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El primer trillonario

Miles de empleados de SpaceX que tenían acciones de la firma amanecieron millonarios. Y Musk alcanzó un hito: primer “trillonario” de la historia, su fortuna supera el billón de dólares.

hace 4 horas
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  • El primer trillonario

Wall Street fue testigo del debut en bolsa más grande de la historia. SpaceX, la compañía de cohetes que Elon Musk fundó en 2002, salió al Nasdaq tras una operación que recaudó 75.000 millones de dólares y vio subir sus acciones un 19%, con lo que la empresa quedó valorada en 2,1 billones de dólares —hace un año valía 400.000 millones—. Cuatro días después superó los 2,65 billones de dólares y desplazó a Amazon como la quinta compañía más valiosa del mundo.

De un día para otro, miles de empleados de SpaceX que poseían acciones de la firma amanecieron millonarios. Y Musk alcanzó un hito sin precedentes: el primer “trillonario” de la historia —por el anglicismo de los titulares—, es decir, el primer ser humano cuya fortuna supera el billón de dólares, un millón de millones.

Como toda hazaña de Musk, esta también ha estado rodeada de polémica. Le cuestionan haber construido un gobierno corporativo para que sea prácticamente imposible removerlo del mando, una intrincada red de transacciones cruzadas entre sus empresas —SpaceX, Tesla, xAI y Starlink se prestan capital, clientes y favores entre sí lo cual incomoda a más de un inversionista institucional— y un perfil político cada vez más beligerante, que ya no se limita a Estados Unidos: su injerencia en debates electorales europeos y su cercanía con gobiernos de derecha plantean una pregunta: ¿qué implica que el hombre más rico del mundo concentre, al mismo tiempo, semejante capacidad de movilizar opinión política e infraestructura crítica como la conectividad satelital?

También se critica la valoración, SpaceX cotiza en bolsa a 92 veces sus ingresos (el año pasado perdió 4.900 millones de dólares sobre ventas de 18.700 millones). No sorprende que algunos análisis la tasen en apenas 780.000 millones (como el de Morningstar), menos de la mitad del precio de su debut. Aunque otro, tan exigente como Aswath Damodaran –el “decano de la valoración”–, le asigna 1,3 billones de dólares. Debajo de la especulación hay un negocio real, pero también un estilo de negocio: pedirle al mercado que financie el futuro mientras el presente sigue en rojo.

Vale la pena recordar cómo llegó Musk hasta aquí. Su fortuna responde a una larga trayectoria de apuestas industriales arriesgadas que han empujado la frontera de la innovación.

El primer ejemplo es Tesla. Cuando Musk apostó por los carros eléctricos, la industria los veía como una curiosidad de ambientalistas. Hoy prácticamente todos los grandes fabricantes compiten por tecnologías similares, y Tesla terminó siendo la primera automotriz en superar el billón de dólares en bolsa y la fabricante del vehículo más vendido del mundo. Lo que parecía una excentricidad redefinió toda una industria.

Con SpaceX, la apuesta fue todavía más audaz. Durante medio siglo, el acceso al espacio estuvo atrapado en una lógica casi artesanal: construir un cohete, lanzarlo y perderlo para siempre. Musk desafió esa premisa y desarrolló cohetes reutilizables que han abaratado drásticamente los lanzamientos, hasta el punto de que su empresa pone hoy en órbita cerca del 80% de toda la carga que se envía al espacio. Su nuevo cohete, Starship —el más grande jamás construido—, busca llevar esa economía un paso más allá. Y como ocurrió antes con el ferrocarril o el contenedor marítimo, una caída radical de los costos abre posibilidades que poco antes resultaban impensables.

La pieza que financia ese sueño, sin embargo, es mucho menos glamorosa: Starlink, su constelación de satélites de internet. Con cerca de 10.000 satélites en órbita y más de 10 millones de usuarios, es el único negocio rentable de SpaceX y el que sostiene toda la operación. Sus antenas han llevado conectividad a zonas remotas, a las trincheras de Ucrania, a aviones y embarcaciones, y hasta las montañas más escarpadas de Antioquia. Y, sobre todo, aspira a ser la columna vertebral de la conectividad del futuro. Lo cual convertiría a Musk en algo más que un empresario exitoso: en el dueño de facto de la infraestructura de comunicaciones de países que dependen de sus satélites para conectarse con el mundo.

Su apuesta más reciente —y más riesgosa— es la inteligencia artificial. Aquí Musk enfrenta una competencia feroz: su Grok va rezagado frente a OpenAI, Anthropic o Google, y el negocio quema caja a gran velocidad, con pérdidas de 6.400 millones de dólares el año pasado, una cifra que se suma a las de SpaceX y dibuja un patrón: cada nueva frontera de Musk exige primero años de pérdidas multimillonarias financiadas por la fe de los inversionistas en que el futuro le dará la razón.

La dirección de su apuesta es clara. La compra de Cursor, una herramienta de programación con IA, por 60.000 millones de dólares, y los ingresos que ya tiene asegurados —Anthropic y Google le pagan decenas de miles de millones al año por alquilar su capacidad de cómputo— muestran hacia dónde apunta su impulso: nada menos que llevar los centros de datos al espacio.

¿Vale SpaceX los 1,8 billones de dólares en que cotiza? ¿Merece Musk esa fortuna? Son preguntas legítimas, y la respuesta está también en la sociedad que decide, o no, regular la concentración de poder económico, tecnológico y político que esa cifra representa. No se puede negar el valor que han creado sus emprendimientos. Guste o no su figura, pocos han hecho tanto por poner al mundo a soñar y, sobre todo, por convertir esos sueños en realidad —pero, también hay que decir, pocos concentran, al mismo tiempo, tanto poder sin que nadie termine de saber bien qué hacer con eso–.

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