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Ministro, es la salud la que está llorando

Al Gobierno no le ha bastado con dejar a pacientes sin medicamentos y tratamientos, sino que ahora además le dan una cachetada al personal de salud.

hace 9 horas
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  • Ministro, es la salud la que está llorando

El ministro de Salud, Guillermo Alfonso Jaramillo, pronunció una frase que difícilmente podría ser más desafortunada y ofensiva para el país en el contexto actual: “los ricos también lloran”. Con esas palabras, pretendió minimizar la legítima preocupación del gerente del hospital San Rafael de Itagüí, quien advirtió públicamente que no ha tenido como pagar los salarios de los 460 empleados desde octubre.

El comentario del ministro Jaramillo da cuenta del estado de negación en el que se encuentra el alto gobierno frente al colapso del sistema de salud. No les ha bastado con dejar a pacientes sin medicamentos y tratamientos, sino que ahora además le dan una cachetada al personal de salud con el que la humanidad está eternamente agradecida por la manera como se sacrificaron en la pandemia.

El hospital San Rafael no es una clínica privada ni un bastión del privilegio: es un centro público que atiende, en su mayoría, el régimen subsidiado, es decir, a personas con Sisbén. La población a la que este gobierno dice defender con vehemencia.

Este hospital, como muchos otros en Colombia, arrastra deudas asfixiantes, en gran medida porque las EPS que Gustavo Petro arrebató para que el Gobierno las administrara, no están pagando por los servicios prestados. En otras palabras, el ministro como representante del Gobierno no cumple con su tarea de mantener estable el sistema de salud, pero sí está dispuesto para, de manera cínica, burlarse de un gerente que no es más que una víctima de su mala gestión.

Como si fuera poco, el mismo día en que el gerente del hospital dejó rodar unas lágrimas de dolor, la esposa del Ministro, como funcionaria de la Superintendencia –otro detalle grosero de nepotismo–, decidió abrir una auditoría al hospital como si se tratara de una retaliación contra el gerente.

Mientras tanto no paran los escándalos del Ministerio de Salud. Un informe publicado este domingo por EL COLOMBIANO dejó claro que el gobierno está gastando la plata de la salud de los colombianos de una manera bastante opaca. Petro le ha destinado 15,7 billones de pesos al rubro “programas de desarrollo de la salud”.

Los anteriores gobiernos destinaban a ese rubro máximo 300.000 millones de pesos. Estamos hablando de un aumento de más de 1.500%. El problema no es solo la cifra desproporcionada, sino, y sobre todo que al preguntarle al ministro o al Ministerio por la destinación de estos recursos, no rinden cuentas al país. Ni a las asociaciones de pacientes, ni a los congresistas ni a los medios de comunicación. ¿Dónde está esa plata? ¿Qué han hecho Petro y Jaramillo con la plata de la salud de los colombianos?

La estrategia del Gobierno de desplegar los llamados Equipos Básicos de Salud, aunque en teoría se presentan como una manera de ampliar la cobertura en territorios marginados, está generando creciente preocupación por su uso con fines proselitistas. La falta de transparencia en su implementación, la presencia de funcionarios sin formación médica suficiente y la utilización de estos equipos como mecanismo de presencia política en regiones estratégicas encienden alarmas sobre una politización de la salud. ¿Es esta una verdadera política pública o tiene algo de campaña encubierta?

La crisis es grave y no se queda solo en los hospitales. En el primer semestre de 2025 se cerraron 6.084 servicios médicos en el país, según la Unión de Instituciones prestadoras de servicios de salud (Unips). Y el año pasado murieron 2.436 personas con enfermedades raras agravadas por la falta de atención o medicamentos, según la federación de este tipo de dolencias.

En este contexto, la expresión del ministro, lejos de ser una embarrada aislada, revela una preocupante frivolidad del Gobierno frente a una crisis estructural.

El ministro Jaramillo, lejos de mostrar empatía o asumir responsabilidad, se refugia en un discurso donde todo se reduce a una lucha de clases mal planteada. En su lógica, si alguien reclama, debe ser porque pertenece a un sector privilegiado o actúa al servicio de intereses económicos. Para el gobierno el problema no es financiero ni de administración: es “narrativo”. Todo es ideología, todo es relato. Incluso sin importarles que hay vidas en juego.

El representante del gobierno de Gustavo Petro está tan encerrado en su visión de mundo, que confunde a un gerente angustiado con un burgués arrogante. Y mientras tanto, quienes sí lloran —y con razón— no son los ricos: son los pacientes que no encuentran atención, y los trabajadores que no reciben salario.

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