Justo en ese pedazo de oscuridad profunda que precede al amanecer, el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, se enteró de su elección como ganador del Premio Nobel de Paz. Un reconocimiento a lo que para la comunidad internacional es el empeño de un líder que se jugó todo su capital en la negociación con las Farc, una guerrilla virulenta y obstinada que por fin aceptó renunciar a la violencia y las armas. Un espaldarazo para su gobierno derrotado en un plebiscito que, contra todo pronóstico en las encuestas, alteró las fuerzas del escenario político nacional y obligó a reconsiderar los contenidos del Acuerdo para la Terminación del Conflicto en el país.
Hay que reconocer en el jefe del Estado la sensatez con que actuó, desde el domingo pasado en la noche, cuando invitó a trabajar en la construcción de un consenso nacional para discutir los contenidos de lo pactado con las Farc, actitud que, entre otras, destacó el Comité del Nobel en el acta de un premio que no deja de ser un bálsamo para una nación que hoy coincide en que quiere la paz, pero que cree indispensable ajustar las condiciones para lograrla.
Los liderazgos, según sus objetivos, suelen ser impopulares y dependen en extremo de los resultados. Ahora Santos los tiene: consiguió, con imperfecciones y polémicas, que las Farc marchen sin retorno hacia su desmovilización y conversión en movimiento político. Y que aun ayer reiterasen desde Cuba que respetan el cese definitivo de hostilidades y que están abiertas a examinar los asuntos que cuestionan los ganadores del plebiscito, los del No.
Con esos mismos opositores, incluido el expresidente Álvaro Uribe, su más enconado crítico a lo largo de las negociaciones, definió un comité para, en el menor tiempo posible, trabajar correcciones al Acuerdo que serán luego llevadas a la mesa de La Habana.
Juan Manuel Santos volcó y unió al país en las últimas horas tras la idea de no perder la oportunidad histórica de poner fin a 52 años de conflicto interno con las Farc. Lo destacó el Comité del Nobel en sus consideraciones: el hecho de que la mayoría de los votantes dijera No al acuerdo de paz en el plebiscito no significó que el proceso de paz esté muerto. No fue un voto a favor o en contra de la paz. Lo que se rechazó fue el acuerdo específico.
El Nobel, además, honra a las víctimas del conflicto armado interno: más de 250 mil muertos, seis millones de desplazados y por lo menos siete millones de afectados. Víctimas de todos los estratos y regiones que, con este premio puesto en la figura del presidente, recobran un lugar preponderante en el proceso y ante las cuales la comunidad internacional y nacional expresan sus mayores preocupaciones y exigencias.
Este viernes, que pasa a ser fecha memorable de la nación, afianza la convicción de que es factible desatrancar el acuerdo con las Farc y dar el paso inmediato a su desarme y la disolución irreversible de su alzamiento contra el Estado.
No es de buen recibo, eso sí, que en las postrimerías de la negociación con las Farc, el Comité Noruego hable -como lo han hecho otros actores internacionales- de parar 52 años de “guerra civil” en Colombia. Las Farc no representan ni estuvieron integradas nunca por un porcentaje siquiera significativo de la población ni mucho menos encarnaron las aspiraciones de la sociedad civil en el territorio. Lo demostró el plebiscito y lo ratifica la espera de las víctimas que han querido, con generosidad, perdonar a los subversivos.
Por eso este Nobel abre puertas al logro de una reconciliación general, nacional, más unánime e incluyente. Un premio que merece el presidente Santos, a quien felicitamos, por sus esfuerzos de paz “hasta el último momento”. Pero también como tributo a un pueblo cansado de amanecer en medio de la destrucción y el dolor causados por las Farc.