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Las redes en el banquillo: a responder

La batalla apenas comienza. No se trata solo de proteger a los más jóvenes, sino de poner en cintura a un sistema que, sin controles adecuados, amenaza con moldear no solo conductas individuales, sino el destino colectivo.

hace 1 hora
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  • Las redes en el banquillo: a responder

Por fin hay una luz de esperanza en el tortuoso camino que han diseñado las grandes compañías tecnológicas para pasarse la ley por la faja y dejar a los niños expuestos a los riesgos de las redes sociales. En menos de 48 horas, tribunales de Estados Unidos produjeron dos sentencias que marcan un punto de inflexión: no sólo reconocen la responsabilidad de las plataformas en el diseño adictivo de sus productos, sino que evidencian la ausencia de advertencias eficaces sobre los peligros que entraña su uso.

Meta, la compañía de Marc Zuckerberg, ha sido condenada por un tribunal civil de Santa Fe (Nuevo México) porque su red social Instagram no protege a los menores frente al riesgo de ser contactados por depredadores sexuales. De manera paralela, esa misma empresa, junto con Google (propietaria de YouTube), fue declarada responsable en Los Ángeles (California), por beneficiarse de diseños tecnológicos que fomentan la adicción en niños y adolescentes, con efectos comprobados en su salud mental.

Después de intentos infructuosos para que las tecnológicas asumieran su responsabilidad, los abogados encontraron que la clave estaba en responsabilizarlos no del contenido, como se había hecho hasta ahora, sino del diseño adictivo que daña la salud mental de los más jóvenes. Por esta vez, lo importante no es el fondo sino la forma. El desplazamiento infinito y las recompensas en los juegos no son accidentes del desarrollo tecnológico; son la razón por la que a muchas personas les resulta difícil dejar sus dispositivos, y por la que los jóvenes vulnerables pueden quedar atrapados en espirales tóxicas.

También quedó demostrado que aplicaciones como Facebook e Instagram engañan a las familias diciéndoles que tienen toda clase de sistemas de seguridad para proteger a los menores cuando en realidad no funcionan o son fáciles de evadir. Una de las pruebas que aportaron los abogados fue la creación de un perfil falso en redes sociales de una niña de 13 años que inmediatamente fue inundado con imágenes y solicitudes efectuadas por abusadores de niños.

Esperar que a partir de estas sentencias las empresas se vean obligadas a eliminar todas las funcionalidades diseñadas para mantener a la gente en sus plataformas es muy prematuro. Porque la interacción es el elemento vital de las grandes tecnológicas. Su lógica es clara: a mayor tiempo de permanencia, mayor rentabilidad. Saben que si quieren generar ingresos deben mantener a un gran número de personas conectadas el mayor tiempo posible y hacer que regresen con la mayor frecuencia posible poder bombardearlas con anuncios.

Cabe esperar que los demandados apelen y presenten recursos, pero el precedente que se ha creado es fundamental en la batalla por la protección de los niños. Estas sentencias serán claves para que prosperen las denuncias de miles de familias estadounidenses que se han canalizado a través de varias oenegés, así como para la evolución de una demanda federal que tiene desde hace dos años a 40 fiscales generales de distintos estados en pie de guerra contra las redes sociales.

Aún así, hay que entender que este es el inicio de una gran batalla. Semejante a la que se tuvo que dar contra la industria tabacalera. Los dueños de las tecnológicas en Silicon Valley han actuado con un cinismo pasmoso. Incluso pese a las advertencias de muchos de sus propios empleados, que han llegado a decir que las redes sociales “pasaron de ser un producto que usabas a uno que te usa”.

El precedente, no obstante, es valioso. Puede abrir la puerta a nuevas demandas y fortalecer la presión regulatoria, tal como ocurrió con la industria tabacalera en el siglo pasado. En aquel entonces, también hubo negación, dilación y una defensa férrea de intereses económicos que parecían intocables. Hoy, la historia parece repetirse, con algoritmos en lugar de cigarrillos.

Pero este debate no se agota en la protección de la infancia frente a la adicción. Hay una dimensión igual de inquietante —y todavía insuficientemente abordada—: el papel de las redes sociales en la manipulación de la opinión pública y, en particular, de los procesos democráticos. Plataformas concebidas para conectar personas han terminado siendo instrumentos al servicio de quienes cuentan con recursos y carecen de escrúpulos.

Las llamadas “bodegas”, granjas de bots y estructuras de desinformación operan con una eficacia que supera la capacidad de reacción de las autoridades. No se trata solo de ruido digital: es la distorsión deliberada del debate público. En países como el nuestro, donde las instituciones enfrentan desafíos históricos, este fenómeno adquiere una gravedad especial. La manipulación de tendencias, la amplificación de noticias falsas y la segmentación dirigida de mensajes políticos por parte del Gobierno de turno hacen muy desigual la competencia democrática.

Aquí la discusión vuelve al mismo punto de origen: el diseño. Los algoritmos priorizan el contenido que genera mayor interacción, no el más veraz. La indignación, el miedo y la polarización se convierten en combustible. Y quienes saben explotar esas dinámicas —financiados, organizados y muchas veces invisibles— terminan inclinando la balanza del debate público.

Regular este ecosistema será, probablemente, una tarea tan compleja como la de proteger a los menores del uso excesivo. Pero es una discusión inaplazable. En este caso no basta con limitar el acceso o mejorar controles parentales. Es necesario exigir transparencia en los algoritmos, identificar y sancionar redes de manipulación y, sobre todo, reconocer que el problema no es marginal, sino estructural.

La batalla apenas comienza. Y esta vez no se trata solo de proteger a los más jóvenes, sino de poner en cintura a un sistema que, sin controles adecuados, amenaza con moldear no solo conductas individuales, sino el destino colectivo.

Ha llegado el momento de que esas empresas tan innovadoras, que han creado aplicaciones y servicios muy útiles y jamás imaginados, se hagan responsables de proteger a los niños y a la democracia.

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