Ese fenómeno los humanos lo hemos llamado migración y, durante muchísimo tiempo, significó un gran misterio para la ciencia, pues la pregunta ¿Por qué en el trópico hay aves que se ven todo el tiempo y hay otras que durante una época específica del año desaparece?, solo pudo ser respondida hace relativamente poco, cuando se lograron desarrollar estudios profundos en ornitología, de la mano de la tecnología más avanzada, que empezaron a dar cuenta de que efectivamente, muchas especies abandonaban los territorios en determinada época del año.
Pero, ¿por qué migran? “Por la ausencia de recursos en sus áreas de distribución y de reproducción durante algún periodo de tiempo, que por lo general, coincide con el invierno”, responde el profesor del Instituto de Biología de la Universidad de Antioquia, Héctor Fabio Rivera. Es decir, lo que se sabe hasta ahora es que las aves migran, por lo general, desde los polos hacia los trópicos para buscar alimentos cuando en sus territorios, por condiciones, son escasos.
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Sin embargo, ellas no se quedan en el trópico, no, regresan a sus áreas originarias para la temporada de reproducción. “Anualmente, a Colombia llegan 275 especies de aves migratorias, de las cuales 154 provienen de Norteamérica, 23 de Suramérica y 25 son aves marinas, en busca de alguna playa, estero, humedal o bosque donde puedan alimentarse y descansar ya sea por unas horas o por varios meses”, según datos del World Wildlife Fund (WWF).
Así que, a las que provienen del hemisferio sur se les llama migraciones australes y han sido muy poco estudiadas, mientras que las que provienen del hemisferio norte se les llama migraciones boreales, y seguro ha oído hablar de ellas en los últimos días debido a que durante los meses de octubre, noviembre y diciembre, de cada año, suelen llegar y avistarse familias completas de pájaros proveniente de esa parte de la tierra, sobre los cielos del Valle de Aburrá, hasta que entre marzo, abril y mayo, inician su retorno, dependiendo de las características físicas, de las necesidades, del tipo de preparación o la estrategia de migración de cada especie.
¿Y cómo es que pueden orientarse para migrar? ¿Las rutas son heredadas culturalmente entre individuos? “No —dice Andrea Lopera, profesora de Ornitología de la Universidad CES—, o por lo menos aún no tenemos evidencia científica de que eso suceda. Lo que pasa es que las aves migratorias detectan la dirección del campo magnético de la Tierra y usan esos campos magnéticos para orientarse, que es algo muy particular y sorprendente. También se guían por el mapa estelar porque ellas instintivamente saben por dónde sale el sol, por dónde se esconde y saben, en general, orientarse por las estrellas. Lo otro es que, en algunos casos, guardan memoria de las áreas que recorren”.
La razón por la que suelen verse aquí, por ejemplo, es que el Valle de Aburrá tiene altitudes desde los 700 hasta los 3.200 metros, y los cambios de paisaje y de clima que esas altitudes ofrecen, facilitan la llegada de las poblaciones de aves que no eran de la región, así como también lo hacen la “conexión con otras ecorregiones en los puntos extremos, a través de ríos como el Cauca o el Magdalena”, como puede leerse en el libro, de varios autores, Guía Fotográfica de las Aves del Valle de Aburrá.
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Además, existen tres tipos de migraciones. Las altitudinales, que están “asociadas al cambio de elevación de la especie (de un piso térmico a otro)” que se da usualmente dentro del mismo territorio, explican en WWF. Por ejemplo, viven a 1.000 m.s.n.m. y ascienden a los 2.000. Las horizontales, que son más grandes pero que se mueven en la misma franja de latitud dependiendo de los regímenes de lluvia y de sequía en la región. Y las latitudinales, que “en el caso de las aves son las más comunes —anota Héctor Fabio—. Implican desplazamientos entre países, como cuando en Colombia, preciso lo que sucede en este momento, nos visitan aves de Estados Unidos y de Canadá, para pasar la temporada invernal del hemisferio norte, y una vez allá es nuevamente primavera, regresan para reproducirse”.
Independiente del tipo de migración que use cada especies, muchas migran de día, pero la mayoría lo hacen de noche, por lo que la salida y la ocultada del sol y las estrellas son importantes a nivel visual, y si hay nubes durante los trayectos, se guían por los campos magnéticos, esto porque se ha descubierto que migrar de día significa exponerse al sol y a un gasto energético innecesario y también es una estrategia para no exponerse a los depredadores.
“En este momento en Medellín, por ejemplo, se ve a muchísimas aves pasar de noche, que no propiamente se quedan, otras sí se quedan y la gente incluso las reconoce porque su repertorio vocal es muy distinguible, algunas de ellas son la Setophaga fusca (reinita gorginaranja), el Buteo platypterus (águila cuaresmera), la Catharus ustulatus (mirla buchipecosa); la Piranga rubra (tángara roja migratoria), el Contopus virens (Pibí oriental), la Cardellina canadensis (es otra reinita), el Pheucticus ludovicianus (degollado), la Mniotilta varia (es una reinita común), la Parkesia noveboracensis y la Setophaga petechia (una reinita más)”, concluye Andrea.
Por último, cabe mencionar que pese a lo que se creería, las aves migratorias no generan ninguna competencia en términos de alimento con las especies residentes, ya que su llegada al trópico coincide con una época de abundancia de los recursos; que hacen control de insectos en los cultivos a los que llegan, dispersan semillas y polinizan plantas; y que las largas travesías a las que se exponen para encontrar alimento, refugio y descanso, llevan consigo un montón de peligros, tanto, que en el 2018 las Naciones Unidas comunicaron que el 40% de las poblaciones migratorias en el mundo se encuentra en un declive población, lo cual equivale a decir que “1 de cada 8 corren peligro de extinción”.