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El precio de la desobediencia

Ninguna institución sobrevive si cada quien obedece sólo aquello con lo que está de acuerdo.

hace 2 horas
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  • El precio de la desobediencia

El miércoles 1 de julio, bajo una carpa instalada en una pradera suiza, cuatro sacerdotes se arrodillaron para convertirse en obispos. No había nada irregular en el rito: palabras y gestos eran los correctos. Solo faltaba una cosa: el mandato del Papa. Esa ausencia bastó para convertir la ceremonia de Ecône no en una ordenación más, sino en un cisma –definido así por el Derecho Canónico–, que produjo la excomunión de los seis obispos implicados.

Para entender por qué esto importa más allá de los pasillos vaticanos, sirve una imagen sencilla: es como si los magistrados de la Corte Constitucional nombraran a sus propios sucesores, pese a que la Constitución se los prohibe. No es una diferencia de criterio, sino un desafío al orden institucional mismo: una fractura que rompe el principio sobre el que descansa la comunión de la Iglesia.

Por más que el papa León XIV les rogó que volvieran sobre sus pasos, la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX) decidió seguir adelante, dejando en evidencia que, bajo el ropaje de la preservación de las tradiciones, late un preocupante espíritu de insubordinación.

La Fraternidad nació en 1970, de la mano del arzobispo francés Marcel Lefebvre, para protestar contra las reformas del Concilio Vaticano II (1962-1965), una asamblea universal que convocó a cerca de 2.600 obispos de los cinco continentes, presidida por los papas Juan XXIII y Pablo VI. Desde aquel concilio ecuménico no ha habido ningún otro en 60 años; fue apenas el número 21 en dos mil años de historia, al nivel de Nicea y Trento. Ese detalle importa porque Lefebvre no cuestionaba la opinión de un obispo aislado, sino una decisión adoptada por el episcopado mundial con el Papa a la cabeza.

Vaticano II buscó acercar el Evangelio al hombre moderno, mediante reformas como la eucaristía en lenguas nacionales y un diálogo más abierto con el mundo. Sectores ultraconservadores interpretaron esos cambios como una claudicación, incluso como herejía. Al fundar la Fraternidad, Lefebvre sembró una resistencia que, medio siglo después, vuelve a desafiar la legitimidad del Sucesor de Pedro. Fallecido en 1991, nunca se vio a sí mismo como disidente, sino como el único que permanecía fiel mientras Roma cambiaba de bando. Esa convicción sigue guiando hoy a la Fraternidad.

No se trata de un debate secundario sobre el uso del latín o la orientación del altar. Lo que está en juego es el principio de obediencia e institucionalidad que sostiene a una de las organizaciones más antiguas del planeta. Pretender que se ayuda a la Iglesia desobedeciéndola, bajo el argumento de que la autoridad romana está en el error, constituye una soberbia teológica difícil de sostener.

En circunstancias casi idénticas, en 1988 el propio Lefebvre consagró cuatro obispos sin autorización pontificia en el mismo lugar, y Juan Pablo II lo excomulgó dos días después. Este 1 de julio, 38 años más tarde, dos de los obispos de aquella ceremonia original volvieron a hacerlo. Con el agravante de que Roma ya había tendido puentes: durante el pontificado de Benedicto XVI se liberó la misa tridentina y se levantaron aquellas excomuniones, en un gesto de magnanimidad pastoral.

León XIV agotó los intentos por evitar una nueva ruptura. El 30 de junio les escribió una carta suplicando que desistieran, advirtiendo que estaban a punto de cometer “un pecado de extrema gravedad”. No sirvió. El 2 de julio, el cardenal Víctor Manuel Fernández firmó el decreto que formalizó lo que el derecho canónico ya daba por consumado: la excomunión automática (latae sententiae).

El decreto tiene además consecuencias sacramentales de enorme alcance: las confesiones administradas por sacerdotes de la Fraternidad no absuelven válidamente, y los matrimonios que celebran son inválidos ante la Iglesia.

Esta problemática golpea directamente a América Latina, donde los lefebvristas han echado raíces, con presencia activa en Colombia, Argentina, Brasil y México. Sus 720 sacerdotes y cerca de 500.000 seguidores son pocos frente a los 1.400 millones de católicos del mundo, pero en tiempos de polarización, los discursos de pureza doctrinal encuentran terreno fértil entre quienes sienten que la modernidad vació de contenido las instituciones.

En Colombia el lefebvrismo no es un dato abstracto: el exprocurador general Alejandro Ordóñez ha sido su representante más conocido, asistente habitual de las misas de la Fraternidad y defensor abierto de la liturgia tridentina.

Lo que está en juego no es el latín ni la orientación del altar, ni siquiera la nostalgia por una liturgia antigua. La verdadera pregunta es si la obediencia a una institución puede ser opcional cuando alguien está convencido de tener la razón. La Fraternidad justifica su desafío apelando a un supuesto “estado de necesidad”, según el cual la Iglesia estaría tan perdida que solo ellos podrían salvarla desobedeciéndola.

Ninguna institución sobrevive si cada quien obedece sólo aquello con lo que está de acuerdo. La tradición, bien entendida, no es quedarse congelado en el pasado, sino cuidar la raíz para que el árbol siga vivo y dando frutos.

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