Si se mira el Premio Nobel de Paz a la luz de la experiencia ajena, su efecto no parece tan relevante como ha sido históricamente la pompa alrededor del galardón.
En 1994, el asesinado primer ministro israelí Isaac Rabin, el fallecido líder palestino Yasser Arafat y Simón Peres, que murió la semana pasada con el rótulo de Nobel, recibieron el reconocimiento por su proyecto inconcluso de acuerdo de paz entre los dos estados.
Transcurrieron 22 años y el conflicto árabe israelí se mantiene, “dejando muy claro que la experiencia de aquel Nobel famoso no tuvo ningún impacto”, dice Luis Eduardo Bosemberg, historiador de la Universidad de Los Andes, para quien un electorado y unos líderes israelitas cada vez más hacia la derecha, la actitud pusilánime de Estados Unidos y el silencio de Europa impidieron el progreso de las ideas de los premiados, que partieron sin haber visto resueltas las diferencias.
En diciembre de 2009, tan solo dos meses después de convertirse en Nobel por “sus esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional”, Barack Obama ordenó incrementar la presencia de EE. UU. en Afganistán con 30.000 soldados, y los bombardeos posteriores en Afganistán, Libia, Somalia, Pakistán, Yemen, Irak y Siria le confirman a Enrique Serrano, profesor de la facultad de Relaciones Internacionales de la Universidad del Rosario, que “este es un premio de naturaleza estrictamente política”.
De hecho, para Serrano, el Nobel de Paz no garantiza que la paz de Colombia salga adelante. Primero, porque con la decisión de una mayoría de colombianos del domingo pasado, el acuerdo no está concluido, y luego, “aún si estuviera firmado, la paz es una apuesta al aire, mientras un premio Nobel es una conjetura, una apuesta de buena fe”, reflexiona.
Por esta línea opina Bosemberg, incrédulo de que en los asuntos internos del país cambien con un Santos laureado. “Los noruegos jugaron una carta importante políticamente. Han mostrado a quién apoyan, pero aquí la gente, Uribe y sus aliados se encogerán de hombros. Dudo que cambie la opinión de los sectores opuestos a la paz”, anota el historiador.
No obstante, para Vicenç Fisas, exdirector de la Escuela de Cultura de Paz de la Universidad Autónoma de Barcelona, el hombre que conoce el abecé de los procesos de paz del mundo y el mismo que asesoró a Colombia en la fase exploratoria de los diálogos, Colombia no está maldita ni destinada al fracaso, y tampoco puede compararse con Israel.
“Es cierto que muchas veces el premio no termina teniendo efecto, pero incluso para el caso de Israel y Palestina, a los que se les galardonó su intento de acuerdo, eso dio esperanza y fue incentivo para decirles que continuaran, y que si fallaban, volvieran a empezar”, apunta Fisas.
Con esa certeza, concluye, Colombia no puede permitirse el lujo de fracasar, “porque no hay ninguna sociedad en el mundo que esté condenada a sufrir la violencia” y porque el Nobel de Paz entrega una poderosa invitación para que “el diálogo se consolide, se mejore, pero jamás se aniquile”.
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