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¿El show de Petro, para qué?

Es un espectáculo decadente. No el de un proyecto político derrotado con dignidad, sino que confunde su persona con la institución que ocupa. Preferiría ver arder reglas del juego antes que admitir que el juego terminó sin él.

hace 4 horas
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  • ¿El show de Petro, para qué?

Hay una diferencia elemental entre gobernar y reinar: quien gobierna sabe que su mandato tiene fecha de vencimiento y que, llegado ese día, entrega el poder a quien los ciudadanos hayan escogido, le guste o no el resultado. Gustavo Petro parece no haber entendido esa diferencia. Cuando falta un mes para que tenga que dejar la Casa de Nariño, el Presidente sigue empeñado en un ejercicio tan estéril como decadente: negar que Abelardo de la Espriella ganó las elecciones.

Lo curioso es que buena parte del país pensaba que ese capítulo ya estaba cerrado. Petro escribió en su cuenta de X el 23 de junio, dos días después de las elecciones: “Empezará el empalme y mi retirada”. Esa frase bastó para creer que había claudicado en su intento de generar incertidumbre sobre las votaciones: durante ocho meses venía acusando al proceso electoral de cuanta irregularidad se le ocurría con el propósito evidente de ambientar su negativa a aceptar una derrota.

Pero lo que era calma se convirtió en turbulencia después de que el Presidente se reunió en la Casa de Nariño con el derrotado Iván Cepeda el viernes 26 de junio. Tras ese encuentro comenzó la estrategia de desobediencia civil encabezada por Cepeda, quien asumió un papel que el propio Presidente no podía desempeñar sin desconocer al Estado que representa. La secuencia de los acontecimientos inevitablemente despertó interrogantes sobre el alcance de esa reunión.

La narrativa la han adornado con denuncias de manipulación algorítmica en el escrutinio, siempre anunciadas y nunca probadas, y ayer Petro se radicalizó aún más: dijo que el verdadero ganador, “según la decisión de los colombianos”, fue Iván Cepeda.

Vale la pena recordar que De la Espriella ganó con 12,9 millones de votos frente a los 12,7 millones de Cepeda. Las misiones de observación electoral, incluida la de la Unión Europea, felicitaron la organización de los comicios. El propio Petro, en la noche electoral, dijo que respetaría el resultado del escrutinio.

Todo lo que ha venido después, incluido su trino de ayer insistiendo en un fraude que solo existe en su imaginación, es un giro de 180 grados que no se sostiene en ninguna prueba, ninguna auditoría, ningún fallo judicial. Se sostiene únicamente en su palabra, repetida una y otra vez en X, y amplificada ahora por RTVC y por los influenciadores cercanos al petrismo.

Como si fuera poco, sacaron de la manga una carta estrambótica. Luis Guillermo Pérez anunció que radicará una demanda de nulidad de la elección de De la Espriella para impedir que se posesione el 7 de agosto y convocar a nuevas elecciones. Entre los argumentos esgrime la doble nacionalidad, la supuesta intromisión de Donald Trump y presuntas irregularidades en 100 mesas en el exterior. Pero la tapa de la olla es el argumento de la “apología al genocidio”: que como el proceso de empalme se llamó Arca de Noé, según Pérez ello constituye una alusión al genocidio de los animales durante el diluvio universal.

Hasta el propio ministro de Justicia, Jorge Iván Cuervo, salió a decir que su despacho no respalda estas acciones y que, para él, el presidente electo es De la Espriella. Tres minutos después de decirlo, Petro lo echó del gabinete.

La pregunta real es qué pasó entre el respeto inicial que manifestó Petro y el cambio radical a desconocer ahora el resultado. Una de las hipótesis que ha empezado a cobrar fuerza es que el Presidente busca aumentar la presión sobre Washington en medio de la incertidumbre por su permanencia en la lista OFAC. La coincidencia temporal entre sus cambios de postura y ese episodio ha alimentado esa interpretación.

Petro reconoció inicialmente los resultados justo después de que el senador Bernie Moreno insinuara que Estados Unidos podría considerar retirarlo de esa lista. Posteriormente, al no producirse ningún anuncio, terminó llamando desde Italia a Donald Trump para pedirle que intercediera en ese asunto.

De hecho, cuando Cepeda anunció que entraría en desobediencia civil y que no reconocería el mandato de De la Espriella, una de sus exigencias fue que no se extraditara a Gustavo Petro. La pregunta inevitable es de dónde surgió ese temor.

Algo parecido ocurrió en enero de 2026: tras la captura de Maduro, Petro convocó marchas por temor a correr la misma suerte, hasta que una llamada de Trump desactivó esa inquietud.

Lo que estamos presenciando, en el fondo, es un espectáculo decadente. No el de un proyecto político derrotado con dignidad, sino el de un hombre que confunde su persona con la institución que ocupa y que preferiría ver arder las reglas del juego antes que admitir que el juego terminó sin él. Los grandes aferrados al poder de la historia y de la literatura latinoamericana, el patriarca de García Márquez, el señor presidente de Miguel Ángel Asturias, así como Trujillo o Somoza en la vida real, comparten ese mismo instante final: el momento en que el poder ya no se ejerce, sino que se actúa, porque todos a su alrededor saben que ya no hay Estado detrás, sino un hombre que sigue gritando en un palacio que se vacía.

Si Petro tuviera evidencia de fraude, el camino existe y está escrito en la Constitución: impugnar ante el Consejo de Estado, presentar pruebas ante el CNE, activar los mecanismos de reclamación electoral que el propio sistema colombiano contempla para estos casos. Petro no ha hecho nada de eso. Ha preferido la convocatoria a movilizarse en lugar de la denuncia formal que cualquier ciudadano, y con mayor razón un jefe de Estado, está obligado a sustentar.

La diferencia entre un demócrata y un caudillo no se mide en las urnas, sino en lo que cada uno hace cuando pierde. Petro está respondiendo esa pregunta todos los días, y la respuesta no lo favorece.

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