“Sobrevivimos”. Esa palabra, dicha a secas, de manera lacónica, es la respuesta de los teatreros de Medellín cuando se les pregunta por 2020. Mientras los artistas hacen cuentas y malabares para que las salas no se cierren para siempre, las butacas, desoladas, esperan el día en que puedan ser ocupadas de nuevo.
Catalina Murillo, gestora cultural del Pequeño Teatro, relata la angustia vivida en marzo, cuando comenzó la cuarentena: “Nuestros ingresos dependen en un 56 % de la taquilla. A pesar de la difícil situación económica, que comenzó en marzo, tuvimos la fortuna de aguantar todos juntos. No tuvimos cabeza ni corazón para echar a nadie”.
Andrés Moure, director académico de ese mismo teatro, completa la historia. El peor momento, dice, fue cuando se alargó la primera cuarentena, el 13 de abril. “Ese primer alargue fue un golpe muy fuerte. Para sobrevivir tuvimos que acceder a un crédito, pero aún así terminamos el año en saldo en rojo, dejando los pelos en el alambrado, como se dice”, precisa Moure.
Siete meses exactos después de la última función, el Pequeño Teatro volvió a las tablas con Muerte en la calle y el Solar de los Mangos, entre otras obras. Sin embargo, no todos los teatros han abierto.
Néstor López, director del Porfirio Barba Jacob, explica que el tradicional escenario de los bajos de las Torres de Bomboná decidió no abrir este año. Entre otras cosas, porque el teatro queda en un sótano y una de las recomendaciones para recibir público es no encender el aire acondicionado. Al ser subterráneo, el calor “sería insoportable sin esa ventilación. Sin embargo, tenemos todas las esperanzas de reabrir el otro año”, expresó López.
Salto a la virtualidad
Con los cierres, los teatros no tuvieron más remedio que volcarse al mundo virtual. Así lo hizo el Matacandelas, otro ícono de la ciudad. Las funciones de ese centro cultural, dice Samuel Marroquín, uno de sus actores, se vivieron solo en la pantalla hasta el pasado 28 de noviembre, cuando lograron, con aforo limitado de 50 personas, celebrar la temporada navideña con la obra Cena de Navidad.
Al comienzo, recuerda el actor, cobraban $20.000 por función virtual. “Nos fue bien, pero después la gente fue disminuyendo y tuvimos que bajar el precio a $10.000”, acepta Marroquín. Algo parecido le sucedió al Pequeño Teatro. Fueron uno de los pioneros en trasladar las obras a la virtualidad. Como es su costumbre desde 1975, cuando abrieron sus puertas, pedían al público un aporte voluntario. “Lo más difícil fue monetizar. La gente mostró mucho entusiasmo al comienzo. Montamos las obras con menos actores y tuvimos que aprender a editar. Pero, con el tiempo, hubo una sobreoferta y el público comenzó a disminuir”, dice Moure.
El Ateneo Porfirio Barba Jacob no se quedó atrás. López, su director, dice que el teatro no podía detenerse porque el arte es “el alma y el alma no puede detenerse”. Por eso se mudaron a las redes sociales con el proyecto Diverciudad, en el que se enmarcaron obras de teatro, lanzamientos de libros y exposiciones. “Nos fuimos a Facebook. Desde el 16 de marzo hasta la actualidad nos trasladamos allí casi que con la misma programación que estaba contemplada para todo el año”, resume López.
A pesar de que la virtualidad funcionó en su momento, los teatreros sienten un sabor agridulce. No se sienten llenos, dicen, cuando ven al público al otro lado de la pantalla. Moure, desde el Pequeño Teatro, lo resume así: “Con la virtualidad se pierde la esencia del teatro, que es la comunicación con el público. Termina uno haciendo otra cosa, algo nuevo que no puede llamarse teatro”.
El Gobierno nacional estableció en octubre, mediante la resolución 1746, que el aforo para cines y teatros es de 50 personas, pero puede ampliarse gracias a que grupos familiares de hasta cuatro personas pueden asistir sin tener que separarse de a dos metros.
El Pequeño Teatro alcanzó a hacer 31 funciones postcuarentena. En su sala más grande, que es para 400 personas, lograron habilitar 112 sillas, teniendo en cuenta a grupos familiares. “Nos agradó mucho que el público estaba ansioso por volver, eso nos llena. Pero económicamente no es rentable”, dijo la gestora Murillo.
Ese factor es el que no ha permitido que el Pablo Tobón abra sus puertas de nuevo. Luz María García, coordinadora de comunicaciones de ese teatro, explica que lograron sobrevivir gracias a los contenidos audiovisuales que les están ofreciendo a empresas externas. “Sobrevivimos, pero por ahora no es viable la reapertura del teatro. Tenemos 886 sillas. Para funcionar, la menos, necesitaríamos un aforo del 50 %, cosa que hoy no se puede. Tenemos permiso para 50 personas. ¿A cuánto tendríamos que cobrarles la boleta para cubrir los gastos”, se pregunta.
El 4 de diciembre, sin embargo, hicieron cuatro recorridos con 50 visitantes cada uno. Les mostraron el teatro y les presentaron un show musical. “Una señora casi se pone a llorar de la emoción”, rememora la coordinadora de comunicaciones. Es el único acto presencial que han hecho desde marzo.
Desde el Pablo Tobón esperan, igual que en el Barba Jacob, que en 2021 haya las condiciones para la reapertura.
Una mano para los teatreros
Álvaro Narváez, secretario de Cultura (e) de Medellín, dice que este año se hizo un aumento en el programa Salas Abiertas, que brinda recursos a los teatros. En total, advierte, destinaron 2.300 millones. Algunos de esos recursos fueron utilizados para el despliegue audiovisual al que se vieron obligados los teatreros.
El 4 de diciembre fomentaron el programa Nos nueve la cultura, que tuvo como fin promover el regreso de visitantes a museos, centros culturales y teatros. “Acompañamos los protocolos de todas las salas ese día. La inversión fue de 200 millones. Además, apoyamos al Matacandelas, el Pablo Tobón y el Matacandelas con la celebración del Festival Altavoz”, cuenta Narváez.
Moure, desde el Pequeño Teatro, dice que se ha sentido la compañía de la administración. “Creo que somos ciudad ejemplo en cultura. Acá no se cerró una sola sala de arte y tenemos buenas expectativas del 2021”, concluyó el teatrero.
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