organización cuenta con registros de aproximadamente 120 dragas artesanales en la zona.
Gómez dice que las actividades mineras en el río Medellín y aguas abajo, en el río Porce, han sido una fuente de riqueza para el norte del Valle de Aburrá y el Nordeste de Antioquia desde hace más de un siglo. “Empezaron haciéndolo con bateas y con el tiempo acumularon recursos y compraron pequeños motores para extraer esos recursos del fondo del río Medellín. El grave problema que tenemos hoy en día es que el Gobierno Nacional desconoció totalmente el concepto de minería de subsistencia a través de barequeo, las minidragas y las motobombas que desaparecen con el nuevo Código de Minas”, explica el líder de los mineros.
Norberto Zuluaga, “Petaca”, cuenta que desde 1986 trabaja en esa zona. Llegó con su familia desde el municipio de San Rafael hace ya 30 años. Dice que el río ha sido su empresa.
-¿Qué piensa de que digan que los que ustedes hacen es ilegal?
-Este río ha sido la fuente de trabajo de toda la vida de nosotros. Ilegal el que tiene retros y está trabajando minas con mercurio o con cosas así, nosotros solo sacamos el oro y lo vendemos así, el polvito.
-¿Entonces por qué los persiguen?
-No sé, esto ilegal nunca ha sido, lo están revolviendo con los que están trabajando ilícitamente, con los que mueven la magia, con la guerrilla, con los paramilitares. Nosotros no tenemos nada que ver con eso. Somos trabajadores, si fuéramos ilegales no estaríamos aquí sino bregando a secuestrar o a matar para vivir fácil y no, estamos es luchándola.
Tradición o no, para las autoridades ambientales las dragas no son tan inofensivas para el río como dicen los mineros. Carlos Andrés Naranjo, subdirector de Regionalización de Corantioquia, corporación autónoma con jurisdicción en la zona, dice que ese tipo de actividad minera afecta la dinámica propia del río, genera socavaciones y sedimentación.
“Nosotros en esa zona, desde Barbosa, hemos hecho visitas de control y vigilancia identificando directamente a los presuntos infractores que están realizando esta actividad. Son actividades que afectan el recurso hídrico, causan problemas de socavación y alteran la dinámica propia del río. Dependiendo del punto en que se encuentren, afectan la fauna y a la flora con la posible carga contaminante que arrojan esos trabajos”, explica Naranjo.
En la actualidad, cursan 13 procesos sancionatorios contra mineros de Porce. Uno de los casos ya fue resuelto: en octubre de 2014 se impuso a uno de ellos una multa por 20 millones de pesos.
A eso, Gómez responde que es cierto que se requiere acompañamiento para mitigar las afectaciones que puedan generar los pequeños mineros, pero se pregunta por qué, en otras zonas del departamento, se permite que las grandes empresas utilicen maquinaria que, para él, tienen mucho más impacto sobre el medio ambiente.
“Las grandes dragas y los dragones las utilizan río abajo en Nechí y Zaragoza donde el río toma otro nombre. Las multinacionales y las grandes empresas las pueden utilizar. Porque tienen licencia ambiental y porque tienen título minero supuestamente no contaminan. ¿A quién se le ocurre pensar que un papel contamina o descontamina el río?”, dice Gómez.
Los muertos flotantes
Una balsa de guadua amarrada a una cuerda hace las veces de ferry para que los mineros atraviesen el río. Cruzan en ella desde la orilla donde se encuentra un cambuche improvisado con sus pertenencias, hasta la orilla contraria, donde permanecen las dragas.
La embarcación es inestable. Viajan no más de tres hombres por vez para equilibrar el peso y evitar que cualquiera de ellos caiga al agua en la parte más profunda. En caso de naufragio, el problema no es mayor, los mineros nadan con agilidad, conocen el río y sus caprichos.
Por eso es que ellos, los hombres que explotan el oro que se esconde en el Porce, son los rescatistas de oficio de los cadáveres que arrojan al río en Medellín y flotan hasta esas aguas luego de superar las piedras y rápidos.
Dicen ellos que cada tanto baja uno de esos muertos flotantes. Los ven desde la balsa o desde sus dragas, los alcanzan, los acercan a la orilla y esperan a que alguien interesado pase a preguntar.
“Nos avisan o viene la familia a buscarlos y si los vemos los echamos para la orilla - dice ‘Petaca’- Los sacamos para para que los reconozcan, para ver si es el que están buscando. Eso es muy duro, pero le toca a uno enseñarse porque este río es la fuente de uno”.
El capitán Juan Miguel Aguirre, comandante de los Bomberos de Barbosa, dice que en 2014 fueron recuperados 10 cadáveres en el tramo que les corresponde a sus hombres, eso sin contabilizar aquellos que puedan haber pasado de largo.
“La labor de los mineros para encontrar personas desaparecidas ha sido fundamental, muchas veces son ellos los que avistan los cuerpos y nos avisan. También en zonas donde conocen el río son ellos los que aseguran los cuerpos. En algunos casos son tercos, se tienen confianza en el agua y se meten así uno les diga que no”, dice el comandante.
Aguirre dice que recuerda años con más de 25 rescates en el río. En 2015 solo se ha recuperado un cuerpo. En la época más violenta, cuentan los mineros, pasaban hasta cinco cadáveres en un día. “Eso fue en los tiempos del Bloque Metro”, dice “Petaca”.
Ya no son tantos, pasan dispersos. “Anteriormente se veía pasar con frecuencia bastantes muertos. Había mucha violencia y acostumbraban tirarlos para desaparecerlos. Ahora ha estado más menguado”, cuenta “El Pájaro”.
Desde una draga, uno de los maquinistas ve pasar al primer animal muerto de la jornada. Silba para llamar la atención, se ríe y apunta con el dedo. Señala el cuerpo de un marrano mediano, rosado, con manchas negras. Luego pasa un gato, vuelve a señalar. Así es el río.