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Una firma en 1926 y cien años después: cómo la Cruz Roja de Antioquia sigue cambiando vidas en Medellín

La entidad humanitaria hace presencia en varios municipios del departamento y tiene un nutrido cuerpo de voluntarios para las labores de ayuda, rescate y bienestar de las poblaciones.

  • La Cruz Roja cumple 100 años y registramos tres historias de personas a quienes la entidad les cambió la vida. FOTOS Archivo, cortesía y Camilo Suárez
    La Cruz Roja cumple 100 años y registramos tres historias de personas a quienes la entidad les cambió la vida. FOTOS Archivo, cortesía y Camilo Suárez
  • Luis Eduardo y Pablo Mateo dicen que el voluntariado en la Cruz Roja les cambió la vida. FOTO Cortesía.
    Luis Eduardo y Pablo Mateo dicen que el voluntariado en la Cruz Roja les cambió la vida. FOTO Cortesía.
  • A Alejandra Morales la Cruz Roja le cambió la vida. FOTO Camilo Suárez
    A Alejandra Morales la Cruz Roja le cambió la vida. FOTO Camilo Suárez
hace 1 hora
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El 7 de junio de 1926 se firmó el acta de fundación de la Cruz Roja de Antioquia. Un año y unos días después, el cuerpo de voluntarios atendió la tragedia provocada por el deslizamiento de tierra que cubrió una parte de la fábrica de tejidos de Coltejer –conocida con el nombre de Rosellón–, en Envigado. Según la información disponible, en ese hecho murieron dos decenas de personas, se taponó la quebrada La Ayurá y varios edificios quedaron casi en la ruina. Con una firma y con la atención de una tragedia comenzó en Antioquia la historia del movimiento humanitario que hace presencia en los lugares en que se necesita una mano amiga, una atención rápida o una atención de primeros auxilios.

Un siglo después de la firma de creación y de la catástrofe, la Cruz Roja de Antioquia tiene mil voluntarios: 590 en las unidades municipales y grupos de apoyo y 410 en Medellín. Por fuera de la capital departamental, la entidad humanitaria hace presencia en Necoclí, Turbo, Apartadó, Chigorodó, Segovia, Amalfi, Girardota, Copacabana, Itagüí, Andes, Jardín, Barbosa, La Ceja, Puerto Berrío, Caucasia y Zaragoza.

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Para contar un trocito de esta historia, EL COLOMBIANO conversó con un padre e hijo que en distintos momentos hicieron parte del voluntariado de la Cruz Roja y con una profesional que encontró la brújula de su vida profesional gracias a las gestiones de la entidad.

Padre e hijo encontraron vocación en el voluntariado

Luis Eduardo y Pablo Mateo dicen que el voluntariado en la Cruz Roja les cambió la vida. FOTO Cortesía.
Luis Eduardo y Pablo Mateo dicen que el voluntariado en la Cruz Roja les cambió la vida. FOTO Cortesía.

La invitación a una brigada escolar en un colegio de Medellín se convirtió en un proyecto de vida que ya suma más de tres décadas y une a dos generaciones de la familia Montoya. Luis Eduardo (papá) y Pablo Mateo (hijo) dicen que el voluntariado en la Cruz Roja les cambió la vida.

La historia comenzó en 1996, cuando Luis Eduardo era estudiante de décimo grado en el colegio Liceo El Pedregal. Una profesora impulsó la creación de una brigada escolar de emergencias con el apoyo de voluntarios de la Cruz Roja. Aunque en principio no estaba incluido en el grupo, Luis Eduardo asistió a una reunión convocada para los estudiantes interesados. “Entré por curiosidad, pero después encontré un propósito”, dice.

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Uno de los momentos que marcó su decisión ocurrió después de recibir una capacitación básica en primeros auxilios. Esa misma noche, su abuela sufrió una caída y una herida en la cabeza. Gracias a los conocimientos adquiridos, la atendió mientras la llevaban al centro asistencial. “Cuando el médico le dijo a mi papá que el vendaje que le hice ayudó a salvarle la vida, supe la importancia de lo que estaba haciendo”.

A partir de entonces se vinculó de lleno al voluntariado. Durante 23 años hizo parte de la Cruz Roja, donde recibió formación en primeros auxilios, atención prehospitalaria, rescate y salvamento acuático. Con el tiempo se convirtió en instructor y formador de salvavidas. Su experiencia también le abrió puertas laborales. Ha sido instructor, integrante del Cuerpo Oficial de Bomberos de Medellín y actualmente está en el sistema de emergencias del 123.

La relación de la familia con la institución no terminó allí. Pablo Mateo creció rodeado de voluntarios. Desde niño acompañaba a su padre a las actividades. Sin embargo, durante varios años no tuvo mayor interés por seguir sus pasos. La situación cambió después de atravesar una etapa difícil en la adolescencia. En medio de ese proceso decidió acercarse nuevamente a la Cruz Roja. “Ahí encontré personas que me enseñaron y me ayudaron a descubrir lo que quería hacer con mi vida”, cuenta.

Ingresó en calidad de voluntario juvenil y participó en actividades de atención de emergencias y gestión del riesgo. Esa experiencia despertó su interés por el área de la salud. Posteriormente estudió Tecnología en Atención Prehospitalaria en la Universidad CES y hoy cursa cuarto semestre de Medicina.

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Papá e hijo coinciden en que el voluntariado va más allá de la atención de emergencias. Dicen que la Cruz Roja ofrece espacios para el trabajo comunitario, el acompañamiento a población vulnerable, la educación, la gestión del riesgo y la promoción de la salud. “Uno llega con ganas de ayudar, pero termina encontrando amigos, maestros y oportunidades para crecer como persona”, dice Pablo.

Para Luis Eduardo, la experiencia dejó una huella permanente. “La Cruz Roja me enseñó a servir y me mostró que ayudar a otros puede cambiar una vida. En mi caso, cambió la mía y también la de mi hijo”, concluye.

Una joven encontró en la educación una nueva oportunidad

A Alejandra Morales la Cruz Roja le cambió la vida. FOTO Camilo Suárez
A Alejandra Morales la Cruz Roja le cambió la vida. FOTO Camilo Suárez

A los 18 años, Alejandra Morales vivía entre el consumo de drogas, la inestabilidad económica y largas jornadas en las calles de Medellín. Hoy, con 28 años, es psicóloga independiente, atiende pacientes y cursa una especialización en trauma y trauma complejo. Su recorrido se cuenta rápido, pero fue difícil.

Morales llegó a Medellín junto a su madre y dos hermanas después de ser desplazada por la violencia. La familia se instaló en la comuna 1, Santo Domingo, una zona que en ese momento recibía a numerosas familias víctimas de la violencia. Allí conoció algunos de los programas de atención humanitaria de la Cruz Roja, que brindaban mercados, ropa, recreación y acompañamiento a las comunidades vulnerables. Sin embargo, al terminar el colegio, cuando tenía 17 años, cayó en las tentaciones de la calle.

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Sin posibilidades inmediatas de estudio ni empleo, se envició a las drogas. Vivió un año en la calle. “Me encontré con la heroína y con el bazuco. Empecé a ver situaciones que sabía que no tenían retorno”, dice.

La decisión de buscar ayuda llegó después de varios episodios críticos. Posteriormente ingresó a un programa de formación técnica impulsado por la Cruz Roja en alianza con el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA). Allí estudió operaciones comerciales para almacenes de cadena y realizó prácticas en una tienda de un supermercado de cadena.

Aunque la experiencia le permitió obtener ingresos y adquirir experiencia laboral, al finalizar el proceso no logró vincularse laboralmente. Sin empleo nuevamente, vendió confites en los semáforos del sur de Medellín y aprendió malabares y rap callejero para obtener ingresos. Fue durante esa etapa cuando recibió una nueva llamada de la Cruz Roja. Esta vez la invitaban a participar en un programa preuniversitario desarrollado junto con la Universidad de Antioquia.

El objetivo era preparar a jóvenes de sectores vulnerables para presentar los exámenes de admisión a la educación superior. Morales se presentó inicialmente para estudiar Psicología, pero olvidó la fecha del examen. Ante esa situación, la organización gestionó alternativas con universidades privadas. Así logró ingresar al programa de Psicología de la Fundación Universitaria Luis Amigó.

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La Cruz Roja financió sus dos primeros semestres. Después, Morales trabajó de empleada doméstica y cuidadora de adultos mayores para cubrir parte de los costos de matrícula. Más adelante obtuvo una beca de Sapiencia, que financió el resto de su carrera y le otorgó apoyo de sostenimiento.

De los jóvenes que participaron en aquel proceso educativo, fue la única que logró graduarse.

Durante sus estudios realizó las prácticas profesionales en la misma Cruz Roja. En 2023 regresó a los barrios donde había participado en programas comunitarios, esta vez en calidad de psicóloga en formación encargada de orientar actividades y procesos de acompañamiento.

Tras graduarse, enfrentó nuevamente dificultades para ingresar al mercado laboral. Las ofertas exigían experiencia, especializaciones o posgrados. Después de varios intentos fallidos decidió abrir su propio consultorio. Desde hace un año comenzó ejerce de manera independiente. Según cuenta, durante el año pasado realizó cerca de 600 consultas psicológicas y alrededor del 70 % de sus pacientes continuaron en tratamiento este año.

“La Cruz Roja permite potencializar capacidades de personas que quizá no creen en sí mismas, pero la organización sí cree en ellas y ayuda a desarrollarlas”, dice.

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