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Groenlandia: Más que un pedazo de hielo

Groenlandia es un símbolo del nuevo orden mundial que se configura: donde la soberanía, los recursos y la fuerza se entrelazan de maneras que obligan a repensar el papel de cada actor global.

hace 1 hora
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  • Groenlandia: Más que un pedazo de hielo

La disputa geopolítica en torno a Groenlandia, protagonizada por el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, no debe interpretarse como una simple excentricidad personal ni como un episodio aislado. Representa, más bien, una señal clara del reacomodo del poder global en un escenario donde los recursos estratégicos, las rutas marítimas y la influencia militar se disputan sin diplomacia y con escasa consideración por la soberanía de los territorios involucrados.

Por lo pronto, el discurso belicista de Donald Trump sobre Groenlandia ha sido frenado en seco por la comunidad mundial. En el Foro Económico Mundial de Davos, Europa logró parar el golpe, pero está esperando el siguiente, porque si hay algo seguro en las relaciones internacionales actuales es la volatilidad del líder estadounidense. El Viejo Continente, y de paso el resto del mundo, aprendió lecciones de esta experiencia y confirmó que ya nada volverá a ser como antes.

La insólita ofensiva para “adquirir” a toda costa Groenlandia y el anuncio de imponer nuevos aranceles sobre ocho países europeos, seis de ellos Estados miembros de la Unión Europea, tenía caldeado el ambiente en Davos. Trump llegó a hacer un derroche de su estilo chantajista, ofensivo y burlón, pero se encontró con un mensaje coordinado, calmado y firme por parte de los europeos. Aparentemente cedió ante la presión al ver el costo que eso podría traer para él, aunque no renunció a sus objetivos a largo plazo. El resultado fue una pausa táctica: el lenguaje de las amenazas cedió, momentáneamente, al de las concesiones negociadas. Pero nadie se engaña. La presión geopolítica sobre el Ártico continuará.

Trump lleva años codiciando este territorio que no es solo un “pedazo de hielo” como él lo describió hace poco. Los expertos calculan que en su subsuelo existen aproximadamente entre un 15% y un 20% de las tierras raras no explotadas del planeta, además de grandes reservas de petróleo y gas. El Servicio Geológico de Estados Unidos cifra el potencial en 17.000 millones de barriles de crudo y 148 billones de pies cúbicos de gas.

Si a lo anterior se le suma que el deshielo facilita la posibilidad de tener en el Ártico nuevos atajos marítimos como alternativa a las rutas de Suez o Panamá, se puede concluir que este no es un simple capricho del norteamericano. De hecho, magnates como Bill Gates, Jeff Bezos y Sam Altman han invertido cientos de miles de dólares en una empresa llamada KoBold Metals que utiliza Inteligencia Artificial para localizar yacimientos minerales estratégicos. Groenlandia se convierte así en una pieza clave dentro del ajedrez global por el control de los recursos del siglo XXI.

A este interés económico se suma una dimensión militar. Estados Unidos teme el creciente despliegue ruso en el Ártico, que incluye sistemas de ataque de corto alcance capaces de alcanzar su territorio. Y, dado que Trump ha mostrado escasa confianza —cuando no desprecio— hacia sus aliados tradicionales, busca asegurar el control directo de zonas sensibles.

Muy seguramente Groenlandia acabará aceptando una fórmula de soberanía compartida donde la OTAN ejerza un papel clave, mientras Estados Unidos saca tajada de la riqueza mineral y geológica de la isla, a la vez que aumenta su presencia militar. Aún no está claro en qué va a consistir el pacto, pero Mark Rutte, como Secretario General de la OTAN ha conseguido rendir la suficiente pleitesía a Trump como para frenar el acoso. Se dice que hubo una oferta en particular que pudo haber aplacado a Trump y es la de transferir por completo a Estados Unidos la soberanía sobre la base de Pituffik, en el norte de Groenlandia. Algo semejante al modelo de Guantánamo, la base naval otorgada a Estados Unidos por el Gobierno cubano en 1902.

Dinamarca, a la que aún pertenece Groenlandia como territorio autónomo, ha sido clara en sus líneas rojas. La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, declaró con firmeza: “Podemos negociar sobre todo lo político: seguridad, inversiones, economía. Pero no podemos negociar sobre nuestra soberanía. Sólo Dinamarca y Groenlandia pueden tomar decisiones en cuestiones que les conciernen”. No obstante, versiones extraoficiales señalan que el debate sobre una fórmula de soberanía compartida o sobre el establecimiento de nuevas bases bajo administración estadounidense sigue abierto, siempre supeditado al consentimiento de los gobiernos danés y groenlandés.

Lo que sí ha quedado claro para Europa es que el tiempo del proteccionismo estadounidense ha terminado. Los europeos comienzan a aceptar que su defensa ya no puede depender del paraguas de Washington, y que deben avanzar con mayor decisión hacia una autonomía estratégica que fortalezca tanto su capacidad militar como su competitividad económica. El caso Groenlandia se ha convertido, en este sentido, en un campanazo de alerta.

Europa no puede seguir actuando como un actor subordinado, dispuesto a ceder bajo presión. Tampoco puede replicar la lógica belicista que hoy domina parte del discurso político global. Pero sí debe asumir un papel más activo y soberano para evitar que otros escriban la historia por ella.

Groenlandia, entonces, no es solo un pedazo de hielo. Es un símbolo del nuevo orden mundial que se está configurando: un orden donde la soberanía, los recursos y la fuerza se entrelazan de maneras que obligan a repensar el papel de cada actor global, incluidos aquellos que —como América Latina— también poseen riquezas estratégicas que podrían volverlos blancos de presiones similares.

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