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La herencia de una república en constante renovación

La historia estadounidense no ha sido lineal ni ejemplar en todos sus capítulos. Pero pocas naciones han mostrado una capacidad comparable de corrección institucional.

hace 3 horas
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  • La herencia de una república en constante renovación

Hoy celebra Estados Unidos los 250 años de su Declaración de Independencia. Pocos experimentos políticos han tenido tanta influencia en el mundo moderno como la república fundada en 1776: de aquel puñado de colonias rebeladas contra la corona británica surgieron ideas que hoy damos por sentadas, pero que entonces eran revolucionarias.

Que el poder emana del pueblo y debe estar sometido a reglas. Que los gobernantes requieren el consentimiento de los gobernados. Que las libertades de expresión, de prensa y de culto merecen protección constitucional. La Declaración, la Constitución de 1787 y su sistema de pesos y contrapesos, se convirtieron en el molde sobre el cual se han construido —con mayor o menor fortuna— las democracias liberales del planeta, incluida la colombiana.

La historia estadounidense, conviene recordarlo, no ha sido lineal ni ejemplar en todos sus capítulos. La misma nación que proclamó que “todos los hombres son creados iguales” convivió casi un siglo con la esclavitud —varios de los firmantes de la Declaración eran esclavistas—, libró una guerra civil que dejó cientos de miles de muertos, mantuvo la segregación racial hasta bien entrado el siglo XX, excluyó inmigrantes por su origen y se embarcó en guerras tan cuestionables como las de Vietnam o Irak.

Pero pocas naciones han mostrado una capacidad comparable de corrección institucional. La esclavitud fue abolida, la segregación cayó ante el movimiento de los derechos civiles y las cortes, y un presidente —Richard Nixon— tuvo que renunciar cuando la prensa libre y el Congreso destaparon sus abusos. Sus universidades siguen siendo las mejores del mundo, su sociedad civil es de las más vibrantes y su economía ha sido la más dinámica del planeta durante más de un siglo: en cada revolución tecnológica —el automóvil, el computador, internet y ahora la inteligencia artificial— las empresas estadounidenses han marcado el paso.

Ese vigor explica su papel en el siglo XX. Estados Unidos fue decisivo en la derrota del fascismo, contuvo la expansión del comunismo soviético y, tras 1945, diseñó la arquitectura del orden internacional: los acuerdos de Bretton Woods, las Naciones Unidas, la expansión del comercio global y una red de alianzas democráticas sin precedentes.

Esa hegemonía también tuvo sombras, y América Latina las conoce bien: desde la separación de Panamá en 1903 hasta el respaldo a golpes y dictaduras durante la Guerra Fría. Sería ingenuo ignorarlas. Pero, en el balance, el orden liderado por Estados Unidos resultó más abierto, más próspero y más democrático que las alternativas autoritarias que lo disputaron: basta comparar el destino de las dos Alemanias, o el de las dos Coreas, para saber cuál produjo libertad y prosperidad, y cuál miseria y opresión.

Hoy, sin embargo, la república llega a su aniversario en medio de la incertidumbre. La polarización alcanza niveles inéditos, el populismo y las teorías conspirativas erosionan la confianza en las instituciones, se acumulan las tensiones entre el Ejecutivo y las cortes, y ganan terreno las tentaciones aislacionistas y proteccionistas. Las encuestas reflejan el desánimo: según una medición reciente de The Economist y YouGov, menos de la mitad de los estadounidenses se declara “muy orgulloso” de su país y cerca del 60% considera que este se ha alejado de sus principios fundacionales. Hasta las celebraciones del aniversario, más asociadas a la figura del presidente Trump que a un relato común, son síntoma de esa fractura.

Precisamente por eso importa que su democracia resista y se renueve. La historia ofrece motivos para el optimismo: Estados Unidos ha superado pruebas mayores —una guerra civil, la Gran Depresión, Watergate— y en cada ocasión sus instituciones, sus ciudadanos y su prensa terminaron por imponer correcciones. Habrá que ver si esta generación logra renovar ese pacto fundacional. El mundo, y en particular las democracias que se inspiraron en su ejemplo, se juegan mucho.

Colombia, entre ellas. La relación entre ambos países, que se remonta al reconocimiento diplomático de 1822, ha tenido ires y venires: episodios dolorosos como el de Panamá, capítulos de cooperación como la Alianza para el Progreso y el Plan Colombia, un tratado de libre comercio vigente desde 2012 y fricciones recientes en materia de aranceles, migración y lucha antidrogas. Aun así, Estados Unidos sigue siendo nuestro principal socio comercial y nuestro aliado más importante en seguridad, y todo indica que el gobierno entrante buscará estrechar todavía más esos lazos.

Pero, más allá de la coyuntura, lo que Colombia debería mirar de Estados Unidos no es únicamente su poder: también sus instituciones. La alternancia pacífica del poder durante dos siglos y medio, la independencia judicial, el federalismo que da fuerza a los gobiernos locales, las universidades que atraen el talento del mundo entero, la filantropía y la confianza en la iniciativa privada como motor de la prosperidad. Ese es el referente que vale la pena conservar. Ojalá, en las décadas que vienen, Estados Unidos logre superar sus tensiones internas y siga siendo el ejemplo que las democracias del mundo —y la colombiana en particular— necesitan. .

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